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Coincidían de nuevo, presentes en La Habana, los dueños de varias firmas y carreras artísticas que rozan las más elevadas cumbres, en la Bolsa (Globalizada) de las Famas actuales. Ejemplos ineludibles: Marina Abramovic, Herman Nietzsche, Gabriel Orozco, Gabriel Tadeo Novoa… más las celebridades internacionales cubanas, caribeñas, latinoamericanas: Sheena Rose, Humberto Vélez, Pepón Osorio, Manuel Mendive, Roberto Favelo, Carlos Garaicoa, Alexis Leiva...

Una celebridad de primera magnitud, que se reveló sustentada en rasgos de monstruosidad fue la de Herman Nietzsche, su acción masiva, centrada en la tarea de escarnecer públicamente a un cerdo de más de 350 libras, previamente degollado y desangrado, exhibido a la manera de icono cristiano, para luego organizar con el cadáver un espectáculo de sangre, desnudez juvenil y crueldad refinada, en un moroso ejercicio de pasiones ociosas. Todo esto en un campo de golf, con la ayuda de una tropa de jóvenes estudiantes del Instituto Superior de Arte, más un equipo de técnicos, electricistas, choferes, un conjunto de cuerdas y vientos de más de 50 músicos, más una barraca cervecera, y una banda de música de soneros y guaracheros. Y, por supuesto, una multitud expectante y errabunda, que gozó este evento con la actitud despreocupada y el ánimo displicente con que se visita una feria agropecuaria. Ni palabras ni miradas al margen distrajeron la concentrada conversación que el señor Nietzsche sostenía, en las postrimerías de aquel festín sangriento, con otras personas seguramente tan importantes como él, mientras yo me ubicaba a distancia de disparo fotográfico, y desaprensivamente le descerrajaba contra el rostro tres encuadres, en primer plano, desde distintos ángulos.

Con Marina Abramovic, nuestro contacto fue brevísimo, unos instantes apenas. Se dio porque yo inocente (¿?) entré a las salas, en penumbras, en los altos del Centro Wifredo Lam, donde se exponía sobre el piso una serie de obras de Carlos Garaicoa. Localicé al reconocido artista dentro de una de aquellas salas, me acerqué y comencé a disparar con una de mis cámaras.

Una señora de mediana edad, vestida de negro, que conversaba con Garaicoa pareció sorprenderse por mi intromisión. Sin dejar de buscar ángulos favorables, yo reprendí levemente a aquella señora. “Usted, siga conversando, señora, como si no pasara nada”, le advertí en inglés, “para que todo resulte natural”.

La ingenuidad de mi actitud pareció sorprenderla todavía más, pero me dejó hacer mi papel de Paparazzo. Y a partir de ese instante, las tres o cuatro veces que volvieron a cruzarse nuestras miradas aquella mañana, Marina Abramovic (después Xenia Mejía me explicó que se trataba de ella) me dedicaba un gesto cómplice y simpático, que traducido al español de Centroamérica querría decir, aproximadamente: “parece que este tipo está completamente chiflado, pero me cae bien”.