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¿De quién son estos carcomidos huesos.

De quiénes tanta agua oscurecida

donde no queda siquiera un lugar

para la sal del permanente llanto

de los que en espera quedan y sueñan?

 

¿De quién, de quiénes son las manos aceitosas

crispándose estertóreas ante el quemante sol,

estirando los dedos sin poder aferrarse

a las ramas que se escapan?

 

¿De quién, de quiénes la ropa diminuta sin niños

y los senos flotantes con mezcla

de endurecida leche y sangre coagulada?

 

Nadie responde, nadie. Sólo el aplastante

ruido de botas que se alejan e n la maleza

y siniestras carcajadas de burla a los migrantes.

 

Cómo poder cruzar los ríos y los desiertos de la muerte

ante el alud de fémures, vértebras, húmeros,

cúbitos, clavículas y más vértebras de otros migrantes?

y los gobiernos hacen reuniones y cumbres

para brindar por los libertadores de américa

y alzan alto las copas llamando a la patria grande

de viva voz, “continente de la esperanza”.

 

No vaya a suceder dicen las muchedumbres

que un Dios desconocido, azteca, maya u otro

haga desembocar en el lugar de los jubilosos brindis

un torrentoso río con cuajos de leche de madres muertas

y de puños alzándose desde los remolinos

de sangre putrefacta.