•  |
  •  |

Mi compañero de grupo literario de 1962 a 1964 y cómplice de la sangre (su abuelo materno don Faustino Arellano Mejía era primo-hermano de mi padre Felipe M. Arellano Cuadra), fue declarado en 2008 hijo predilecto de Granada. Tres grandes méritos tuvo a su favor “Chichí” (nahuatlismo con el cual se le conoce “en todo el orbe cristiano y musulmán”) para recibir este reconocimiento.

El primero es su inconmensurable amor a Granada, heredado de su padre y maestro Enrique Fernández Morales (25 de diciembre, 1918-18 de noviembre, 1982) y de su madre Rosa Victoria Arellano Arana (22 de marzo, 1924-8 de junio, 2011); un amor que engendró el profundo significado de pertenecer a esta ciudad y a su historia. Él mismo ha confesado: Yo amo la poesía de adobe, tejas y taquezal, de arroyos, de Lago y de Mombacho. Es claro que el segundo mérito corresponde a la iniciativa de convocar —y mantener su liderazgo con inusitado éxito— el Festival Internacional de Poesía en Granada que desde 2005 ha convertido a nuestra ciudad —durante una semana de febrero— en la capital de la poesía del mundo. Con ello se ha proyectado una imagen positiva del país que no se lo debe solo a él, sino a un esfuerzo conjunto de gobierno, empresa privada, sociedad civil y amigos que lo secundan y se comprometen con la promoción cultural y el desarrollo turístico. Todos aglutinados por él.

Desde luego, el tercer mérito es igualmente importante: su obra en verso. Esta ha tenido de sujeto a un yo, capaz de ejercer —con una energía controlada, sostenida y lúcida— una pasión poética: la única prueba que justifica su existencia. “El que carece de pasión carece de razón”, decía el ensayista español José Bergamín, aunque pueda tener razones, es decir, intereses profanos o prosaicos. Y si de esos intereses “Chichí” —como “El Buscón” de Quevedo— ha sido aspirante como todo hombre menesteroso de ensueños y glorias, lo que ha predominado en su talante es su talento. Mejor dicho: la intuición e inteligencia, el optimismo y la gracia juveniles de su inagotable creación escritural.

La belleza como razón vital

De ahí que haya teorizado —muy pocos lo han hecho en el área centroamericana—, sobre la poesía y su gratuitidad, definiéndola como producto del matrimonio entre la imaginación, la sensibilidad y la cultura; como la armonía entre la altura del espíritu y las bajezas del alma. En el Universo de la poesía —puntualiza— viven ángeles y demonios, y todos ellos deben expresarse, por lo que el lenguaje de la poesía debe contener la riqueza y la complejidad del cielo y del infierno. Y termina con un aforismo: En la poesía el dolor del alma siempre es una criatura verbal del orgullo y la razón.

He ahí la estética que articula su obra, apreciable en Celebración de la inocencia / Poesía reunida: 1962-2000 (2001). Esta antología ofrece selecciones de los poemarios A principios de cuentas (1968), síntesis y liquidación de su gozosa adolescencia, no exento de prospecciones metafísicas; La sangre constante (1974), signado por el testimonio político y la militancia correspondiente; En el cambio de estaciones (1981) donde amplía —no sin panegerismo panfletario— la línea anterior; Pasión de la memoria (1986), glorificación del Sexo y del Amor, aparte de una reflexión sobre el deterioro y la presencia de los fantasmas familiares; Friso de la poesía, el amor y la muerte (1997), uno de los grandes poemas extensos de nuestra literatura; y Árbol de vida (1998), prologado por Gioconda Belli, en el que propone la belleza como razón vital.

Sentimiento nuevo y renovador

A esta media docena de títulos debe sumarse Espejo del artista (2005), cuyos poemas enriquecen su obra interior e irradian una luz transmitida de uno a otro libro —sostiene su prologuista Edwin Yllescas, quien especifica su contenido: “Los placeres y roñerías del hombre y la mujer, la vida cumplida de la manera que se pudo, el escarnio de la pasión como Eros, y menos que Eros, el sarcasmo de los Sueños Grandes y los Sueños Pequeños; la muerte como nada y menos que nada; el rostro de la esperanza y la desesperanza, el afecto y el desafecto, la negación y la afirmación, la maldad y la virtud igualmente malignas; las verrugas de la voluntad inseparables de sus flaquezas; la fascinación y la repugnancia en un solo átomo; la mordacidad, la risa y la sorna”. Es decir, un sentimiento nuevo y renovador en la poesía de Nicaragua a partir de Darío y Salomón de la Selva.

Resulta mucho más apreciable este aporte personal de “Chichí” en otra antología: Orquídeas salvajes (2007), con texto en la contracubierta también de Gioconda Belli, lanzada en Madrid por Visor, la colección de poesía más prestigiosa en lengua española. Como era de esperarse, se presentó en el IV Festival, constituyendo uno de sus eventos especiales con el “Homenaje a la poesía iberoamericana” que me fue asignado como poeta y director de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Él mismo es una de las vigorosas figuras actuales de esa poesía. Sus Orquídeas salvajes son la prueba más contundente. He aquí algunos de sus versos memorables, escogidos al azar, de aliento whitmaniano experimentado en el ars amandi, consciente de la transitoriedad del ser humano por el mundo: Nací para que lascivas muchachas nicaragüenses, adornadas con guirnaldas / duerman conmigo bajo las estrellas haciendo el amor con los ojos, / para que el amor sea una lucha contra la muerte / para que el truco de la vida sea saber ver la magia […] Amé tanto y voy a desaparecer [...]Mi amor por la vida es una rosa gigante / con penas vivas y penas muertas [...] Yo quiero llegar hasta donde me lleven los pájaros de mis pensamientos / y quiero llegar a la muerte sin ninguna aridez en el corazón.

Todo un derroche de fantasía mesurada es Orquídeas salvajes. Un libro de poemas unitarios y abierto, como Leaves of Grass de Whitman, fiel a la estirpe granadina de su autor, a su niñez que trasmuta en la mañana luminosa, al poder redentor de la poesía que incluye a los seres no agraciados: todos somos sapos encantados cantándole a la luna. Un poemario maduro y celebratorio, reflexivo y devoto de la fascinación por la vida, que tampoco excluye la siguiente convicción realista: En esta tierra etérea del desencanto / toda verdad es Quimera; / el sueño encuentra puñal en la cuenca de la mano; la política es estéril: / seca el pozo dulce de la fecundidad / de las plumas y de los animales, / destroza entre sus dedos la mística / del amor del hombre del hombre y la mujer, / hace tiranos y ladrones.

Un bello muchacho libertino

En fin, un poemario que es sensitiva autobiografía y autorretrato sincero, como lo demuestra en este breve poema: Yo fui un bello muchacho libertino / que tuve hasta la saciedad / una eterna borrachera delirante / por la felicidad del alma. // Pero tuve el dolor apasionado de darse cuenta de todo en el mundo, / como si mi piel fuera un imán sentimental / al que se le va pegando el desperdicio de la vida.

En otros versos, Francisco de Asís Fernández se autorretrata como actor que representa sus antepasados / interpretando los tonos de la infancia […], apóstol del evangelio del placer […] y soñador de Granada, Nicaragua, que no se cansa de soñar. O evocan a su pater y mágico master: como en la película echada a andar para atrás / te veo con mi hermanita Memema y conmigo sobre los hombres / corriendo sobre los cuatro corredores y el canapé / recitándonos a Lorca y a San Juan de la Cruz / llorando con mi madre sobre el cuerpo tibio aún de la más tierna de nosotros / rodeado, como si fuera tu propia carne abundante de manuscritos, libros y poemas / y vistiendo imágenes antiguas en el camerín / en Caña Castilla construyendo la ermita, desenterrando ídolos / y como un Cruzado de Cristo bautizando: / loco apasionado padre derrumbado las veces que nos separamos / entre la santidad y el demonio / en tu cama de Faraón y en tu hamaca sin un solo centavo / exsocio del Mombacho / y cantando boleros con los poetas más bolos de la historia.

Uno podría seguir glosando, interminablemente la poesía de Chichí: hipocorístico, o sea abreviación afectuosa de nombre propio, en este caso de Asís, derivado de la pronunciación infantil: mi deudo entrañable y hermano de toda una vida; referirme, por ejemplo, a su último poemario (y segundo editado en España por el andaluz José Luis Reina Palazón): Crimen perfecto (Benalmádena, Málaga, Norteysur, 2011). Señalar que en él continúa destilando la rabia iluminadora de la poesía y creyendo en la regeneración poética del mundo.