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A fines del 50, Armando Morales ya había obtenido premios y reconocimiento internacional (El Joaquín Díaz de Villar, en 1954, I Bienal Centroamericana, en 1956 y la II Bienal de La Habana, 1956 y la V Bienal de Sao Paulo, 1959. Años después, 1973 o 75, Carlos Mérida -1891/1984-, en edad postrera, nobles crenchas canas y sordo, evocaba con emoción aquel instante de la revelación de Morales; siempre preguntaba a grandes voces por “ese gran pintor de ustedes” y comentaba el deslumbre que  le produjo en aquel septiembre de 1956 Morales en el certamen donde él había sido jurado. Morales ignoraba la admiración de Mérida y yo que la escuché tantas veces se la hice saber en la década de los 80. Algo, creo, que en medio de su parquedad le agradó).

Algunos críticos, entre ellos el calificado Damián Bayón, desde  las metrópolis, suponía que el “Fenómeno” o “Caso Morales”, que no sólo trascendió en América, sino  dentro de Nicaragua, constituyendo toda una enseñanza e incitación plástica y llamando la atención sobre la emergente pintura nacional, debió de haber tenido escuela. ¿Dónde se había formado Morales? ¿Quién o quiénes habían sido sus maestros?, lo cual remitía de inmediato y con sorpresa ratificando en la sociología del arte los procesos de desarrollos desiguales en republiquetas marginales y analfabetas con espléndidas literaturas y manifestaciones artísticas. Nicaragua y su Escuela de Bellas Artes eran un ejemplo, con una figura rectora al frente, el moderno, cosmopolita y americano Rodrigo Peñalba (1906-1979), recién venido de una buena temporada formativa y creativa en España, México, Italia y Nueva York; un grupo de compañeros, donde estaba el arbóreo y abstracto y escultor Fernando Saravia, el versátil Omar de León, el dibujante y coleccionista Enrique Fernández Morales; el matérico Pérez Carrillo; la encantadora abuela primitivista doña Asilia Guillén; el aprendiz de escultor Ernesto Cardenal;  y otros profesores de perspectiva como el español Augusto Fernández y el escultor Genaro Amador Lira.