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El Profesor Fidel Coloma González fue mi principal maestro y mentor. A su influencia y enseñanza debo, en buena medida, lo que he llegado a ser como profesional, como ciudadana consciente de sus deberes y derechos, como mujer y persona de bien. Mi otro modelo en la vida son mis padres: Dr. Francisco José López Fajardo y Margarita Miranda Hernández, ciudadanos íntegros y luchadores por ideales cívicos y democráticos, padres y esposos ejemplares.

Don Fidel, como yo lo llamaba familiarmente, se constituyó en mi guía intelectual desde mis tiempos de estudiante en la vieja Escuela de Ciencias de la Educación, caserón esquinero de la Managua pre-terremoto. Me deslumbró desde el inicio con su dominio de las materias de estudio y su método de enseñanza claro, erudito, activo, demostrativo, retándonos siempre a resolver problemas que él nos planteaba.

Formación chilena sólida expresada en voz vibrante, aunque natural en su sapiencia. Era toda una autoridad enfundado en su saco, irradiando energías pedagógicas y vitales. Trabajé como su asistente en la Asesoría de Castellano del MED (1965 – 1966), recomendada por el profesor Julián Corrales, catedrático de Lingüística y uno de sus brillantes discípulos. Era una oportunidad y especie de fogueo con vistas a preparar futuros catedráticos de Español.

Ahí, bajo su dirección, entre los trabajos, fiché casi toda la colección de Mundial Magazine, que dirigió Rubén Darío en París y la Revista Ya, importante publicación cultural de los años 40 en Nicaragua. Conocí a personajes de nuestra cultura que integraban el Consejo Técnico: Luis Alberto Cabrales, Guillermo Rothschuh Tablada, José Santos Rivera, Eduardo Zepeda Henríquez, Director de Cultura del MED, mi paisano y amigo Jaime Incer. Mentes brillantes cuyas voces vibraban en el tercer piso del Edificio Cerna, local del MED, todavía hoy en pie.

Nos convocó el maestro Fidel a escuchar las Magistrales Conferencias del Centenario de Rubén Darío (1967). Oímos así de viva voz a la Doctora Erika Lorenz exponer su tesis Rubén Darío bajo el Divino Imperio de la Música que tradujo Coloma del alemán. La indagación erudita sobre la Revista de América que fundara Rubén con Ricardo Jaimes Freire en Argentina, obra del académico norteamericano Boyd Carter. El trabajo del profesor Coloma fue el mayor aporte universitario de Nicaragua durante el Magno Evento: nada menos que el hallazgo, publicación facsimilar y estudio crítico, del manuscrito original inédito de “Poesías y Artículos en Prosa” de Rubén Darío.

Contó para ello con la iniciativa y apoyo del Rector de la UNAN, Doctor Carlos Tünnermann, quien lo rescató de la biblioteca de don Juan Ramón Avilés, donde se encontraba, a efectos de su publicación por la mencionada entidad académica. Animados por él asistimos a eventos literarios trascendentes, como la Conferencia del poeta Luis Cernuda en el Instituto de Cultura Hispánica.

Teoría Literaria, Composición Avanzada, Cátedra Rubén Darío, Literatura Española y Universal fueron las materias que nos impartió. Me incliné y llegué a ser catedrática en tres de ellas, por preferencia personal e influencia de su magisterio.

En los años 70, ya incorporada como profesora de planta en el entonces Departamento de Filosofía y Letras, que él encabezaba, fue mi tutor exigente y riguroso, pero también comprensivo.

Con él estudié a teóricos de la Literatura (Lukács, Goldman, Scarpit, Todorov, Barthes…), además del Estructuralismo de los 60 (Káiser, Wellek y Warren, Ingarden…) y los grandes maestros estudiosos de nuestras literaturas y de Darío (Anderson Imbert, Dámaso y Amado Alonso, Tomás Navarro, Raimundo Lida, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Erving K. Mapes, Arturo Marasso, Ernesto Mejía Sánchez, Pedro Salinas, Julio Saavedra Molina, Edelberto Torres Espinosa (considerado como la Biblia sobre Rubén Darío), Diego Manuel Sequeira…).

A don Edelberto lo consideraba su maestro en erudición dariana y guía en valores morales y ciudadanos. Insistía en conocer a fondo a nuestro máximo poeta, bajo los oropeles que le tejía la leyenda y en aplicar las investigaciones académicas a la literatura y lenguaje nicaragüenses, haciéndonos conciencia sobre nuestra realidad estético–cultural como campo propio de nuestro estudio.

Dirigió muchas monografías de graduación, entre ellas la mía sobre “Lectura Popular en Managua” con técnica de encuestas y sobre bases de Sociología de la Literatura. (Scarpit, Dorfmann, Mattelart). Orientó y aportó conocimientos e ideas sobre autores y movimientos literarios nacionales y sobre la necesidad de indagar lenguas y expresiones regionales de nuestro territorio. Anhelaba crear una Cátedra de Miskito. Nos impulsó a visitar y consultar a los eruditos y devotos darianos nicaragüenses, algunos de los cuales guardan ya reposo consagrado: Don Pablo Antonio Cuadra, Don José Jirón, Dr. Edgardo Buitrago. Los tres sus amigos y compañeros de jornadas rubendarianas a quienes apreciaba y respetaba.
Por supuesto, también a su amigo y compañero de cátedra, nuestro maestro de

Literatura Hispanoamericana y Nicaragüense, profesor y poeta Guillermo Rothschuh Tablada.

Recuerdo con nostalgia las visitas que hicimos con el maestro Coloma y nuestros alumnos (que yo después continué con otros grupos) al Museo y Archivo Rubén Darío de León, lugar sagrado, evocador del genio en su niñez y adolescencia.

Atmósfera enaltecida por la sabia elocuencia del maestro Buitrago y los datos profusos, fervorosos de don José. A veces la poeta Mariana Sansón recreaba la mañana con su presencia y palabra. Y la compañía grata de doña Yolanda de Jirón.