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Las piezas de que está armado este libro tienen tanta liviandad juguetona que parecen letras de Astor Piazzola, no de otra manera desde la entrada Mary Poppins vuela prendida de su paraguas recortada en la silueta de la luna que va rodando por Callao. Es la imagen que el primer cuento me evoca.

Liviandad, concepto que aunque se aplica a veces a las mujeres en los boleros de Agustín Lara (pudor y liviandad según el venerable prócer don Carlos Monsiváis), es mejor palabra que ligereza. Por tanto debemos dejar atrás todo temor de encontrarnos en este libro con los excesos de la pesadez, mala compañía siempre, y podemos entregarnos al vuelo a cielo abierto con toda libertad. Levedad, que es lo que siempre piden, cada uno por su lado,

Milán Kundera e Italo Calvino. Traducir una página de Rubem Fonseca acerca de su Cofradía de las Espadas, viene a ser una excelente terapia literaria; liviandad, ligereza, levedad, ya lo van a ver.

Aquí también, igual que acostumbra Thomas de Quincey, el asesinato de un enmascarado de lucha libre está tratado como una de las bellas artes; este enmascarado se llama en la cartelera el Hombre Infinito, pero su muerte prueba que en realidad no es sino finito. Acto seguido pasamos a los epigramas, ya lo verán, un diario de greguerías como las de don Ramón Gómez de Serna, aforismos que son perlas que van a dar a la mar, como cantaría Nat

King Cole una letra de don Jorge Manrique, todo un collar engarzado en el hilo fino del humor que es el mismo que Ariadna entregó a Teseo para cazar al pobre y desprevenido Minotauro en el fondo de la cueva, porque no se mata a ningún monstruo, empezando por los del hastío, o mejor, al de la melancolía, sin el humor. Una hebra de humor, y otra de melancolía, mejor que mejor; con ese hilo ataba a los endriagos don Alonso Quijano cuando andaba por el mundo más piantado que el piantado de Piazzola, que ya estaba suficientemente loco.

Este libro es una celebración de la vida y sus avatares, goces, misterios y desazones, escrito con fresco y desenfadado pulso juvenil, y que cumple a carta cabal con el primer mandamiento del decálogo de Billy Wilder: no aburrirás.

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