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Pionero en el área centroamericano, el estudio sobre las antologías poéticas que la Academia Nicaragüense de la Lengua ha editado constituyó tanto el aporte de la misma al Noveno Festival Internacional de Poesía de Granada como un homenaje a Ernesto Cardenal antologista. No se ha caracterizado este como el mejor de nuestros antólogos, pero ha sido el más significativo por cuanto sus antologías han sido las más difundidas y de mayor repercusión.

A saber: Poesía revolucionaria nicaragüense (México, 1962), “Poesía nicaragüense contemporánea” (México, 1965), Poesía de Nicaragua (La Habana, 1973; Buenos Aires, 1974; San José, C. R., 1976; Managua, 1980 y 1986) y Flor y canto (Managua, 1998, 2006). O sea: sus aportaciones al proceso antológico de nuestra poesía pueden calificarse de fundamentales y determinantes. No se olvide también que a él se le debe el primer ensayo crítico sobre la materia: “Ansias y lengua de la nueva poesía nicaragüense” (publicado en 1949, pero concluido en 1946 e impreso en mimeógrafo: ¡hace 66 años!). Este ensayo de Cardenal, escrito a los 21 años, revelaba una madurez que no ha tenido continuadores.

La poesía nica en 166 antologías (1887-2012) se inicia con un prólogo en el que señalo el modelo de mi recuento crítico: la investigación del español Alfonso García Morales: Los museos de la poesía / Antologías poéticas modernas en español, 1892-1941, un volumen de 659 páginas donde se analizan 18 antologías: desde la Antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo hasta Laurel / Antología poética moderna en lengua española de Xavier Villaurrutia.

Al mismo tiempo aclaro la estructura intertextual de toda antología poética, definiendo el antólogo como un lector de primerísimo rango que tiene el objetivo especial de establecer la canonización literaria. Es decir: la conquista de un espacio literario necesario para construir y ordenar la literatura; consagrar textos y autores como modelos duraderos y dignos de ser estudiados. E, igualmente, desechar, olvidar, enterrar otros. Por eso los antólogos en sus obras, cultivan y producen múltiples e inevitables enemigos.

Dos partes contiene mi trabajo. En la primera registro 96 antologías publicadas en el país y en el extranjero desde 1878 (Lira nicaragüense fue la primera tentativa compilada ese año por Félix Medina) hasta 2012. Nicaragua: el más alto canto, última antología publicada por el Instituto Nicaragüense de Cultura, bajo la responsabilidad de Héctor Avellán, apareció en dicho año. Cincuenta de ellas fueron editadas en el país y cuarentiséis en catorce países: Alemania, Argentina, Australia, Bulgaria, Chile, Costa Rica, Cuba, España, EE.II., Francia, Italia, México, Perú y Venezuela.

En la segunda parte me fiero a 70 antologías internacionales (binacionales, centroamericanas, hispanoamericanas, latinoamericanas y mundiales), especificando en ellas la presencia de los poetas nicaragüenses. Pero prescindo de aquellas en las que no participa un solo nica. Por ejemplo, Les cinq Continents (1922) de Iván Goll e Índice de la nueva poesía americana (1926) de Alberto Hidalgo; si en una figura Rubén Darío, en la otra Salomón de la Selva.

Una de las más interesantes es la antología en húngaro Hispán - amerikai költők tára (2002): un volumen de 1,052 páginas que ofrece, por citar a los centroamericanos, poemas de tres poetas costarricenses, dos guatemaltecos, un panameño, cuatro salvadoreños, ninguno hondureño y 17 de Nicaragua. De los poetas hispanoamericanos, el más traducido es Darío con 23 poemas. Los poemas de los otros 16 poetas nicas suman 43; por tanto, la representación nuestra traducida al húngaro consta de 70 poemas.

Entre las antologías de poesía nicaragüense en otras lenguas, cabe destacar en alemán: Moderne lyrik aus Nicaragua (1981) de Carlos Rincón; en inglés: Poets of Nicaragua (1982) de Steven White y Poetry of the Nicaraguan Revolution (1985) de Wick Fry y Feff Case; en búlgaro (de título impronunciable porque no se corresponde su alfabeto al latino) una de 1991; en francés: Poésie nicaraguayenne du XXe siécle (2001) de Gloria Antonia Henríquez y Merilyn Armand Renard; en italiano La poesía nica / Antologia regionata della poesía nicaraguense del 900 (2008) de Roberto Pasquali y Enzo Minarelli.

Existen otras antologías en italiano, de menor dimensión, como Nicaragua ora zero (1969) de Pietro Cimatti: una selección de poesía revolucionaria que comenté en 1970, hace 42 años; Poesie di donna del Nicaragua (1989), de Eda Cicogna, que difunde poemas de seis mujeres: Daisy Zamora, Gioconda Belli, Gloria Gabuardi, Michèle Najlis, Rosario Murillo y Vidaluz Meneses.

Pasando a las antologías canónicas —aquellas en las cuales se han aplicado mayor criterio selectivo y fijado textos más perdurables— son las siguientes: Nueva poesía nicaragüense (Madrid, Seminario de Problemas Americanos, 1949) de Orlando Cuadra Downing con el estudio preliminar —ya citado— de Ernesto Cardenal; 100 poemas nicaragüenses (Managua, 1963) de Rolando Steiner, aunque este optó por omitir su nombre; Antología general de la poesía nicaragüense (Managua, 1984 y 1994) de Jorge Eduardo Arellano y El siglo de la poesía en Nicaragua (Managua, 2005) de Julio Valle-Castillo y en tres tomos: Modernismo y vanguardia, Posvanguardia y Neovanguardia.

Imposible hablar por limitación de espacio de las cinco. Por tanto, me limitaré a transcribir los párrafos correspondientes a la de Cuadra Downing, sin duda obra capital de la primera mitad del siglo XIX que contiene “un florilegio de nuevos poetas, cuya obra originalísima y fecunda será sorpresa para la mayor parte de los lectores hispanos” —se lee en el texto de la solapa firmado por los editores. Y así fue. Sin embargo, se inicia con veinticuatro poemas de Rubén Darío, o mejor dicho, de aquella poesía suya “que inaugura o anuncia las nuevas tendencias poéticas, o bien la que responde a un sentimiento profundo del hombre o de la tierra” (p. 487 de las “Notas”, elaboradas por Cuadra Downing).

Prescindiendo de los modernistas (generación “que acompañó a Rubén en su edad más no en su perennidad”), el antólogo deslinda a “los precursores de la poesía nueva: Azarías H. Pallais, Alfonso Cortés y Salomón de la Selva; le siguen tres representantes del “Grupo de vanguardia”: José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos (los demás —como Cabrales, Ordóñez Argüello, Román, Manolo Cuadra— se pasan por alto) y otros tres de la última generación: Ernesto Mejía Sánchez, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal. Estos diez poetas se canonizan publicando “un caudal antológico de cada uno que permita un conocimiento pleno y hondo del autor”. Y así también resultó.

Con afán complementario, el mismo antólogo en el “Apéndice” incluye —recurriendo tipográficamente a una letra más pequeña— fragmentos de un poema extenso del español “renacido” en Nicaragua: Ángel Martínez s.j., y de los poetas más jóvenes: Ernesto Gutiérrez (20 años), Fernando Silva (22) y Rodolfo Sandino (21). Ni en las “Notas” de Cuadra Downing ni en el estudio preliminar de Cardenal se alude a los tres últimos.

Dos reseñas suscitó la Nueva poesía nicaragüense: una del italiano Francesco Tentori, de hecho un ensayo exegético (en La Fiera Letteraria, Roma, núm. 44, 1950, traducido por Gonzalo Meneses Ocón en Cuaderno del Taller San Lucas, núm. 5, 30 de agosto, 1951, pp. 140-143) y la otra del cubano Eugenio Florit (en Revista Hispánica Moderna, vol. XIX, núm., I-IV, enero-diciembre, 1953, p. 100), que vale la pena reproducir:

“El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal contribuye a dar importancia a este tomo con un extenso ensayo preliminar en el que estudia con detenido cuidado la obra de los poetas de su país posteriores a Rubén Darío, desde Alfonso Cortés a uno de los más jóvenes, Ernesto Mejía Sánchez. Son unas páginas que debemos leer si queremos comprender le estado actual de la poesía en Nicaragua. Y no hay que olvidar que tal país ha producido, además de la inmensidad de Rubén Darío, gentes tan importantes en el conjunto de la lírica hispanoamericana como Salomón de la Selva en el postmodernismo, y José Coronel Urtecho entre los poetas de vanguardia. La escasez de nombres —sólo catorce aparecen en esta antología— va compensada muy bien con el número de poemas de cada uno, y con ello puede el lector ver claramente qué significa la obra de sus distintos autores. En resumen, se trata de un libro de gran valor para el conocimiento y estudio de la poesía en Nicaragua a partir del modernismo.”

Otro cubano, Roberto Fernández Retamar, valoró su aparición en 1949 como un “acontecimiento relevante para la poesía en lengua castellana” (“Prólogo a Ernesto Cardenal”, Casa de las Américas, núm. 134, septiembre-octubre, 1982, p. 40).

El estudio La poesía nica en 166 antologías, emprendido para puntualizar la proyección antológica de la poesía nicaragüense contemporánea, plantea estas interrogantes. ¿Corresponde, realmente, a su reconocida calidad? ¿Ha trascendido como lo merece? ¿Se conoce en el ámbito de la lengua española y más allá del mismo? Mi respuesta tiende a ser negativa y comparte esta opinión de Daniel Rodríguez Moya al referirse a nuestra poesía: “Una poesía con un inmenso valor en el conjunto del idioma y que, salvo por autores muy concretos, es injustamente poco conocida”.