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Difícilmente podría negársele a Almudena Grandes, a estas alturas de su carrera literaria, el dominio del oficio y la ambición creativa que la caracterizan. Escritora que lo mismo se ha arriesgado por los caminos de la narrativa erótica que por los vericuetos de la soledad existencial, que ha andado por igual el relato de tintes psicológicos que la novela histórica, en Grandes, nacida en España en 1960, se patentiza a las claras un proceso de introspección en la historia reciente de su país, lo que le ha permitido entablar un diálogo con el pasado español desde su hoy de mujer española actuante que ha observado, de manera crítica, cómo presente y pasado se imbrican y tensan la interacción social en la península ibérica de nuestros días.

Inquieta y curiosa como sus mejores personajes, Almudena Grandes ha evolucionado hacia una narrativa de largo aliento que la faculta para andar y desandar los caminos de la macro historia y de la microhistoria de la España del siglo XX, con una elegancia y una familiaridad poco comunes a las novelas de inspiración histórica que se escriben en la actualidad, por lo general inclinadas a dividir la relación entre la acción de los personajes y las parrafadas de contexto histórico, por lo que ni el relato ni la historia logran comunicarse debidamente, mucho menos hacer complicidad.

El lector de Julio Verne (Tusquets Editores. México, 2011. 417 pp.) es la segunda entrega de la serie intitulada Episodios de una guerra interminable, que se ha de componer, según el proyecto literario de la novelista, de seis partes. En dicha serie, de obvia inspiración galdosiana, Grandes se ha propuesto intimar con la Guerra civil española y el franquismo, dos hechos históricos cuya estructura monolítica alternativamente se opone y se integra a la historia de la España contemporánea.

Si la Falange y Francisco Franco fueron el doble destructor y voraz de la República y los comunistas españoles, el rey Juan Carlos, ungido por el viejo dictador, es el doble de la incipiente democracia emergida de los Pactos de la Moncloa, así como la Corte de Justicia se erige en el doble del juez Baltasar Garzón y su afán de ajustar cuentas con la dictadura franquista, y así como Mariano Rajoy y sus draconianas medidas de austeridad aplicadas sólo a las clases no pudientes, se alza y con notoria arrogancia como el doble de los indignados que en 2011 tomaron la madrileña plaza del Sol y que han encontrado eco en otras voces españolas, con sus protestas contra la desigualdad socioeconómica y jurídica que divide a la población, como en los mejores años borbónicos, entre los nobles y los del común.

Sin embargo, aun con los dobles y las némesis en plena acción, los españoles del común, en nada distintos a los millones que pertenecemos al común hispanoamericano, persisten en este presente como lo hicieron sus abuelos y bisabuelos durante la posguerra civil, derrotados, acosados y humillados, pero indoblegables, firmes en sus convicciones de una España equitativa e incluyente.

Episodios de una guerra interminable toma su base histórica en una serie de hechos que ocurrieron durante la España franquista, episodios de rebelión y renovación tanto en las filas de las células políticas y guerrilleras fieles a la causa republicana, cuanto en la sociedad española en general, hechos que se verificaron a pesar de e incluso debido al desprecio de la dictadura y de los historiadores y analistas históricos afines al régimen del Caudillo.

Quizá por ello el ritmo narrativo y el tono discursivo de El lector de Julio Verne, así como el de su antecesora, Inés y la alegría, tiene mucho de intimista, o mejor dicho de familiar, porque familiar es el trato que da Grandes a las motivaciones, las contradicciones, las oposiciones, los arrebatos y los razonamientos que mantienen en la acción o empujan a ésta a los personajes.

En efecto, si en Inés y la alegría asistimos al juego de seducciones y ambiciones que confrontan a las fuerzas de la resistencia española sobrevivientes en el exilio francés y el soviético, en El lector de Julio Verne asistimos a la presurosa iniciación de un niño en los contrasentidos de la vida adulta, pero sobre todo, de la vida en la farsa, porque el pequeño protagonista de la novela es el hijo de un soldado raso de la guardia civil, cuya única ambición paterna era que su hijo creciera lo suficiente en lo físico como para asegurarse un lugar en la guardia, llegado el momento.

Sin embargo Antonino, el adulto que relata su infancia de Nino, ha sabido vencer el vilipendio y la opresión de la farsa a través de la burla, una burla fértil y libertaria nacida de la fantasía, que exhibe con sus chanzas la falsa armonía de la religiosidad y la prosperidad en que se basa la farsa de vida social que ha impuesto la dictadura.

Confesa galdosiana, Grandes tiene bien definidos los desacuerdos y los paralelismos entre la actual novela histórica y la que escribía don Benito Pérez Galdós en el siglo XIX, teniendo muchas veces casi a la vista los hechos históricos, convertidos por su energía narrativa y su nervio poético en ficciones más vivas que la realidad misma.

De Galdós toma el ejemplo del manejo de tipos populares, con un gran conocimiento del habla coloquial, como se revela en el despliegue de modismos, de juegos de connotaciones y de apodos que enriquecen el discurso en Inés y la alegría y aún más en El lector de Julio Verne. Sin embargo, así como procura nutrirse del lenguaje cotidiano, Grandes procura también evitar uno de los notorios defectos de la prosa galdosiana, quiero decir el tratamiento maniqueo en que incurría a veces al trazar a sus personajes, lo que es palpable en los Episodios nacionales debido a la enormidad y premura con que se escribieron, en oposición a novelas más maduradas en cuanto a su estructura y discurso, como Doña Perfecta o Tristana, obras en las que los manejos de los recursos literarios y de las virtudes narrativas del autor están mejor tasados.

Claro es, desde nuestro presente, aun los defectos narrativos de Galdós forman parte de la fuerza literaria de su obra, que se sobrepone a sus limitaciones y las supera gracias a la claridad del objetivo central de los Episodios nacionales, que no es otro sino el inmenso retablo de la evolución histórico social de España a lo largo de más de un siglo, en el que se aprecia la evolución intelectual y emocional del propio autor.

Abiertamente, Episodios de una guerra interminable aspira a recuperar la sangre y el alma de la vida cotidiana de la España aún revuelta en plena dictadura franquista, me explico, la sangre y el alma no de los vencedores y vencidos de las cúpulas, los altos ideólogos y dirigentes, sino los de la vida diaria, los de a pie, que tenían que compartir, les gustase o no, las mismas calles y los mismos barrios y pueblos.

De esta cotidianidad impuesta, angustiante y fatigosa es que obtiene Almudena Grandes la fuerza discursiva, a ratos lírica y exaltada, a ratos contenida y perspicaz, de los mejores pasajes de El lector de Julio Verne. En efecto, difícil superar la primera página de dicha novela, en la que el protagonista pinta sin titubeos las contradicciones de su ambigua vida: hijo de un soldado raso de la Guardia Civil, es también un marginado, no menos que la gente que lo ve con desconfianza o que los hostiles parientes que los reciben, a él, a sus hermanas, a su madre, en el insospechado pueblo costero en el que habita la familia materna.

Dichas contradicciones se resumen en la oración inicial de la novela: “La gente dice que en Andalucía siempre hace buen tiempo, pero en mi pueblo, en invierno, nos moríamos de frío.” De ahí en adelante, El lector de Julio Verne se despliega como el diálogo de Antonino el adulto con la aventura vital de Antonino el niño, el hombre adulto encontrando al fin su fortaleza de espíritu y la raíz de los tinos y equívocos de sus decisiones en aquella infancia que no resultó perdida sino vivida, sentida, habitada, degustada hasta la última gota sin apuramientos pero sí con la premura de quien se sabe vivo y listo para seguir viviendo.

Nino, el infante que ha leído a los diez u once años las obras completas de Julio Verne, cree en el mítico autor francés en la medida que cree en los poderes miríficos de la fantasía literaria, fantasía en que hay plena libertad de acción, de asociación, de movimiento, pero sobre todo un mundo fantástico que se opone con su libertad y su amor a la vida al mundo tapiado e inmóvil de la dictadura falangista, mundo de farsa en que la vida no se siente ni se experimenta, sino que se simula y se empantana.

Sin demeritar los valores narrativos de Inés y la alegría, Grandes ha recreado, en esta segunda entrega de sus Episodios, con singular fortuna, un momento íntimo, reservado, de la historia española, a través tanto de una prosa que, salvo ciertos pasajes en que se auto complace en el lirismo o en el intelectualismo, no decae en su ritmo brioso y regocijado, como de la recuperación de un tejido social imbricado y ambivalente, hecho de personajes sensibles y tridimensionales. Una obra mayor de una escritora de la que se pueden esperar todavía obras mayores.