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Al comenzar el invierno Malika Scott iniciaba los rituales que se prolongarían durante todo el mes de mayo. Entonces, sólo consumía agua de coco, en ayunas, para limpiarse el organismo; verduras, para contrarrestar la grasa, y la sabrosa carnosidad amarilla del pejibay, para mantener despiertos sus ímpetus libidinosos. Además, nadaba, para darle elasticidad a sus brazos y piernas; corría cada mañana para expulsar toxinas y oxigenarse el cerebro; y meditaba, para ordenar sus vibras mentales e higienizar el aura del espíritu. También, se cortaba el cabello a ras del cráneo para despejarse el pensamiento; usaba ropa íntima de piezas mínimas para mimarse la estima, y se remozaba el pubis dejándose sólo un angosto penacho ensortijado, que impediría que el roce de la otra piel le irritara la suya al hacer el amor de la manera desbocada como exigía y se entregaba.

Después del tercer aguacero, y durante la primera gran luna, llenaba con leche de vaca recién ordeñada una canoa de roble, a la que agregaba esencias perfumadas de sándalo y pétalos de príncipe negro, singular variedad de rosas de un color púrpura espectacular; encendía incienso de mirra y copal, y con la parsimonia de quien oficia una ceremonia, sacaba de su cuerpo cada una de las prendas que la cubrían, y desnuda entraba en la líquida tibieza blanca, un pie primero, el otro después, para luego sumergir el cuerpo entero, y dedicarse por un tiempo a absorber el humo espeso y dulzón de la cannabis, que le aquietaba el cuerpo y la enfocaba en sus reflexiones sobre eventos deseados que le propiciaran bienestar en sus amores con aquel poeta a quien aún no le abría los labios por temor a que sus sentimientos quedaran atrapados entre las raigambres de sus pasiones.

Una hora después, con felina agilidad y pícara sonrisa, se erguía, y alzada en su plenitud esperaba que de sus senos, frutas grandes y apetecibles, terminaran de bajar las gotas blancas a sus partes cóncavas, y de su espalda descendieran a las pronunciadas curvas de sus nalgas, duras y turgentes, a las piernas, a los pies, hasta quedar limpia y lustrosa la belleza de su desnuda negritud. Entonces, bajo la luz lunar, con cadencias sensuales y al compás de ancestrales ritmos de percusiones, ondulaba su desnudez florecida de lenguas púrpuras, iniciando danzas atávicas, homenaje y preludio que la llevaría a abrirle brazos y piernas al hombre que, empuñando la antorcha de la palabra, le encendía esa ternura apasionada que la hacía sentirse tan deseada como pocas veces antes en su vida. Las penumbras del amanecer perfilarían sus siluetas trenzadas entre revoltijos de sábanas…

 

Managua, mayo 19, 2011