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Por haber vivido parte de mi niñez, la adolescencia y dos lustros de la juventud fuera de mi Nicaragua natal, tardíamente descubrí a Sergio Ramírez Mercado. Era yo estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de San Carlos, Guatemala, cuando uno de mis maestros me habló de este paisano. El maestro era Guillermo Putseys Álvarez, el editor de Tiempo de fulgor, la primera novela de este narrador de la Nicaragua que, en su Canto general, Pablo Neruda llamó “garganta pastoril de América”.

Después, otros intelectuales guatemaltecos y nicaragüenses en el exilio me hablaron maravillas del joven escritor nicaragüense. Ya había leído y comentado en Prensa Libre de Guatemala Los cachorros, de Mario Vargas Llosa, cuando vino a mis manos Tiempo de fulgor, la edición príncipe editada en colección Los últimos de la Universidad de San Carlos. Una obra que disfruté con la nostalgia de quien recuerda páginas de historia y lugares de la patria cuando se está lejos de ella. Yo, que hasta entonces había leído más a los poetas que a los narradores, admiré aquella prosa de Ramírez que despertaba más imágenes y mayor imaginación a través de las palabras —que no eran las de los versos, pero se introducían en mí— produciendo una sensación de gozo capaz de borrar el tedio o los sinsabores de un día desafortunado.

Cuando regresé a Nicaragua, Sergio Ramírez ya se había marchado a Costa Rica a trabajar al CSUCA. Fue a mediados de los años setenta cuando, en calidad de docente universitario, asistí a un congreso de español en el país vecino del sur. Fue en esa ocasión que conocí a Sergio Ramírez, aunque ya había leído mucho de su obra —particularmente la producción ensayística, la biografía de Mariano Fiallos Gil y De tropeles y tropelías—. En el caso de esta última obra, una afabulación magistral y maravillosa sobre la tentación mayor de los políticos latinoamericanos: la de convertirse en dictadores una vez que alcanzan el poder.

Ramírez llegó a la clausura del evento y entregó a los participantes un pequeño diploma por asistencia al congreso. Todavía conservo este diploma que ostenta la firma de este formidable narrador de la lengua española. Poco tiempo después, no puedo precisar la fecha exacta de ese 1978 —la dictadura de Somoza estaba en su ocaso— cuando se formó el Grupo de los doce y entraron, una tarde, procedentes de Costa Rica para fortalecer la lucha contra el Dictador. La guardia pretoriana trataba de detener a la gente por las calles, pero no se daban abasto. Mientras culateaban a alguien, otros avanzaban al encuentro de los doce. Así pude llegar hasta el camión, que en Nicaragua no es el autobús mexicano sino un automotor de carga, que en su plataforma traía a los doce. Hasta entonces saludé con efusividad a Sergio Ramírez. Mi entusiasmo por él nada tenía que ver con el político, sino con el escritor. Ramírez Mercado iba más allá de la denuncia en las páginas de un libro en su lucha contra la opresión. Asumía el riesgo de enfrentar la rabia del dictador que se traducía en amenazas, garrote, cárcel, tortura y muerte.

En el nuevo gobierno revolucionario, una de las tareas que asumió Ramírez Mercado fue la educación. En aquellos años que siguieron al derrocamiento de Somoza se hizo una cruzada nacional de alfabetización muy eficaz para combatir la ignorancia. Se crearon talleres de poesía y de pintura para las clases populares; se recomendaba, a manera de crítica, que no había que llevar la cultura al pueblo sino el pueblo a la cultura. Se estructuró un esquema de educación que articulaba los diferentes subsistemas, hasta entonces dispersos: educación preescolar, educación primaria, educación técnica-básica, educación secundaria, educación superior y educación técnica-superior. Se amplió la cobertura educativa, pero debido a la crisis económica, en aquellos días de guerra, disminuyó la calidad de la educación. Aumentó considerablemente la matrícula femenina en la secundaria y en la universidad; pero hubo gran deserción de los varones.

Sin embargo, lo más significativo en la vida del escritor mencionado es que no se dejó atrapar por la política ni dejó de escribir en aquellos días de dirigente político. Obras de aquella época son El alba de oro, Siglo XXI Editores, México, 1983; Estás en Nicaragua, Muchnik Editores, Barcelona, 1985; Balcanes y volcanes, Editorial Nueva América, Buenos Aires, 1985; y, particularmente, Castigo divino, Mondadori, Madrid, 1988. Esta última fue llevada a la televisión por RTI de Colombia y de ella, Carlos Fuentes ha escrito: “Entre la plenitud de la comedia y la inminencia de la tragedia, Sergio Ramírez ha escrito la gran novela de Centroamérica, la novela que hacía falta para llegar a la intimidad de sus gentes, para viajar a la frontera misma entre sus tradiciones persistentes y sus posibilidades de renovación”.

Castigo Divino no fue una novela convencional sino controversial, basada en un acontecimiento real que dividió a la sociedad de León. El juicio que siguió a los hechos del personaje histórico, modelo del protagonista de la novela, despertó el interés de los nicaragüenses de los años treinta. La novela presenta muchos planos y numerosos personajes, algunos de la época y otros de nuestros días que nada tuvieron que ver con la vida ni con los crímenes cometidos por Oliverio Castañeda, pero que el autor los introduce en la obra con sus nombres verdaderos. La maestría del novelista radica no solo en la capacidad de romper diacronía y sincronía, sino también en articular de tal forma la trayectoria de los hechos con el efecto anecdótico. Es admirable observar la capacidad imaginativa y creativa de los personajes, así como el lenguaje tan preciso, tan plástico y tan dinámico que el lector devora las páginas y percibe los hechos como si estuviera viendo una animación en serie.

Ramírez Mercado inicia, en los años noventa, una fase más intensa y brillante de su producción creativa: era de esperarse, ¡cuánto tiempo le quitó el político al escritor! ¡Cuánto tiempo ganó Vargas Llosa perdiendo las elecciones frente a Fujimori! ¡Bendita contradicción que nos devolvió al productor de cultura a cambio de privarnos de un gobernante que pudo caer en la tentación de ser un ocioso y odiado dictador!

Obras representativas de la década de los noventa son: Confesión de amor (testimonio), Tálasa, Madrid, 1992; Clave de sol (cuentos), Cal y arena, México, 1992; Un baile de máscaras (novela), Alfaguara, México, 1995; Margarita, está linda la mar (novela), Alfaguara, Madrid, 1998; y Adiós muchachos (memoria de la revolución sandinista), Aguilar, México, 1999. Si de Castigo divino dijo Tomás Eloy Martínez que era una epopeya de la conciencia, de Margarita, está linda la mar, premio Alfaguara de 1998, Rafael Azcona dijo, en Madrid: “…cincuenta años de historia latinoamericana narrados en un doble plano temporal, donde todo encaja con la implacable precisión de un aparato de relojería”; Milo J. Krmpotic dijo en la revista Qué leer: “Margarita, está linda la mar tiene categoría de gran novela, de las grandes de verdad”; y Antonio Perdomo dijo en el diario Canarias 7: “…Sergio Ramírez crea una obra que, por pura dilación histórica, es tributaria de las grandes novelas hispanoamericanas”.

Así, pues, se cerró el siglo XX dejando en el habet de las letras españolas la consagración de un maestro; paisano de Rubén Darío, Salomón de la Selva, Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal... pero no poeta como ellos, sino maestro en el arte de fabular, narrar testimonios y crear odiseas y hasta Mentiras verdaderas…

Inicia el siglo XXI y pasa la primera década, el nicaragüense Sergio Ramírez nos presenta Catalina y Catalina, Alfaguara, México y Madrid, 2001; Sombras nada más, Madrid, 2002; Mil y una muertes, Alfaguara, Madrid, 2005; El reino animal, Alfaguara, Madrid, 2007; Tambor olvidado, Aguilar, San José, 2007; El cielo llora por mí, Alfaguara, México, 2008; La fugitiva, Alfaguara, Madrid, 2011. En este nuevo milenio, las publicaciones de Ramírez Mercado se intensifican. Nuevos y contemporáneos temas son abordados en sus obras: la droga, el narcotráfico y la investigación policial. En El cielo llora por mí se analizan estos problemas sociales presentes en la humanidad de nuestros días. Otra manifestación que ha aflorado dentro de la sociedad actual es la libre opción sexual y, particularmente, el de la transgresión de lo normado por la cultura. Amanda Solano, protagonista de La fugitiva, es quien elige a los hombres que desea y no la elegida por los hombres.