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A los maestros Ernesto Mejía Sánchez y Armando Morales Sequeira.
Con la tormenta los pájaros volvieron
a sus árboles y quedaron callados. ¿Qué hacen,
oran, se aman; sus cantos adónde fueron?
En qué troncos huecos se ahogan pájaros y cantos?
Qué susurran a sus hijos entre relámpagos y crueles vientos?

He escalado un alto y ramoso árbol sin
encontrar los pájaros;
desciendo luegopor su tallo interior húmedo
y resinoso.
Hay hongos blanco rosa con cuellos iluminados,
otros como medianos senos de mujer con
empezonado celeste
mas no hay nidos, picos, uñas ni huesos
de ave.
Flotan variados largos hilos iridiscentes
y del oscuro fondo ascienden pencas de musgosa
verde luz.
Aquí empiezan las raíces del árbol donde busco
a los pájaros callados.
Interrogantes pendulan erizadas y pasan entre ellas
multigonales rocosas nubes
que me conducen a un gran río.  Yo conozco ese río
deotro lugar.
He cruzado ese río; lo he vivido y bebido en sus
cascadas vaporosas de sales con lodos áureos secos
polvorosos
y como aquel río de otro lugar no tiene nidos
ni pájaros.

Ahora me recibe otra vez sin agua y hace que mis sentidos
se bañen dos veces en el mismo río. En el mismo
gusano metalescente que se desliza hacia
la oquedad sin fin.
Siento allí más distantes los pájaros;  dónde
están sus cantos?
En mi mochila tengo aún acariciantes vinos;  fragantes vinos
que llevarán
mi canto hasta los pájaros.  Mas sólo logro
inpectoralis ahogar mi grito.
A cuántas brazadas estaré del tronco del árbol
donde inicié mi viaje?

Espeso el vapor del vino rojo se extiende en
montañas salinas almagres
en filosas grietas de terracota gualda, en lisa superficie
plateada azul molibdenita
y lejos, muy lejos oigo apenas un grave y desolado canto sin ave.


Rodolfo Sánchez Aráuz