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I

—¡POR DIOS! —exclamó don José María Urrutia, gobernador de la provincia de Panamá desde el primero de enero de 1854. —¿Tienen ustedes total conciencia de lo que se proponen?

—No hay otra solución —aseguró el vocero—. Hemos recurrido a otros medios sin resultado alguno. Si la idea de un matador lo horroriza, ¿por qué no se inmuta ante la escoria de la Tierra que acecha en el Camino de Cruces?

En efecto, la ruta entre Panamá y Portobelo permanecía infestada de asesinos y ladrones. Diariamente se encontraban cadáveres a lo largo del camino. El gobierno de don José María Urrutia cobraba dos dólares a cada persona para protegerla en su tránsito por el istmo. Pero hacía meses que no se capturaba a ningún forajido.

—Tratamos de hacer lo mejor que podemos, señores —respondió el gobernador.

—Usted no puede desalojarlos. Nosotros sí —volvió a la carga el vocero.

El año próximo pasarían por el Camino de Cruces veinte millones de dólares, procedentes de California. La fiebre del oro —The gold rush— estaba en su esplendor y los delegados que visitaban al colombiano Urrutia habían decidido impedir que ese dinero fuera robado.

—Ahora resolveremos el asunto a nuestra manera y usted deberá darnos su consentimiento.

—¿Ya eligieron al hombre? —preguntó el gobernador.

—Sí —contestó el vocero—. Usted no sabrá quién es. Sólo nosotros. Él dispondrá de abundante dinero y tendrá toda la libertad para actuar.

Los delegados eran cuatro extranjeros y el hombre elegido para implantar esa nueva forma de justicia se llamaba Ran Runnels. Había nacido a orillas del río Pearl, en Jackson, capital del Estado de Mississippi, el 23 de diciembre de 1837. Allí recibió su instrucción primaria y completó su educación en Texas. Es por ello que algunos lo consideran nativo de este Estado de la Unión.

De 21 años había llegado a Panamá con el propósito, tal vez, de seguir hacia California. La ruta fluvial de Chagres en Gorgona y Cruces, desde cualquiera de ambas partes por tierra a Panamá, influyó en su ánimo para radicarse en el istmo. El 28 de noviembre de 1851 compró a su paisano Adrián B. Miller dos hoteles: uno en Cruces, y el otro en la Gorgona, por la respetable suma de doce mil pesos fuertes. Dos años después, establecido en la Parroquia de Cruces, vendió a S. L. Isaac el American Hotel, uno de los que había comprado a Miller. En 1854 tenía 27 años, usaba ancho sombrero blanco y pesaba 135 libras; de mediana estatura, sus cabellos eran castaños, sus ojos azules y sus mejillas sonrosadas como las de un adolescente.

Al llegar a Panamá por primera vez, Ran soportó las burlas de la gente con gran cortesía. Los hombres rudos le preguntaban si alguna vez había disparado su revólver oculto en su chaqueta. Lo creían un joven sediento de aventuras que disponía de revólver para sentirse importante. Ahora ya lo era, pero no lo aparentaba. Esto lo sabían los delegados que dieron el ultimátum al gobernador Urrutia. Al entrevistarse secretamente con Ran, ellos comprobaron la dureza que había detrás de sus modales suaves, Ran poseía habilidad para ganarse amigos e inspirar confianza.

—Yo me encargaré de eso —aceptó Ran el trabajo—. Puede que me lleve algún tiempo organizarme, pero ustedes pagan para obtener resultados positivos y los tendrán.

—Hágalo a su modo —le dijo el vovero de los delegados George Totten, superintendente del Ferrocarril que cruzaría el istmo de Panamá e iniciador de la Junta de Vigilancia y Policía que organizaría Ran Runnels.

 

II

Tres eran las rutas principales desde el Este de los Estados Unidos hacia los yacimientos auríferos de California. Primero la que cruzaba los interminables llanos y altas montañas del Oeste. Era la más directa, pero la más peligrosa: los pieles rojas, las bestias salvajes y las furias naturales causaban enormes estragos en las caravanas de carretas. Además, el viaje resultaba demasiado lento y en el corazón de los aventureros yacía el temor de que los yacimientos quedarían sin oro antes de llegar a su destino.

La ruta por mar, dándole vuelta al Estrecho de Magallanes, también era muy lenta y llena de peligros, aparte de muy costosa. El viaje más rápido consistía en arribar a Portobelo, en el istmo de Panamá: atravesar el estrecho en canoa, a pie o en mulas, para abordar otro buque en la costa del Pacífico. Al principio los nativos robaban a los viajeros y esto podría ser controlado con relativa facilidad. Posteriormente infestó el territorio una caterva de asesinos y ladrones de una docena de nacionalidades que, integrados en bandas, construyeron guaridas en el Camino de Cruces. Casi a diario era asaltada alguna caravana cargada de oro y sus conductores asesinados. Tanto era el miedo que contribuía a evitar que la débil Policía de Panamá realizase una labor eficaz. Para los delegados extranjeros, solo quedaba una solución: la arreglada con el gobernador Urrutia el 21 de julio de 1854.

Así, en documento suscrito por el mismo Urrutia, se concedía amplia e indefinida autorización a los señores G. Totten, G. Levy, H. Moore, y Ch. Sachrison para escoger a una persona capaz de organizar una policía secreta a fin de perseguir y capturar a los asesinos, ladrones y demás salteadores que se hallasen en las distintas parroquias de Calidonia, Cruces y Gorgona, de modo que los malhechores no pudiesen escaparse aun oponiendo resistencia; y la persona que mereciese la confianza de ser escogido para encabezar esa tarea operaría con lo dispuesto en el artículo 51 de la ley segunda, parte tercera, del tratado primero de la Recopilación Colombiana sobre Policía General.

Durante tres meses pareció Runnels estar solamente ocupado en perder su tiempo dentro de las cantinas, bares y elegantes salones de los hoteles de Panamá. Hasta recorrió el inmundo barrio de Santa Ana. Gradualmente logró ser aceptado como un agradable e inofensivo joven. Desde luego, hizo un buen número de amigos. Muchos eran negros jamaiquinos que con frecuencia lo internaban en largas excursiones. Otros eran mulatos y también trató con norteamericanos: vaqueros de Tejas y pistoleros del Oeste. A todos les hablaba, en el momento oportuno, francamente, explicándoles que estaba formando una organización secreta: Los guardianes del istmo, cuyo objetivo era eliminar el bandidaje y los asesinatos a lo largo del Camino de Cruces.

—He pensado en usted para ser miembro de ella. El salario es tan alto que no podrá rehusar —le dijo a cada uno.

La mayoría se incorporó a Los Guardianes y muy pronto Ran Runnels tuvo bajo sus órdenes a cien hombres que todas las noches le informaban de sus actividades. Los negros circulaban en todos sus barrios. Los mulatos controlaban a sus iguales y los norteamericanos reportaban acerca de los grupos más elevados.

—Asegúrense completamente —les ordenaba Ran—. No me traigan suposiciones. Cuando demos el golpe, no habrá oportunidad de corregir un error.

Mientras tanto, los asesinatos y asaltos proseguían. Entonces una noche Los Guardianes se desparramaron por la ciudad. La gran batida estaba en marcha. En un sucio callejón del barrio Santa Ana, un negro escuchó que alguien tocaba la puerta de su vivienda. Se asomó para recibir al supuesto emisario del nuevo proyecto criminal que requería sus servicios. Seis hombres brotaron de la oscuridad y una mano callosa ahogó su grito de alarma. Atadas sus manos, fue levantado en peso. En otras calles y callejones otros Guardianes ejecutaban similares operaciones silenciosas.

En el Camino de Cruces, forajidos de una banda escucharon silbidos misteriosos que interpretaron como noticia de un nuevo desembarque de oro. Lanzándose sobre ellos, Los Guardianes los ataron, amordazaron y condujeron a Panamá. Aquí, el propio Ran Runnels, a la cabeza de un grupo, penetró en una de las mansiones más lujosas. Los secuestros fueron realizados con suprema habilidad.

Los Guardianes se reunieron a la sombra de la vieja muralla. Allí otros hombres emplazaban un armazón de madera. Concluido el trabajo, se marcharon a sus viviendas. A la mañana siguiente, la ciudad de Panamá quedó estupefacta ante una horrible escena. Colgados de sus respectivas horcas, treinta y siete cadáveres se balanceaban a impulsos de la brisa matutina. Algunos eran chacales de los barrios bajos. Otros los más feroces asesinos del Camino de Cruces. No pocos pertenecían a los altos círculos sociales. Pero todos eran hombres a quienes Ran Runnels le había demostrado su culpabilidad en los asaltos y asesinatos del Camino de Cruces.

 

III

Por la mañana, Ran Runnels recorrió las cantinas y lugares de reunión que había frecuentado: se hallaban casi vacíos. Los pocos hombres que allí había se preguntaban en voz baja, asustados, quién podría ser el responsable de semejante acción. Ni una palabra había sido divulgada. Pero todos sabían la causa por la cual aquellos cuerpos sin vida colgaban de las horcas. Por la noche, otra cantidad de forajidos huían atemorizados de sus guaridas en los barrios bajos.

Días después, las caravanas de mulas conduciendo oro se movían sin temor.

Los delegados extranjeros felicitaron al jefe de Los Guardianes del Istmo.

—Temo que la cosa no haya terminado aquí —aclaró Ran con su característica voz baja. —Muchos han huido, pero otros se esconden y muchos más habrán por venir.

Pasaron dos meses de tranquilidad y el miedo expiró para los forajidos que comenzaron a salir de sus escondites. Unos pocos robos ocurrieron en la ciudad. Pero de la noche a la mañana los espías de Runnels le informaron de una nueva organización criminal mayor y más asesina. Ran asintió.

—Ha llegado el momento de dar otro golpe. Seremos más implacables para asegurarnos de terminar el asunto.

Los Guardianes del Istmo ampliaron su tarea. Esta vez casi la mitad de la población panameña está presente delante de la vieja muralla. Ran se había revelado como autor del ajusticiamiento anterior y del próximo. Dividió a los nuevos prisioneros en dos grupos: uno de 41 y otro de 25. Al primero lo mandó a la horca y al segundo, que había presenciado la ejecución, le dijo:

—Tienen un plazo hasta el amanecer para irse de Panamá.

Dio una señal a sus Guardianes para que los libertaran y de inmediato los 25 pusieron pies en polvorosa.

IV

Solamente un hombre regresó para contradecir la orden de Runnels. Era el norteamericano Jim Holmes. A los seis meses estaba en Panamá. Prisionero en la cárcel de San Quintín, tras robar y asesinar mineros de oro, ofreció al alcaide la mitad del oro que había enterrado en la sola, junto al Camino de Cruces. El alcaide, no sin asignarle un custodio, lo dejó libre.

Al arribar a Panamá, Holmes encañonó al custodio:

—Usted va a regresar en este mismo barco para decirle al hijo de perra del alcaide que retorno a mis negocios.

Una mañana Holmes alzaba la vista para ver a Ran Runnels sonriendo al borde de la selva.

—Maldito —rugió Jim, simulando furia para disimular el súbito escalofrío que le había recorrido el cuerpo—. Nadie puede decirle a Jim Holmes hacia dónde tiene que irse.

Ran permaneció tranquilo, de pie, dejando caer las manos vacías. Jim recogió su revólver que estaba en el suelo, junto a una manta. Hubo una detonación. Ni la mano de Jim ni su revólver verían a ser los mismos.

Moviendo la cabeza hacia adelante, Runnels le dijo:

—No voy a matarte, Jim. Eso sería demasiado fácil. Voy a dar un escarmiento contigo.

Jim Holmes fue enjuiciado y condenado a cadena perpetua en las brutales minas de Colombia.

V

Según los periódicos en inglés, Ran Runnels había salvado al país del desprestigio y al gobierno local de la vergüenza que revelaba su impotencia.

En 1855 se enamoró de la sobrina del gobernador Urrutia. Manuela López Urrutia era su nombre. Con ella contrajo matrimonio y en la fiesta de gala que siguió a la ceremonia los vecinos y residentes extranjeros en Panamá le obsequiaron un jarrón de plata estilo griego, artísticamente cincelado.

La joya tenía grabada esta inscripción: Donado a don Ran Runnels, en gratitud por su energía desplegada al mando de Los Guardianes del Istmo durante el año 1854, cuando exterminó a la gente de mala ley que infestaba el tránsito por el Camino de Cruces. Cuatro firmas se leían al final: G. Totten, G. Levy, H. Moore y Ch. Zachiron que correspondían al superintendente del Ferrocarril Transístmico en construcción, a las de los cónsules de Francia e Inglaterra, y a la del dueño de la compañía naviera Zachiron, Miller e Isaac.

También le fue obsequiada, en nombre del gobernador don José María Urrutia, una cigarrera de oro.