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El acercamiento, finalmente derivado en abrasadora fusión, de Sergio Ramírez con los complejos, dinámicos y frecuentemente violentos procesos sociales y políticos centroamericanos, se produjo, en un primer momento, durante su dramática experiencia cuando la masacre de una manifestación de estudiantes universitarios en la ciudad de León, Nicaragua, en 1959, y más tarde a partir de su autoexilio intelectual en Costa Rica (que incluyó una estancia en Berlín como escritor residente becado por el Servicio Alemán de Intercambio Académico) durante los años setentas del siglo XX.

Fue precisamente a inicios de esa década que escribió su importante y relativamente extenso ensayo Balcanes y volcanes (1973), mientras también preparaba la investigación histórica El pensamiento vivo de Sandino (1975), y cuando también extendió y consolidó su relación, como escritor ya muy reconocido y como director de la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), con los escritores contemporáneos más importantes de Centroamérica. Pero además, fue durante esa época que también inició su acercamiento y vinculación orgánica con el movimiento revolucionario que gestaba y se preparaba para el levantamiento rebelde que conduciría al derrocamiento, en 1979, de la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua.

Balcanes y volcanes es prácticamente la profesión de fe de Ramírez respecto a la realidad socio-cultural de la región centroamericana. Es la formulación intelectual de su plena toma de conciencia y posiblemente el punto, también pleno, de convencimiento que quizás lo decidió a estrechar ese vínculo orgánico y comprometido, desde su papel de intelectual, con el movimiento revolucionario nicaragüense; vínculo que duraría más de dos décadas y que lo haría transitar como dirigente y protagonista activo por un periodo particularmente significativo para la historia de Nicaragua y Centroamérica. Un tránsito histórico que está magistral y dramáticamente relatado en su libro de memorias Adiós muchachos (1999), que particularmente considero el punto culminante de la elipsis militante de Ramírez como intelectual comprometido.

Como el título mismo del libro lo proclama, se trata de una despedida definitiva del otro (el menos permanente) de sus oficios compartidos: la política. Pero esa despedida de Ramírez de los avatares políticos no ha significado, como él mismo lo ha subrayado en entrevistas, el abandono como escritor de la reflexión literaria y cultural iniciada con Balcanes y volcanes: la necesidad de opinar y debatir acerca de los fenómenos culturales de la región y del mundo, que como él mismo lo dice es también una manera de acercarse y de mantenerse de cierta manera siempre vinculado a los fenómenos sociales y políticos. Algo que precisamente desde Balcanes y volcanes no ha abandonado nunca y sin lo que –según confiesa- se sentiría perdido.

En Balcanes y volcanes Ramírez se propone examinar el fenómeno histórico-cultural centroamericano tomando en cuenta sus características particulares: la influencia determinante de la permanente dependencia económica y sus derivaciones locales, particularmente elaboradas y transmitidas secularmente por los grupos dominantes de la región. Según Ramírez, con la independencia y el proceso de nacionalización (o “balcanización”) post-colonial en Centroamérica se produjo, casi automáticamente, un fenómeno de acumulación originaria de poder que a la larga repercutiría, de forma prolongada y persistente, en el proceso cultural centroamericano hasta su contemporaneidad. Del control de criollos y encomenderos sobre la tierra y los indios, Centroamérica pasó, sin proceso modernizador alguno y conservando la tradicional configuración rural y arcaica de nuestras provincias, a conformar “naciones” donde la hacienda se erigió como la verdadera república; y las nuevas leyes —basadas en la explotación servil de la fuerza de trabajo campesina— concentraron la tierra en latifundios laicos en manos de militares y tribunos.

Con la invención de nuestras “nacionalidades” y nuestra posterior inserción, como región fragmentada en pequeñas naciones, al capitalismo mundial, no dejaron de permanecer y prevalecer en el istmo las grandes instituciones formativas como el idioma y la religión de los colonizadores; el espíritu tribal-familiar, la metamorfosis constante de las costumbres españolas, junto a la menospreciada y casi oculta cultura indígena, en un proceso de consolidación histórica lleno de tensiones entre las expresiones concretas del discurso autoritario dominante y las reacciones reflejas de los dominados y la sociedad en general.

Aunque para Ramírez la imposibilidad orgánica de la cultura centroamericana de rebasar los límites que la separan de lo “universal” o lo “moderno”, ha constituido su peor característica, un planteamiento inverso podría llevarnos a concluir que, en distintas épocas, esa misma cultura centroamericana ha podido encontrar un punto extraordinario de superación. Y en el período histórico de la post-independencia y la incorporación centroamericana al capitalismo mundial, ese punto “extraordinario” fue Rubén Darío.

Pero esa “extraordinariedad” aparece marcada por la inauguración de un drama que perdurará en la cultura centroamericana hasta nuestros días: Darío, en tanto primer paradigma legítimo del intelectual centroamericano, vive la “universalidad cultural” como exiliado, es decir, su acceso a ella está condicionado por el solitario privilegio del exilio en un mundo capitalista internacionalmente creciente, mientras, por otro lado, el “cuerpo social” semi-feudal de la localidad centroamericana (su historia política, sus realidades marcadas por las recientes luchas anticoloniales e independentistas que formularían los postulados nacionalistas en cada república y condicionarían sus respectivos futuros a las condiciones impuestas por la “acumulación originaria” de poder) lo llevarían a asumir, paralelamente a su “solitaria y errabunda” búsqueda de “universalidad”, un sentido de identidad más local o regional, así como cierta responsabilidad ética y (al menos tímidamente) política frente a esa apremiante noción de “modernidad” o “universalidad”, cuya oposición a la “realidad local” a la larga resulta utópica.

Es precisamente el mismo fenómeno que, con más de un siglo de distancia y más o menos diferentes circunstancias, se repite en la característica relación de tensión entre los más importantes escritores centroamericanos contemporáneos con los agentes activos de sus propias realidades socio-políticas y culturales en cada país centroamericano. El testimonio más emblemático y más dramático en los últimos años de esa difícil y tensionante relación, lo constituyen precisamente las memorias del novelista nicaragüense tituladas significativamente Adiós muchachos. Un libro de aparente despedida pero que más bien patentiza un continuado compromiso del escritor con la cambiante y dinámica realidad con la que se ha enfrentado desde que escribió su primera novela y su primer ensayo significativo: Balcanes y volcanes.

No por casualidad ha afirmado Carlos Fuentes que Sergio Ramírez habla por todos los escritores cuando dice que del oficio de escritor uno no se retira nunca. “La escritura es una pasión, una necesidad, una felicidad”, ha dicho el escritor nicaragüense en diversas entrevistas. Y según Fuentes, la reiterada aseveración de Ramírez obedece al convencimiento compartido de que no hay escritores pensionados: los gobiernos pasan, la literatura sigue. Sergio Ramírez –asegura el mexicano- ejemplifica la vieja tensión latinoamericana entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre “artepurismo” y “compromiso”. “La ejemplifica y la disuelve”, afirma Fuentes a propósito de su lectura de Adiós muchachos.

El problema de la representación literaria de la nación, en el caso de historias particularmente accidentadas como las de Centroamérica, parece moverse siempre -según lo demuestran las propias memorias de Ramírez- en la difícil relación entre forma y contenido, es decir, entre la modalidad genérica seleccionada por el autor (en este caso la memoria o testimonio) y la materia (proporcionada por la realidad y su propia experiencia) con que procede a construir el texto.

Del género testimonial o de la memoria generalmente se exige que sus resultados sean moralmente apropiados, históricamente veraces y comunicativamente eficaces, además de los requerimientos de tipo estético que generalmente los convierten en núcleos de crecientes polémicas acerca de su “estatus” literario. Y sin duda las memorias de postguerra, tanto las de Ramírez como las de otros escritores emblemáticos de Centroamérica, deberían constituir un punto de partida importante en el debate regional sobre los límites de la representación literaria.

Estando a medio camino entre la narración histórica y la literatura, el testimonio y la memoria no sólo funcionan sujetos a los límites fijados al arte literario, sino también a los de la historiografía. El límite de ésta es el de la verdad o la fidelidad a los hechos, pero la llamada verdad histórica constituye también una idea compleja y una meta elusiva, y su transgresión no significa necesariamente negar o falsear premeditadamente la historia (aunque existan casos), sino más bien la elección de una perspectiva subjetiva, personal, si se quiere condicionada ideológicamente, sobre el acontecimiento; es decir, se trata de una interpretación.

Repetidamente, determinados escritores y críticos han intentado demostrar teóricamente el carácter inevitablemente literario (o “construido”) de la escritura de la historia, cuya naturaleza contextual y relativa la define no como “una” historia, sino más bien como una diversidad de historias que funcionan en dependencia de las diferentes interpretaciones particulares que los seres humanos tenemos acerca del pasado. Al igual que la historia oficial puesta en cuestión por los escritores centroamericanos en sus textos narrativos de ficción, las memorias de Ramírez también constituyen una construcción, una interpretación relativa y parcial.

Como la de un “profeta del pasado y memorialista del porvenir” (según palabras de Carlos Fuentes), la obra de Sergio Ramírez se ubica en el centro de una transición que podría estar conduciendo (si no lo ha hecho ya) a la disolución o desaparición de la antigua tensión latinoamericana que ha situado a los escritores en una separación entre compromiso y arte-purismo. Y para afirmarlo con tal contundencia Fuentes parte de la convicción planteada por el propio Ramírez, tanto en sus ensayos como en sus memorias, de que “la militancia política no es obligatoria sino producto de la opción razonada del escritor, cuya obligación colectiva se cumple, con creces, mediante el ejercicio de la imaginación y la palabra”.

La publicación de Adiós muchachos y de una serie de novelas, libros de relatos, ensayos y antologías sucesivas que ha continuado publicando, nos llevan a concluir que, después del agua corrida bajo los puentes de las últimas décadas en Centroamérica y el mundo, Sergio Ramírez nunca perdió, ni parece dispuesto a perder, su primera y verdadera vocación, la de escritor; aunque como a Odiseo los dioses lo hubiesen desviado por algún tiempo, obligándolo a atender activamente a su segunda musa, ya desechada para siempre: la política de partido. Y esa decisión está en la entraña misma de Adiós muchachos, un libro en el que, según Fuentes, la revolución no aparece como un fracaso absoluto ni como un triunfo indiscutible, sino como una anunciación, y donde ni la revolución ni la libertad se cumplen totalmente, porque ambas constituyen una misma lucha, la lucha permanente por la cuota de felicidad posible a que aspiramos los seres humanos.