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La diferencia entre video y narrativa no radica solo en que uno es imagen y sonido y el otro texto, sino en que el primero corre el “riesgo” de restringir la imaginación del lector y el segundo de expandirla. Se dice que el cine supera a la narrativa, o podríamos especificar que un cortometraje de ficción puede rebasar a un cuento de ficción, no precisamente porque tendrá con facilidad más espectadores actuales que lectores ávidos (lo reconozco sin lamentarlo), sino porque “una imagen dice mas que mil palabras”, siempre y cuando sean apropiadas y creativamente mostradas; virtud que reconocemos en el cortometraje “Laberinto”, de “Gota Film”, presentado el 11/9/2012 en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica bajo la dirección de Rossana Lacayo y guión de José Luis Herguedas.

Las cosas, una vez que se escriben y/o filman, existen, son verídicas. Corre en formato blanco y negro las sombras de un sueño que sigue nuestros pasos; al despertar pasa a una etapa distinta y sin embargo similar a lo soñado. Muestra en casi ocho minutos variados aspectos urbanos: sexo, machismo, diversidad sexual, tráfico, contaminación publicitaria, aridez, cálculo, engaño, soledad, ansiedad, recuerdos, amenaza, armas, víctimas, violencia, sangre…

Hay surrealismo en la fantasía onírica, la deliberada confusión de tiempos y contextos evidencia los desordenes sociales y personales en cinco momentos cinematográficos. Revela el dilema sin límites en lo cotidiano que repentinamente asusta, ante lo público y lo privado, dejando el final divagando en la mente del espectador...

“Lo posible y lo imposible, se habían dado la mano”, según lo escrito por Carlos Fuentes en su novela “Cumpleaños”. Lo onírico y lo real se juntan en la brevedad trastocando las previsiones del auditorio que se sobresalta ante lo inesperado de las imágenes grises que transcurren.

Hay una propuesta fílmica en la no muy amplia e intermitente proyección cinematográfica nicaragüense que merece la oportunidad de expandirse y conocerse, como pasó, desde una vista distinta, con el largometraje “La Yuma”, de Florence Jaugey (2009).

El film se desarrolla en tres escenarios a vincular e interpretar: el primero, la carretera, ruta que une un lugar y otro; el segundo, un predio baldío; el tercero, una habitación con una cama y otras cosas, distinta compañía y soledad. Tiene cinco momentos: i) un hombre (“Germán”) da “raid” (poco común) en la carretera a una guapa joven (“Claudia”) quien dice estudiar Biología y se dirige a León; el conductor se insinúa y la muchacha accede, se desvían de la ruta hacia un predio desolado en donde un encapuchado (“Ramiro”), con la complicidad de la joven, lo asalta con cuchillo. ii) Despierta de un sueño al lado de otro hombre en su cama. iii) Otra vez ofrece “raid” a la misma “estudiante”, pero con el revólver que guarda, mata al encapuchado y a su cómplice. iv) Vuelve a despertar ansioso, ahora junto a una mujer, la misma del incidente soñado. v) Al abrir los ojos enciende la luz, observa en su soledad la foto de la mesa de noche.

El video concluye, pero continúa en nosotros… Podemos verlo ahora en el sentido inverso. Aquí el tiempo no es lineal sino circular, como lo entendían los mayas, los antiguos griegos y muchas culturas orientales.

En los momentos que despierta del sueño ansioso vive un continuo que se debate entre lo real e imaginario, el consciente y el subconsciente. Dice: “una muchacha y un encapuchado me estaban asaltando”; le responden, una y otra vez: “volvéte a dormir, era solo un sueño…” Descartes hubiera dicho: “Dudemos de los sentidos”, aunque Locke, empirista, afirmara que “los sentidos nos ponen en contacto con el mundo material”; ambas cosas son ciertas.

Para Hume, “el conocimiento depende de la experiencia de los sentidos”. En el film, la idea y la sensación que queda, la percepción, que es un acto mental y emotivo, dependerá indudablemente de nosotros mismos. “La vida es sueño, y los sueños, sueños son” escribió Pedro Calderón de la Barca.

“Claudia”, interpretada por Tamara Montenegro, de palabras suaves y rostro dulce e inocente, actúa por primera vez; el encapuchado, Emanuel Giraldo, pequeño y preciso; “Germán”, calculador y ansioso, el conductor despertando confuso es José Wheelock.

Como lector persistente y escritor aficionado a las diversas expresiones artísticas, sin ser especialista de cine me atrevo a afirmar: en el cortometraje se encierra un cuento perfecto que a pesar del punto final queda abierto a la interpretación creativa. La forma que trasciende a la narrativa mediante actuación, tiempo, movimientos, expresiones, luces y sombras, silencios, sonidos e imágenes, ha sido pertinente y bien lograda.