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La primera información importante que encontramos en el artículo del Bulletin of Spanish Studies es que la colección adquirida por la ASU fue reunida en vida de Darío por su secretario Alejandro Bermúdez y conservada durante muchos años en la familia de aquel (Acereda 2012: 896). Ahora bien, el autor del artículo no menciona que Bermúdez es una de las figuras más controvertidas en la biografía del poeta. Lo importante en nuestro contexto es que está comprobado que en los últimos años de la vida de Darío, algunas de las crónicas que el poeta mandó a La Nación de Buenos Aires firmadas con su nombre, fueron redactadas por Bermúdez, entre ellas la serie “España y la guerra” y específicamente la titulada “España y la guerra. La crisis económica”, publicada en La Nación el 21 de octubre de 1914. Sobre esta crónica Alejandro Bermúdez escribe en una carta dirigida a su esposa:

“Primero hice una correspondencia para La Nación ha­blando sobre España en relación con la guerra. La firmó él, porque parecía salida de su pluma. En esa crónica ponía por las nubes al señor Rahola, que ha sido para mí una columna, un faro, una ma­no tendida, un rosal fragante en mi camino. Con la firma de Rubén tenía el elogio un valor inapreciable para el señor Rahola y por eso se sintió muy complacido cuando yo, preparando nuestro viaje, le mostré lo escrito y le conté el proyecto de nuestra gira. El es un gran americanista y nuestro proyecto concordaba con su propaganda en el Senado y en la prensa. Me ofreció ayudarme en todo. Le pedí una carta para el Marqués de Comillas, casi dueño y Presidente de la Trasatlántica Española, recomendándole la importancia de nuestro viaje y suplicándole se sirviera vendernos los pasajes en las mejores condiciones posibles… Comillas es gran Señor y con la más exquisita delicadeza me dijo que con gusto accedería a nuestra solicitud y que su Secretario me entregaría al día siguiente las órdenes del caso. Cuál sería mi sorpresa cuando vi que la orden no se refería a rebaja, sino que nos ofrecía gratis dos pasajes de honor, en Primera Preferente, para Rubén y para mí y uno en 2.ª clase para nuestro criado; y no sólo para New York, sino para New York, Habana, México, Costa Rica, Panamá, Colombia y Venezuela. Es decir, somos huéspedes de honor de la Compañía Trasatlántica por una concesión graciosa que vale tanto como diez mil dólares.” (Carta de Alejandro Bermúdez a María Antonia Alegría de Bermúdez, 23 de noviembre de 1914, en Rodríguez Demorizi 1969: 147-149).

Esta carta es de mucho interés porque demuestra que Bermúdez se vanagloriaba de redactar textos que no se podían distinguir de los textos escritos por Darío, que los hizo firmar por Darío, y que los vendía como si fueran textos darianos, logrando, en ese caso, una ganancia que tenía un valor de diez mil dólares. Es difícil creer que no haya intentado también en otras ocasiones repetir tan fabuloso negocio. De todos modos, a cualquier investigador que se pone a trabajar con manuscritos provenientes de Alejandro Bermúdez, se le deberían encender todas las luces de alarma. No así el autor de este artículo, quien, pasando a la descripción física del conjunto de manuscritos, afirma sencillamente:

“Los manuscritos están en buen estado en su práctica totalidad, gracias al uso de papel grueso y de calidad, perfectamente legibles y con una notable ausencia de tachaduras, correcciones y enmiendas, lo que prueba que estamos fundamentalmente ante transcripciones y copias en limpio del propio Darío. Es posible que esta labor fuera el resultado de la recomendación del propio secretario del poeta y con el fin de crear un archivo definitivo y manuscrito de su propia obra.” (Acereda 2012: 897)

Eso es lo que en inglés se suele llamar “jumping to conclusions”. Es fácil proponer una conclusión muy diferente: “Los manuscritos están en buen estado en su práctica totalidad, gracias al uso de papel grueso y de calidad, perfectamente legibles y con una notable ausencia de tachaduras, correcciones y enmiendas, lo que prueba que estamos fundamentalmente ante copias en limpio hechas por Alejandro Bermúdez, con el fin de crearse un archivo comerciable de la obra de Darío.”

No sabemos todavía cuál de las dos conclusiones corresponde a la verdad; pero la conclusión a la cual llega el autor del artículo no es plausible. El lector se pregunta naturalmente con qué fin Darío iba a ponerse a copiar a gran escala sus poemas y otros textos ya publicados y con qué objetivo iba a compilar este “archivo definitivo y manuscrito de su obra”. Si se trataba de preparar una edición de sus obras completas, lo lógico hubiera sido reunir, en primer lugar, sus volúmenes de poesía y crónicas ya publicados, en vez de ponerse a recopiar todo a mano. Si se trataba de dar la forma “definitiva” a algunos de los textos, podía hacer correcciones en el margen de esos volúmenes. En fin, todo ese gran trabajo no tiene ningún sentido si se considera desde el punto de vista del poeta, aunque sí tiene sentido desde el punto de vista de su secretario y posible heredero y de sus necesidades económicas.

En ese contexto, tanto la institución interesada en comprar el archivo como el autor del primer artículo sobre esos materiales, deberían haber hecho un esfuerzo especial para cerciorarse de la autenticidad de los manuscritos. Hay muchas posibilidades. Se podía hacer un análisis químico del papel y de la tinta para determinar la fecha aproximada en que se redactaron los documentos. Se podía analizar la pluma utilizada: se sabe que RD escribía con pluma de acero, por lo cual la letra es más negra y gruesa después de meter la pluma al tintero, y después se hace más fina y más pálida (todavía no existían las plumas fuente). La letra podía compararse con la letra de documentos auténticos darianos, que abundan en el Seminario Archivo de Madrid y pueden descargarse por internet.