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Las presentes traducciones, desde versiones al inglés, han sido elaboradas por un modesto pero devoto orientalista itinerante, ya pernoctando entre las peñas de un elevado y desolado cerro de Tortucigárgola, o ya amaneciendo en alguna discreta casa (tipo mini-falda) del barrio Río-Sol, en las desiertas llanuras municipales de Managua.

Lamentablemente, nuestro orientalista es analfabeto en lo que refiere al idioma mandarín, o al japonés, lenguas venerables, por no decir divinas, de remotos orígenes históricos, de prodigiosos desarrollos poéticos y de vastas ramificaciones territoriales. Por tanto, he procurado saciar mi anhelante curiosidad por el universo de las letras orientales, leyendo traducciones a otros idiomas europeos. Idiomas con cuyas literaturas he desarrollado relaciones persistentes, hasta alcanzar decorosos extremos de familiaridad. Inglés, italiano, o francés, por ejemplo.

Estas versiones de hoy, en particular, las he trabajado a partir de las traducciones al inglés, insisto, realizadas por un par de experimentados sinólogos estadounidenses. Al final, junto con los datos del poeta traducido, podremos leer los nombres de estos traductores intermedios.
Nuestros lectores centroamericanos quedan en libertad de valorar y de juzgar si tanta torre de Babel ha valido este amistoso esfuerzo.

Comentarios a: donaldoaltamirano@yahoo.com
Cheng Chou yu, durante el Festival de Poesía de Granada, Nicaragua.

1. BEBIENDO VINO EN QUEMOY

Por CHENG CHOU-YU (*1933)
(A partir de la versión inglesa de John S. J. Balcom, publicada en la revista The Chinese Pen, de Taiwan, en otoño de 2001, páginas 10-11).

¿Querés embriagarte?
Vení a Quemoy!
Invitá a la luna a beber junto con vos…
Y las montañas y el mar se embriagarán también
Tan borrachos que tu figura se fundirá con la naturaleza
Hasta no dejar ni una pizca de tu sombra siquiera.

¿Querés embriagarte con otros?
Vení a Quemoy!
¿El anfitrión generoso, el huésped exuberante,
No son amistades que se enlazan en el campo de batalla?
Hey! Sólo el bebedor de Kaoling merece ser llamado
Espontáneo y sensible,

¿Querés beber a solas?
Sí, entonces vení a Quemoy!
Cogé una jarra de vino dorado y trepate a la montaña Tai-wu
(Etiqueta negra ayer; cerveza roja hoy) de todas maneras
Sirven para ponerte “fosforón” en la cumbre del cerro
con la cara al viento, alzando tu jarro,
bebedor de vino, posando como si fueras inmortal.
Arrebatado, como una ballena atragantándose en el mar.
Recordando a los amigos lejanos,
Uno se siente sereno, con los ojos cerrados
Sorbiendo el vino fragante
Como si fuera un beso en nuestros labios.

¿Querés hacer una ofrenda de vino?
¿Querés derramar una libación?
Testigo de Quemoy es la eterna profecía de la historia
Aquí trepa la torre hasta la altura
Para esperar las nubes del anochecer y las gaviotas
Como copos de nieve cayendo sobre la playa.
Para observa así las montañas distantes y el cielo de un solo color
Dos puertas abiertas una contra la otra…
Un millar de veleros cruzando cargados
Con más jarras de vino y con pescado.

¡Ah, ángeles! ¡Traigan más vino!
¡Alcemos nuestras copas por los dioses de la paz!

(Cheng Chou-yu, es el nombre literario de Cheng Wen-tao, quien nació en Hopei, en 1933, hijo de un soldado, viajó por muchos lugares de China continental, antes de establecerse en Taiwán. Se graduó en la Universidad Nacional de Cheng Hsing, actualmente enseña idioma mandarín, en la Universidad de Yale. Recientemente, estuvo presente aquí en Nicaragua, como invitado al VIII festival de poesía de Granada. Su modestia, su discreción, su sencillez, lucieron impecables. Nuestro orientalista de Río Sol tuvo oportunidad de acercase, de presentarse, de saludarlo sin el acoso de buscadores de fotos junto a celebridades, o de cazadores de autógrafos, y conversaron algunas frases sencillas, en inglés).
John S. J. Balcom, es escritor y traductor independiente, obtuvo un PhD en literatura comparada por la Universidad de Washington, Saint Louis. Reside en Monterrey, California.

2. CAMINANDO

Por Ment Tun Li (*1937)
(A partir de la traducción al inglés hecha por Scott Williams, para la misma revista referida, en el mismo número de otoño 2001, páginas 78-81).

Parece que todas las cosas de mi vida estuvieran relacionadas con vagabundeos de una u otra forma –mis caminatas, por ejemplo. Casi lo primero que hago cuando me despierto en las mañanas es salir disparado del lugar donde duermo, hacia un espacio más amplio, que no esté rodeado por paredes ni por cielo raso, para caminar. Pero planteo algunas exigencias particulares para mis caminatas. Deben ofrecerme bastante luz, algunos árboles, y algunas personas, pero nunca demasiadas. Deben tener un aire de civilización, pero deben estar libres de su basura y de sus ruidos atronadores. Debe haber plantas floreciendo y cantos de pájaros. El clima debe ser agradable, sin viento de invierno, humedad, ni lluvia. Ya que camino cuando no puedo dormirme en la noche, y cuando despierto temprano por las mañanas. Necesito un lugar apropiado para vagabundear, que sea de fácil acceso siempre que lo necesite, un lugar tranquilo por el cual yo pueda vagar a cualquier hora del día o de la noche.

Mis vagancias son en realidad una parte esencial de mi vida. Sin ellas pierdo rápidamente mi equilibrio. Son para mí iguales al lago Dong-tin para el río Yang-tze, ellas moderan el flujo de mis pensamientos y mis emociones. Cuando me siento anegado y sofocado por emociones, dejo que corran las aguas revueltas hacia un paseo a pie. O cuando me siento seco y vacío, una caminata vuelve a dejarme lleno.

Varias veces me he sentido ahogado por emociones embotelladas. Cuando esto me sucede, lo mejor es que me vaya a caminar un poco.

Estas caminatas han sido mi lago Dong-tin, aliviándome de pesadas cargas, llevándose mis impurezas, limpiándome. Así, concluido mi paseo, puro y limpio como una hebra de seda blanca, regreso a mi casa, regreso al Yang-tze de mi existencia, para vivir mi vida y ser yo mismo.

Pienso en mí como si fuera una corriente que fácilmente se enturbia y se enfanga. Si no evito a menudo que este barro revuelto se asiente en el fondo, pierdo la claridad de mi visión interior. Sin semejante lucidez me vuelvo ciego para mí mismo. Si soy ciego para mí, mi vida se vuelve oscura e imposible. Una vida oscura e imposible me vuelve infeliz, y esa infelicidad se traslada a mis amigos y a mi familia.

Pero caminar no sólo aclara mi mente, sino que me renueva y enriquece. Cuando doy mis caminatas y calmo mi tumulto interior, puedo sentir el gozo de la vida y el placer de ser un ser humano. Veo la verdadera belleza de las frondas y las hojas de los árboles –una belleza que muchos no notan, no perciben, no reconocen, cuando pasan de prisa. Oigo qué agradables son en realidad los cantos de los pájaros, contemplo la verdadera perfección del azul celeste, me fijo en el oleaje de las frondas recortadas contra el cielo, percibo la vida que palpita distinta en cada flor. En tal contexto mental, uno llega a considerar muchos significados, muchas maneras de pensar que nunca había tomado en cuenta; experimenta uno nuevas formas de comprender, que nacen al mismo tiempo con nuevas maneras de pasmo y de sorpresa.

Caminar tiene aún otra utilidad mayor –ejercita nuestro cuerpo. Tal vez yo sea demasiado crédulo, pero siempre he sentido que ningún ejercicio le sienta mejor a mi cuerpo que caminar. Me parece que caminar es la forma menos agitada posible. Con la agitación del trote o de la carrera, con ese tipo de ejercicios que exigen un gran derroche de energía, obtengo el resultado de intranquilizarme. Aunque son eficaces haciendo que mi cuerpo se agite, no siempre sosiegan la inquietud de mi espíritu.

Creo algo más sobre este ejercicio, que debe mover nuestras piernas. Cuando tus piernas se han ejercitado suficientemente, tu cuerpo entero se siente bien. Cuando has completado una buena caminata, el mismo movimiento de tus piernas le ha dado ejercicio a todo tu cuerpo -hasta los brazos que salieron nada más para hacerles compañía. En realidad, un sencillo principio de medicina sustenta mi creencia. La teoría dice que caminar provoca la circulación de nuestra sangre, la cual hace ejercitarse a todos nuestros órganos internos.

De tal manera, que uno puede decir que caminar ejercita nuestro cuerpo, tanto en su exterior como en su interior.

Pero lo más importante de caminar es que uno no necesita esforzar nuestra mente. Caminar no exige especial atención de nuestro raciocinio, no acapara nuestro pensamiento, dejándonos tan exhaustos que no podamos pensar más.

Caminar le regala una pausa de ejercicio a nuestra mente. Uno puede pensar lo que le venga en gana, puede mirar para donde mejor le parezca. Lo único que uno tiene que hacer es permitir que su espíritu se eleve, y que sus pensamientos echen a volar.

Este salvoconducto para que tu mente divague es tal vez el mayor beneficio de una caminata. Porque solamente cuando tu mente se libera puede alcanzar hasta donde quiere llegar. Y ya por último, sólo cuando tu mente llegue hasta donde quiera, podrá alcanzar lo inesperado.

(Meng Ton Li, es el nombre literario de Meng Hsian-sen, quien nació también en Hopei, China continental, en 1937. Ha realizado estudios superiores de Filosofía. Tiene publicadas varias colecciones de ensayos, señalemos entre ellos “Amar todas las vidas”).
(Scott Williams, traductor, fue por varios años parte del equipo de la revista Sinorama, de Taipei. Reside actualmente en Austin, Texas).