•  |
  •  |

La identidad  se nos antoja como el lugar común que va amalgamándose a partir de todas las prácticas comunes entre sus semejantes, muchas de ellas profundamente espirituales, otras simplemente lúdicas, y las más estéticas como aquellas que involucran al paisaje natural y cultural en el rito de proclamarse unidos por un lazo indisoluble.

El rivense involucra al paisaje natural o su representación en el rito y en la cotidianidad. Se ha apropiado de los volcanes gemelos en más de una manera. Forma parte del simbolismo espiritual, del comercio callejero, de la tramoya que se arma y desarma en las fiestas religiosas o mundanas.

Comparte con el nicaragüense –pero llevando este patrimonio a su manera- el estigma de un ser migrante y procesional. Las culturas fundidas en el crisol de su mestizaje trasladaron sin concesiones su sed de peregrinar, su devoción por los santuarios, la comprensión temporal de la carne como tierra penitencial y una facilidad para atisbar el horizonte esperando el regreso de Huitzilopochtli, igual a la mirada que espera un milagro.

Digo atrevidamente que si la rivensidad existe, una parcela muy suya se revela en los soles de cuaresma. Allí converge y convive  su ser migrante, su debilidad procesional, la teatralidad de su penitencia con un ser que bulle ante la euforia de la fiesta y la celebración de la vida.

Para los autores de esta propuesta, la cuaresma es un momento síntesis donde se revela  una cultura viva que alimenta la identidad rivense. Estéticamente es la aparición de una singularidad de colores y formas que funden a ser humano y paisaje con resoluciones de luz evocadora y provocadora.