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No son pocas las ciudades del mundo que han merecido la admiración de nuestros poetas y escritores. Entre las que gozan de especial celebridad, sólo en lo que se refiere a Rubén Darío, cabe recordar en medio de la inmensa geografía literaria de nuestro poeta: Santiago de Chile, Buenos Aires, Madrid y París, por mencionar las más famosas y las que le inspiraron poemas, páginas y artículos memorables.

Pero también es oportuno recordar aquí, con brevedad, en la obra de otros escritores nicaragüenses, la Troya, ciudad que pereció por el amor y donde no hubo un día a otro igual, de Quico Fernández; la Brujas de Flandes, serena y santa, del padre Azarías Pallais; Los Ángeles, de Carlos Martínez Rivas, que debajo de su apariencia paradisíaca oculta el miedo y el pavor que se vive a todas horas del día y de la noche; San Francisco de California, de José Coronel Urtecho, ciudad bulliciosa, alegre y variada, con sus bellas muchachas inolvidables, pero donde el poeta siempre estuvo sólo entre la hirviente multitud.

Innumerable sería acaso la evocación de toda la escenografía ciudadana de nuestros creadores literarios. Porque no olvidemos que la condición errante, viajera y exiliada de nuestra tribu, es la que le ha abierto a las letras nicaragüenses las puertas de la universalidad. Sin Francia no hubiéramos tenido a Rubén Darío y a Luis Alberto Cabrales; sin Roma y Grecia a Salomón de la Selva; sin Norteamérica a José Coronel Urtecho ni a Ernesto Cardenal; sin España y Méjico a Pablo Antonio Cuadra, Mejía Sánchez y Zepeda Henríquez. ¿No fue acaso el nicaragüense Rubén Darío quien escribió El canto errante del poeta errante que va por el mundo meditabundo en blanca paz y en roja guerra?

Es cierto que todas la ciudades son literarias, porque la vida del hombre bajo todos los climas y en todas las latitudes es digna del canto y porque la belleza está en todas partes. “Dios mío que no haya tanta belleza” --rogaba el escritor judeocristiano Rafael Cansinos Asséns--, abrumado tal vez ante la incapacidad de vivir en estado de gracia poética durante las 24 horas del día. Pero también es cierto que no todas las ciudades del mundo han inspirado grandes obras literarias ni han llegado a merecer las páginas de la historia de la literatura. A estas les ha hecho falta el poeta o el novelista que las inmortalice. Porque, tradicionalmente, el poeta y el novelista guardan la memoria del pueblo y, en consecuencia, son los testigos de la vida de una ciudad.

En este sentido, no olvidemos que Granada de Nicaragua ha merecido el canto de sus poetas y las hermosas páginas de sus escritores. No se trata, por supuesto, de la ciudad moderna, descomunal, auténtica jungla de asfalto, llena de ruidos de fondo y locuras sin fondo, que nada tiene que envidiar a las selvas primitivas.

Se trata, como bien nos lo ha hecho ver Jorge Eduardo Arellano en uno de los títulos de sus libros, de una Aldea Señorial. Y que conste, que cuando Arellano utiliza el adjetivo Señorial, no se refiere tanto al talento y talante de sus familias principales, como a su armónica arquitectura y privilegiada topografía así como al carácter y estilo de vida de sus habitantes, más allá de las limitaciones, estrecheces y mezquindades propias de una sociedad pequeña.

Miquel Dalmau sostiene que las ciudades literarias llegan a serlo por una rara confluencia de ciertos factores: primero, la presencia de grandes emociones como el amor, el odio o la amistad; segundo, por acontecimientos colectivos de envergadura, es decir, la guerra, el asedio, la traición y las muertes heroicas; tercero, por las experiencias individuales como la belleza, la vejez, la aventura o la religión, y por último, por la memoria del poeta o el novelista que transforman este maremagnum en un todo inmortal.

Demás me parece decir que de ninguna de estas características carece Granada, ciudad dotada de personalidad propia e intransferible, por la Naturaleza, la Historia y el Arte. Un simple repaso a su existencia nos daría ejemplos suficientes para ilustrar estas verdades. No soy historiador y, por lo tanto, no voy a detenerme ahora a realizar aquí un repaso de las grandes vicisitudes y experiencias que los granadinos hemos vivido a través de casi 480 años y, por qué no decirlo, desde mucho antes, cuando nuestros antepasados indígenas, chorotegas y nagrandanos llegaron perseguidos y exiliados a esta tierra. Pero desde el asombro de Gil González Dávila cuando vio a su caballo beber agua en un mar de agua dulce, pasando por los primeros movimientos independentistas, que condujeron a sus próceres a la muerte, las cárceles y el destierro, sin olvidar los asedios y asaltos de los corsarios y piratas hasta llegar a la Guerra Nacional y el incendio y destrucción de la ciudad, alegría y dolor, amor y odio, épica y lírica, se mezclan por iguales partes en el decurso de nuestra historia

Como se sabe, Granada en sus comienzos fue un tema histórico más que propiamente literario a causa de su singularísima y estratégica situación geográfica y a su abundante riqueza natural. No es necesario recordar aquí los innumerables testimonios de los primeros Cronistas de Indias que lo confirman, bástenos por ahora reproducir un fragmento de la carta que escribió el Padre Las Casas a un personaje de la Corte española: “Sepa, Señor, --decía el apasionado Protector de los Indios-- que aquí está una laguna con ciento y tantas lenguas. Créese que va a parar al mar del Norte (y si es así, como yo no dudo, es la más admirable del mundo, y las más provechosa para la carga y descarga desde ese mar del Sur, y que por ella pueden venir de la Española cuantos quisiesen por lo sano y harto hermoso de la tierra”. Casi en los mismos términos se expresaba Lope de Vega años después en su alusión poética a la ciudad de Granada. En sus versos, reproducidos en el canto II, de La Dragontea, (1598), se anuncia ya el privilegio que tendrá para el viajero de todos las épocas la visita a nuestra ciudad, su condición de puente entre dos mundos, su principalía entre las ciudades nicaragüenses y la maravilla de su inmenso lago, que convertido en tópico literario desde entonces configurará un espacio mítico y legendario en el desarrollo de nuestra literatura. Oigamos los endecasílabos del Fénix de los Ingenios:

Las islas y el Manglar me ofrecen paso

a la Buenaventura y puerto Belo

por boca del Chagre, donde acaso

pisé una vez el arenoso suelo.

Mas si el escudo de Veraguas paso

veré a Granada, con fervor del cielo,

cabeza principal de Nicaragua

por la laguna que recoge el agua.

En la poesía nicaragüense del periodo Colonial y primeros años de vida independiente nos encontramos con algunos textos poéticos que se refieren a Granada. Dejo a un lado por ahora al desconocido primer cantor de la ciudad que celebró en versos italianos la prodigalidad de la tierra, y me detengo en las composiciones poéticas de Pedro Ximena y Desiderio de la Quadra. En décimas tradicionales de corte castellano los temas que se revelan en ellas, más que describir una experiencia íntima y subjetiva, manifiestan la fidelidad de la ciudad al Rey Carlos IV, (“quitando con brevedad/ la corona que poseo/ y la doy con el deseo a mi Carlos generoso/ pues, más que a mí, crece el gozo/ cuando en sus sienes la veo”) y trazan, con ironía, un perfil de la personalidad del granadino, que aún perdura, (“todo soberbia y grandeza /pero en llegando a la mesa/ es queso y plátano asado”) y denuncian los crímenes y ejecuciones del Jefe de Estado Juan Argüello (“El rey Herodes Argüello/ mandó a pasar a degüello/ a una porción desgraciada/ de ciudadanos que en nada/ ofendían a la ley”).

Me interesa destacar aquí, más que la dimensión política de los textos, el uso en las décimas de Pedro Ximena de un recurso literario, del cual me ocuparé más adelante, y que será constante en la tradición de los poemas dedicados a Granada: la personificación; es decir, la capacidad que tiene el poeta de atribuirle a la ciudad las cualidades de un ser humano.

Quizá sea Juan Iribarren el primer poeta local con un cierto sentido de su oficio creador. Cultivador no tan afortunado de varios géneros poéticos, su actitud ante la ocupación de Granada por los filibusteros de Willian Walker nos hacen recordar los aires y los compromisos que agitaron a los poetas románticos por la causa de la libertad. En el poema “Al arma granadinos”, verdadera arenga patriótica, el yo épico de Iribarren no sólo exalta el valor y el heroísmo de los patriotas granadinos sino que poseído de una visión profética augura una permanencia y un porvenir floreciente para nuestra ciudad:

De cenizas cubierta y de ruinas

quedará la invencible Granada,

pero nunca será despojada

de su noble corona triunfal.

Y entre el humo, la sangre y la muerte,

se alzará majestuosa, radiante,

como el iris que sale triunfante

de las horridas nieblas del mar.

Conviene recordar, asimismo, que debemos al poeta Irribarren la consagración en la literatura nicaragüense de la Torre de la Iglesia de La Merced como uno los símbolos preclaros de nuestra ciudad. En el poema titulado precisamente “A la Torre de La Merced” se erige este monumento como un símbolo de la resistencia del pueblo de Granada contra la intervención americana:

Oh Torre, oh gran baluarte

del pueblo granadino!

¡Tu cúpula levantas

al cielo zafirino...

El vándalo no puede

mirarte sin temblar.

En cambio, en el poema “Las islas del gran lago” el modernista Román Mayorga Rivas, distanciado del tiempo y de los problemas políticos, nos entrega una visión idílica y paradisíaca de la naturaleza tropical enraizada en la famosa tradición literaria grecolatina del Beatus ille de Horacio. Se trata de la recreación del denominado “paraje ameno” o locus amoenus, tópico literario que constituye, según E. R. Curtius, el motivo central de todas las descripciones de la naturaleza, desde los tiempos del Imperio Romano hasta el siglo XVI. Y es así cómo el yo lírico de Mayorga Rivas nos describe en tercetos monorrimos un mundo edénico, lugar delicioso, fértil, y placentero, poblado del canto armonioso de “aves multicolores”, del suave murmullo del “agua callada”, de la palmera galana y del fruto próvido y ufano del banano.

Espacio mítico y sagrado

Salomón de la Selva, una de las grandes figuras de la poesía nicaragüense, confiesa que fue en nuestra ciudad donde vio nacer y florecer su vocación poética. “Allí, cuando era niño comencé a cantar” escribió en el soneto titulado “En Granada”, compuesto en espléndidos versos alejandrinos. Como puede observarse en este texto nos encontramos con una verdadera evocación de la infancia, donde la ciudad aparece no sólo como un escenario casi primitivo, por no decir primitivista, con “un Gran Lago revuelto como el mar/ y poblaciones de indios y un volcán y una sierra/”, sino también con un espacio mítico, sagrado, donde las primeras experiencias amorosas y literarias del poeta no eran ajenas a la ilusión, al dolor y a la melancolía. Oigamos la última estrofa:

Entonces fui poeta. Los libros y la vida,

la palabra y los hechos, junté en mi corazón,

y la novia- la novia real o presentida-

era viña niña y Granada era Sion.

En los poemas que hasta ahora he venido comentando la identificación del poeta con la ciudad de Granada es total. No existe ningún antagonismo, ninguna contradicción, entre su yo íntimo y el mundo representado, ya sea este el de los habitantes que lo pueblan o el del paisaje natural en que está inmerso. Será el Movimiento de Vanguardia, el Movimiento literario y cultural más importante de las letras nicaragüenses, el que rompa con la unidad de esta visión y configure una nueva “mirada”, que pudiéramos llamar “moderna”, y que tendrá notable influencia, como veremos más adelante, en los poetas de la siguiente promoción.

En efecto, en sus inicios los vanguardistas partieron de una crítica radical del ambiente cultural de la ciudad en las décadas de los años 20 y 30. Granada era “un desierto, una desolación total” recordaba Coronel Urtecho, tiempos después. Quizá la expresión “deprimente mediocridad” sea más o menos la adecuada para caracterizar la vida intelectual de la Granada de aquellos días. Por lo menos es la expresión usada por Pablo Antonio Cuadra cuando decía en uno de sus ensayos memoriosos que “para agitar a la oronda burguesía de Granada, para construir un ambiente nuevo y culto, para combatir la deprimente mediocridad (el subrayado es nuestro) de ciertos círculos monopolizadores de la literatura, nuestra actividad poética estaba condimentada con alegres críticas...”.

Y el mismo Coronel Urtecho explicaba con mayor énfasis que la reacción de los vanguardistas “Era sobre todo contra la mediocridad reinante en la ciudad, contra la mediocridad en que se fundaba y quería fundarse la sociedad granadina”. Esta actitud crítica va a encontrar su cauce en el discurso poético de la época presentándonos una visión conflictiva entre una Granada real, que sería la del presente inmediato y decadente, y otra irreal (imaginaria, simbólica, alegórica), que sería la del pasado grandioso o el futuro prometedor.