•  |
  •  |

Caminar, como otros vicios malsanos de esta era, es malo para la salud. El hombre, perdido entre los supuestos de la  tecnología y la violencia del tiempo, ha dejado de lado todos aquellos métodos que lo hacían trascender a planos superiores. Acalla el sonido de la necesidad bajo los gritos del televisor, luego, justo antes de dormir, se lamenta de no tomar más en serio sus carencias, pero no busca un libro.
Sí  quiero ponerlo en palabras sencillas: algunos se han olvidado de imaginar. Prefieren el vagazo masticado de un mundo virtual, que la corteza cruda de un texto. Se olvidaron  del vértigo que acompaña la vuelta de cada página o la sentencia infinita de un personaje, tan similar a ellos mismos, que lo hacen dudar de su propia realidad.
¿Qué decir entonces? ¿Estamos perdidos para siempre? La mayoría del tiempo este veredicto de nuestros tiempos me parece inapelable, más de pronto aparecen textos como el de Nicasio Urbina (Caminar es malo para la salud, 2012), capaces de reconciliarnos con la literatura hasta entregarnos a su raíz misma: un escritor combatiente y responsable de su obra.
A través de sus textos somos capaces de ver los cientos de hombres en los que somos capaces de desdoblarnos. Los miles de Yo con los que nos encontramos día a día, en las paradas de los autobuses, en las cafeterías, en los versos. Los que hemos dado vuelo a nuestra tinta reconocemos en estos seres a nuestros personajes, pero pocos son capaces de domesticar a la pluma y entregarnos un espejo pulido, como lo hace Nicasio. Menos aún los que logran aclarar la realidad para el resto: aquello que creamos será parte nuestra para la eternidad y nos dará el eco con el que sueña nuestro ego.
En cada cuento somos sometidos al constante sonido de las voces de nuestro pasado, esas que nos dictan que volvamos al mundo efímero que soñamos mientras se nos pierde la vista en el horizonte. Las sirenas nos cantan al oído de  nuevo y nos ofrecen una copa. El pasado de un  pueblo renace y los miedos sangran a borbotones. Los objetivos de tiempos pasados, esos que guardan polvo en los diccionarios del abuelo, cobran vida de nuevo en cada oración de estos textos.
Con soltura, el autor nos invita a volvernos parte de un  sinfín de universos, inventados solo para nuestro placer, en los que cada personaje tiene infinidad de argumentos con que apuñalar nuestras fantasías y solo piden a cambio una cosa: sea un microrrelato o un cuento extenso, Nicasio encuentra la manera de envolvernos, de hacernos sudar y vivir la palabra, de una forma tan certera, como cuando escribir se consideraba un sano ejercicio.