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Pobre Franz, imaginemos su martirio: el sastre llamado por su padre entrando a casa con tijeras y cinta métrica en el bolsillo, verdadero problema existencial de Kafka, que relata esas sesiones de cortes y medidas como verdaderas humillaciones. Es muy posible que la imagen del Odradek, todo armado de hilos retorcidos, fuera inspirada por este universo de cruentas agujas y vaciados carretes. Existen fotos de Kafka donde se ve embutido, incómodo en trajes que él detestaba, y es así que Walter Benjamin lo describe en una de las primeras fotografías conocidas del autor de La muralla china: “Hay un cuadro de infancia de Kafka y rara vez «la pobre corta infancia» exhibirá una imagen más conmovedora. Tiene su origen en uno de esos talleres del siglo XIX que, con sus colgaduras, cortinajes y palmeras, sus gobelinos y caballetes, hacen pensar en algo intermedio entre una sala real y una cámara de torturas. Con su estrecho y a la vez humillante traje infantil cubierto de artículos de pasamanería, se sitúa el chico de unos seis años en medio de una especie de paisaje constituido por un jardín invernal. Palmas absortas se insinúan en el fondo. Como si fuera posible, para hacer aún más tórridos y pegajosos a esos trópicos almohadonados, volcado hacia su izquierda, el modelo porta un desmesurado sombrero a la usa el paisaje predeterminado, y a la escucha, una gran oreja”.

Fotomontaje del ridículo más grande, y no es para menos que, tanta falta de Gracia, diera lugar al sentimiento de culpa que siempre lo acompañara, las palabras que cierran el Proceso podrían ilustrar este desamparo: “Era como si la vergüenza tuviera que sobrevivirle”. Ah el padre de Kafka... y el miedo al matrimonio de este último, producto de la agobiante imagen paterna, que lo aplastaba cuando le gritaba in peto cotidianamente: “yo cargaba desde niño sacos de patatas descalzo en la nieve”... “todo el trabajo que me costó instalarme en Praga”... “mantener una familia significa no descansar un sólo momento”, cuenta en la famosa Carta al padre. Ni a sus amigos quería el altanero comerciante Herman Kafka, “todos esos piojosos que te rodean”, vociferaba acerca de los judíos que su novelista de hijo conociera y que venían cargando toda la pobreza de Europa oriental, reconociendo en ellos el judaísmo tradicional muy diferente al judaísmo de Europa occidental, gastado ya en sus ritos y sin lengua propia, mientras que en esas comunidades de judíos empobrecidos, que atravesaban Praga por ese entonces, originarias de las mismas regiones de robustos robledales donde nacieran también Bruno Schulz y Paul Celan, se conservaban intactas viejísimas tradiciones, por eso su defensa de la lengua Yiddish, único ensayo literario de Kafka, titulado Sobre las Pequeñas literaturas de la periferia...una defensa de la lengua Yiddish, que Deleuze y Guattari han llevado a una teoría de la literatura de grandes implicaciones lingüísticas y políticas.

Pero pobre Franz, la noche que leyó este ensayo su padre no estuvo presente, como lo dejara anotado en su Diario: “papá no vino a escuchar la lectura de mi ensayo”. Imaginemos su angustia: la ausencia del padre esa noche, misma soledad que sintiera cuando le llevó a su cuarto la recién editada Metamorfosis, y con secas palabras el padre respondió: “déjalo ahí sobre la mesa de noche”, sin volverlo a ver, sin decir nada más… mientras afuera, seguramente, la noche de Praga con su vuelo melancólico de lechuza sobre los campanarios embrujados, le traía recuerdos de tijeras cortando telas en yardas infinitas, que el agrimensor de sueños cosió después con hilos talmúdicos y nudos cabalísticos a través de las desnudas leguas que lo separaban del Castillo.

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