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Manuel Martínez es un colega y amigo de muchos años. Aunque se interpone entre nosotros una ligera diferencia de edad, y quizás de temperamentos, nos acerca irremediablemente el hecho de que juntos compartimos plenamente una época importante: el tiempo en que, como dice sabiamente mi padre, “en Nicaragua se ganó todo y empezó a perderse todo”. Un tiempo decisivo y crucial no solo para la historia del país, sino también para nuestras propias vidas y las de miles de personas que, como él y como yo, pertenecimos a una verdadera “generación perdida”.

Manuel nació en Managua, en 1955. Es autor de los libros de poemas “Viaje a la India” (1985); “Tiempos, lugares y sueños” –libro premiado- (1986); “Engranajes del tiempo” –libro para mí predilecto por muchas razones, personales y literarias- (1996), y “Canción para Eva y otros poemas” (2000).

También ha publicado los libros de cuentos “Juegos de azar” (1995) y “Esta noche baila Orestes Rey”, (2002), además de un par de novelas: “La rueda de la fortuna” (2005) y “Pasada de cuentas” (2008); libros de narrativa –estos últimos- que esperan un necesario y concienzudo examen crítico todavía pendiente.

Igual que en sus anteriores libros de poemas, en su nuevo poemario titulado “Nadie me niegue vivir” (2012), Manuel expone sus recuerdos e impresiones de la existencia como si fuesen invenciones frescas, recién fraguadas, o como ficciones extraídas de la realidad –fuente de incesantes epifanías- y depuradas luego, pacientemente, con el buril de quien ya está acostumbrado al esmero laborioso de moldear el lenguaje y ajustarlo, casi mágicamente, al estado anímico que irremediablemente propicia cada instante, cada momento, cada visión, cada sensación o impresión que se nos antoja epifánica.

Son invenciones vivenciales o vivencias inventadas, a las que insufla una voz particular y a las que da cuerpo y vida un lenguaje justamente apropiado para proyectar las más nuevas o viejas sensaciones de un poeta dedicado siempre a intentar atraparlas en el aire y a darles forma luego en el blanco retador de la cuartilla.

Una voz y un lenguaje apropiados para intentar comprender la vida, para describir sus increíbles maravillas y sus inevitables nostalgias.

En los poemas de “Nadie me niegue vivir”, Manuel continúa seduciendo al lector con esa misma voz y con ese mismo lenguaje, pues este nuevo libro, al igual que sus anteriores poemarios –y especialmente los dos más recientes- es también un libro volcado, en gran medida, sobre las causas y experiencias del amor; un libro dedicado a la íntima celebración de la experiencia cotidiana, entre ellas especialmente la amorosa, como el suceso, o los sucesos, más humanos y sobrecogedores de la existencia.

El lector que le ha sido asiduo reconocerá en este libro las señas de identidad comunes en toda la poesía de Manuel, es decir, un lenguaje y una voz dispuestos a la reconstrucción nostálgica pero optimista del viaje y la aventura. Un lenguaje y una voz llanos, claros y expositivos, casi desnudos, que evaden conscientemente los resabios ultra líricos o auto-conmiserativos de quienes se escandalizan con ciertos quiebres y asonancias de la poesía dialectal.

La de Manuel Martínez es, por eso mismo, una poesía moderna, aunque arraigada en los avatares y sobresaltos de la temporalidad y la atemporalidad; en la capacidad del hombre para percibir el milagro de lo cotidiano y la profundidad que cada acontecimiento, por nimio que sea, cobrará con el tiempo, con la forja empeñada y prodigiosa de la memoria y sus activos engranajes.

La poesía de Manuel es, simplemente, la de un hombre común y corriente que escribe como una forma (la mejor forma) de afirmarse en la existencia; como una especie de llamado de atención al resto de los hombres para que presten atención a lo que apenas observan; un llamado a descubrir y a deslumbrarse con todo aquello que concierne a los habitantes de un mismo tiempo y espacio; un llamado a adquirir conciencia de que la experiencia de ser hombres nos debe llenar de dignidad.

Manuel sabe que cuando se escribe también se describe un mundo, un escenario donde el escritor decora y distribuye lo que siente y aún no puede describir, esa especie de secreto inexplicable que lo lleva al desasosiego y a la angustia que preceden al poema; algo hasta entonces innombrable, informulable que guarda dentro de sí mismo e intenta de una vez comunicar, hacer que el otro, el lector, también se reconozca.

Poesía tonificante y vigorosa. Su estoicismo nos ayuda a seguir viviendo seriamente, nos anima a seguir en el esfuerzo por dejar algo construido, algo hermoso que otros luego puedan disfrutar; nos insta a caminar por el sendero del amor humano y de la esperanza terrenal, esa misma que está allí en el mundo circundante que Manuel se esmera en detallar con delectación y gravedad: las bruscas variaciones del tiempo y de los tiempos, la hostilidad, la belleza o el acicate que ciertos lugares le imponen al hombre; la maravilla transitoria o permanente del amor; el fulgor o la tristeza de los sueños; la construcción de un mundo poético sufriente y en constante lucha pero siempre optimista, sin desahogos viciosos ni ensimismamientos recurrentes.

Manuel Martínez, siempre está en busca de atmósferas idóneas para una buena confidencia, que es lo que son muchos de sus mejores poemas: montes, ríos, playas, pequeños pueblos costeros o hundidos en la selva; habitaciones domésticas de la infancia o de la casi siempre insatisfecha madurez; rostros y ademanes de amigos en medio de una charla; momentos compartidos en la delectación de una música; la entrañable cercanía o la sorprendente e inexplicable humanidad de una mascota; cuartos de hotel, bares sombríos o terriblemente acogedores; ciudades dormidas y lejanas en donde resulta hermoso ser extranjero en compañía de un buen amigo que también es extranjero; sitios donde las luces y las sombras de la vida se acercan, nos hablan en voz baja y nos invitan a reconstruir cada experiencia y transformarla en un poema.

En su poesía Manuel renueva esa constante e imbatible vocación suya por el amor doméstico; vocación aparentemente paradójica en un trovador, en un andariego con el salbeque a cuestas, siempre lleno de recuerdos y aventuras.

Poeta social, humano y humanista, muchas veces también inclinado a la introspección existencial, pero a partir de sus propias vivencias y de las señales de vida que siempre le da el entorno. Sin embargo, también poeta enamorado, siempre dispuesto a mostrar a cualquier costo, como prolongación ferviente de su amor conyugal o filial, su profundo amor paterno.

Esos temas recurrentes de su ya vasta obra poética, es decir, el paso del tiempo, el amor filial, paternal y el amor, amor; la admiración y descripción detallada de las audacias cotidianas de la naturaleza unidas a un profundo sentimiento de esperanza en el ser humano, están teñidos desde siempre por sus simpatías de impenitente lector: Robert Graves y José María Valverde; Cardenal y Martínez Rivas; Pavese y sus poemas relatos que quizás le ayudaron a adquirir ese agradable tono dialectal con que nos muestra las improntas que el mundo ha logrado grabar en su memoria.

El mundo y su propio mundo, porque es muy frecuente, por ejemplo, que en su itinerario poético algunos de sus amigos nos sintamos aludidos, nombrados y hasta descritos. Incluso, podría decir que a veces Manuel intenta hablar por cada uno de nosotros. Y tiene razón al intentarlo, porque sus sueños, su melancolía por tiempos y lugares conocidos, también es nuestra, pertenece a nuestro acervo, representa lo que sentimos. Sus alegrías y decepciones, su desasosiego o su esperanza coexisten en el espíritu de toda una generación, y se acomodarán por siempre en cada fibra de nuestros corazones, animándonos al trabajo alegre de la hermandad, al amor solidario, vinculante, a la seria honestidad.