• |
  • |

No siempre se vive para resucitar, o se muere para prologar la biología que nos explica la posibilidad de resurgir y nada más; es como si no hubiera historia que contar, de ese trazo o buzón en que suponemos caemos cuando entregamos las armas de la existencia. Pero en el cuerpo de la poesía, o cualquier obra artística, las posibilidades son ficción para que el constructor lírico pueda reconstruir su propio universo de resurrección y añoranzas, algo que vivió en el orden de cosas y la lógica que sujeta la biografía del ser.

El poemario del poeta Manuel Martínez “Nadie me niegue vivir” me permite aprehender un trazo de historia que nos tocó compartir, hace algunos años, cuando nos reuníamos en Monimbó bajo un cielo tremendamente rojizo, y que destilaba la brisa y las voces de otros poetas como Drumond de Andrade, Pavese, Ernesto Cardenal o Vallejo; atisbaba el calendario la constancia próxima del fin del año 79. Hablábamos con trozos de carne de chivo a la leña y algunos tragos. Ahí estábamos junto con Erick Aguirre, Manuel Martínez y otros jóvenes poetas que no pudieron persistir en este oficio de escribir poesía. Y, sin estarlo, era referencia obligada y gentilicia, enn Masaya, Ana Ilce Gómez, quien resguardaba sus “racimos de espadas” a unas cuantas cuadras arriba, y a quien hasta la fecha yo no había conocido personalmente, pero sí leído parte de su poesía. Y no puedo dejar de mencionar a Juan Carlos Vílchez, quien después se uniría a esta amistad entrañable que hemos mantenido hasta hoy.

Este poemario conjunta elementos como la pasión de amar, el sufrimiento, la textura muralista de ciudades que se van o persisten en arraigarse para no ser devoradas por la desmemoria; también los designios de la cábala, y anotaciones o registros de apuntes que son algo más que pretextos poéticos. Todo se entremezcla con la bandera y la voz lírica de quien pone sobre el asador de la existencia su voz, la fe en la esperanza de amar a partir del registro y la conciencia de un pasado que no necesariamente ha sido el mejor para aprisionar el eros, por eso el yo lírico apela a “este último rincón del paraíso.”

Manuel Martínez es un poeta que no esconde nada, no trasiega con la mezquindad de guardar silencio ante la vida, ante lo que le incomoda, le asusta o apasiona. Sus diversos textos poéticos, cuentísticos y novelados, así como la discursividad de sus crónicas hacen que nuestra generación de los ochentas tienda puentes y delimite algo de las fronteras, de una especie de generación que nos tocó vivir momentos dramáticos, fervorosos, vitales, para devenir en la confesada inconformidad de un presente puesto a prueba. Este poemario lo asume con esa voz de oráculo bajo el caluroso paisaje que desgarra las ilusiones, crea zanjas donde las incertidumbres plantan el pie, pero el poeta con su firme esperanza nos evoca un Lázaro que propone venir a replantear la anchura de la memoria.

El poema que da título a este poemario comienza con acento inquietante, estremecedor, desnudo, sin ambigüedades cuando habla de las horas, y donde solo el misterioso código del poeta podría explicar ese verso de aparente pesimismo “¿las últimas que me quedan?”, que la pluralidad del texto me permite suponer que es, más bien, un reclamo a lo que no puede doblegar el afán de sobrevivir en cualquiera de las escrituras de la vida, más aun cuando está siendo acompañado de su amada.

El libro de Manuel Martínez se estructura en cinco secciones: Nadie me niegue vivir en que el amor desteje las posibilidades de entrever la felicidad en medio de las sombras de la vida mientras el poeta asume sus escozores, pero con las ventajas de un renacer. Hoy sufro solamente nos da la posibilidad de describir el retrato del poeta, en que el hilo del laberinto no es facilitado por Ariadna, sino por la misma mutación que aprehende a la memoria y la hace confesar los aposentos del pasado que predican la crónica como fuente para conocer lo que piensa y siente el yo lírico en sus avatares terrestres.

Ciudades adormecidas nos hace caminar por las estrechas locuciones, en que basta preguntarse si en verdad existimos cuando no somos reconocidos por los ojos de las ciudades que sucumben entre la vigilia y el sueño. Cábala del sueño abre la mente destejiendo los cuerpos del tiempo, de la adivinación y la suposición, una jugada de naipes que se abren al azar y el misterio de un “mundo mágico y supersticioso”, y Apuntes de diario pone el dátil donde hay un registro de las percepciones tanto materiales como estéticas con el ingrediente vivo del eros, donde vale buscar la correspondencia humana en los mensajes de texto, en un mundo virtual que vivido y sentido pone el trozo de nervio al misterio de encontrarse, cuando la pasión no lo es todo sino una “ceguera repentina.”.

Este enumerador temático nos hace pensar que el poeta, más que poner el acento sobre el deseo de vivir, propone adentrarnos en la confesión de una poesía cimentada con imágenes sugerentes de un mundo espiritual y la experiencia cotidiana de resolver los asuntos del interior, porque no solo la amada es el sujeto del texto en el deber de escribir.

Salitrillos de Aserrí, San José Costa Rica.