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Al iniciar la lectura de Miraflores es posible que el lector se interrogue ¿por qué Miraflores? o desee ubicar las coordenadas precisas de longitud y latitud para situar el país y la región que sirven de escenarios a los hechos de esta novela. Los textos nos hablan de la ciudad de Miraflores; las haciendas que llevan el nombre de Santa Rosa, San Ildefonso, Santa Francisca, San Luis, y lugares como el cerro del Mal Paso, Piedras Negras; la quinta de Buenavista, la mina El Jabalí, Filadelfia, la Universidad de Costa Rica...; con excepción de los últimos tres lugares, todos los nombres pertenecen a la ficción y no a la geografía ni a la historia. Existe una antigua estación del tren de Managua-León, llamada Miraflores, que estaba entre Managua y Mateare, que nada tiene que ver con la ciudad descrita en la novela.

En la obra no se menciona Nicaragua ni ninguna de sus ciudades; y aunque no es regla, la nacionalidad de la autora nos podría inducir a pensar que esta realidad de su experiencia constituye el marco referencial de los hechos. Algunos elementos consignados en la novela que nos ocupa apoyan esta consideración: el ambiente y paisaje; tradiciones y cultura; el habla e idiosincrasia de los personajes. Así, el ambiente descrito es rural con el avance y comodidades de nuestros días. Miraflores, aunque pertenece al trópico y se ubica en un sector semirrural, no es una novela costumbrista como Cosmapa o como Horizonte quebrado, obra de prosa y verso, sino una novela que aborda los problemas sociales de las clases pudientes y no la problemática de los sectores marginados del campo. Miraflores se enmarca en la línea de la novelística contemporánea que aborda los problemas universales, como el amor y las pasiones que este arrastra; el poder económico y las secuelas que desata: desconfianza, envidia, temor, aislamiento, intrigas, etc.; la muerte y sus efectos de dolor y soledad.

Miraflores es una ciudad pequeña con plaza, iglesia catedralicia, gasolineras, restaurantes, rodeada de fincas y haciendas ganaderas, acondicionadas con modernas tecnologías para la producción, en verano o tiempo de sequía, de maíz, arroz, sorgo, caña de azúcar y pastizales; algunos hacendados son criadores de caballos y yeguas pura sangre, además del rubro de la ganadería y granos básicos, se produce madera y se explotan minas de oro, plata y cobre. En San Ildefonso, existe hipódromo y son famosas las cuadras de caballos pura sangre; Santa Rosa es una hacienda de 2500 hectáreas, fundada en 1880. La entrada está flanqueada por un portón que custodia un vigilante con escopeta recortada; de la entrada a la casa-hacienda el camino está poblado de una alameda de árboles de robles que propician sombra y verdor al paisaje; rosas, begonias, orquídeas y coludos pertenecen al jardín de la casa.

El protagonista de la obra tiene su residencia en Santa Rosa, allí cuenta con todas las comodidades y seguridades: vehículos modernos con instalaciones de radiocomunicación, el personal de seguridad interna está bien entrenado y goza de la confianza del patrón, tiene perros amaestrados, que son como sensores de los movimientos del amo; existen unidades de aire acondicionado en los cuartos y oficina, muebles de caoba, refrigeradora para mantener los alimentos y refrescos para las visitas. El dueño explota algunas minas de oro y otros metales; los caballos más destacados de la hacienda son el Bambeado y el Manchado.

La riqueza y el poder constituyen la manzana de la discordia; un cerco desviado de sus mojones que un hacendado levanta, un caballo carretonero que se mete a la propiedad de otro y preña las yeguas pura sangre del vecino, el ganado que rompe los cercos y daña los siembros de otro hacendado, un historial secular de pleitos y muertes en defensa de las propiedades, una infidelidad conyugal y otros similares constituyen la problemática de los personajes de Miraflores.

Por las festividades del Señor de los Milagros, por la descripción de los apellidos de los personajes (Flores, Casco, Loáisiga, Alduvín, Pinedo, Zapata, Gámez, Abarca, Urrutia…), por la estación de Banderas, donde tomaban el tren cuando estudiantes Francisco Gámez, Eusegio Pinedo López y Crisanto Flores (el médico, el cura y el dueño de Santa Rosa, respectivamente), por el sector de minas, y por el tiempo aproximado, dos horas, que tarda un vehículo en ir de Santa Rosa a la casa de Amanda Ruiz, ubicada en la dirección que sita “del Teatro Municipal 4 cuadras al sur, en una casa pintada de color flamingo, casi al llegar a la esquina, a mano derecha”, considero que esta ciudad es León, porque solo en Nicaragua se dan de esa forma las direcciones y por lo del Teatro Municipal; considero que esta ciudad es León, pero el escenario no es León, podría ser la región comprendida entre Malpaisillo y El Sauce; en el primero de estos lugares existió una estación de Banderas en la vía férrea del tren que viajaba de Achuapa a León; en el otro extremo que era El Sauce, se celebra la fiesta patronal del Señor de Esquipulas el 15 de enero, la cual coincide con la fiesta del Señor de los Milagros que se narra en la novela. Entre Malpaisillo y El Sauce se encuentran las minas de oro, las haciendas ganaderas o productoras de arroz y sorgo. En El Sauce son comunes los apellidos mencionados, el tipo de gente de tez blanca y ojos de color y no son pocos los hacendados que disfrutan de sus caballos pura sangre y toros sementales.

Apoyan la supuesta ubicación del escenario de los hechos en la región mencionada, las tradiciones culturales. Señalo dos de estas: las fiestas patronales que suelen iniciar con una vigilia y en las que tienen lugar las celebraciones religiosas y las populares amenizadas con música, comidas típicas y acompañadas de licor, juegos y otras diversiones; las que se describen en la novela coinciden con las que se celebran en El Sauce; una segunda tradición, muy propia de Occidente, son las apuestas de aparejados, que consiste en la carrera que emprenden dos jinetes en sendos caballos agarrado cada uno del cuello por el brazo del otro; gana quien es capaz de sacar de su cabalgadura a su adversario. En León se realizaban este tipo de competencias en la calle Real, ahora calle Rubén Darío, en ocasión de la festividades de san Pedro y san Pablo, el 29 de junio, y en Miraflores, según la novela, el 14 de enero, víspera del Señor de los Milagros.

En las históricas carreras de aparejados de León brilló la maestría, en ese arte, de Mariano Fiallos Gil y la de Ramón Romero Alonso, conocido desde aquellos años como el Torito y quien fuera más tarde el ilustre rector fundador de la Universidad Americana. En la novela, fue famosa la carrera en la que compitieron el protagonista, Crisanto Flores González, y José Ruiz, abogado in fieri; tres veces corrieron cambiando cada vez de posición y las tres veces terminaron ambos en sus sillas de montar y, por tanto, la competencia se dio por empatada; el vencedor fue definido a través del cara o sol de la moneda nicaragüense lanzada al aire.

Otro elemento que apoya nuestro supuesto es la lengua de los hablantes. Así, es particularmente notorio el uso de términos y significados que identifican al nicaragüense. En un diálogo entre el protagonista y su ahijado Bichillo, este narra el incidente de la poza: “—Otro parapetado detrás de un tronco disparó alocadamente contra Dagoberto. Él lo localizó y disparó dos veces más, yo creo que lo hirió. Usted sabe que Dagoberto era rápido para disparar. Pero, quedó expuesto un momentito y otro hijueputa que estaba atrás, algo largo, y que hasta el momento el cabrón no había hecho ruido ni se había movido, disparó también y salió a toda verga. Dagoberto cayó de un solo. Pegado. Y se le safó la escopeta de las manos. El mismo jodido salido de quién sabe donde disparó otra vez. Yo había aprovechado mientras Dagoberto los tenía a raya, antes de caer, para correr hasta el caballo y tomar mi escopeta…”.

En otro texto, el padre Eusegio, tan humilde, tan sufrido, tan bondadoso, visto como ingenuo por unos y como un santo por otros, a través de un diálogo interior —cuando viaja en su vieja camioneta en una trocha— confesándose con Dios, utilizando las palabras que un ángel podría pronunciar, rezando y dialogando con él, reconociendo sus faltas de pensamiento y de omisión, y mientras va con la mente por encima de las nubes y el pie derecho que le pesa sobre el acelerador, no advierte que la camioneta se va recalentando y desesperado ante lo improvisto exclama: “¡Puta! ¡Mierda! Ahora voy a llegar tarde a celebrar la misa. Solo eso me faltaba”.

Pablo Antonio Cuadra calificó al nicaragüense como malhablado, imaginativo y extrovertido. El uso de las palabras malsonantes, en todas las clases sociales de Nicaragua, se confirma con las citas anteriores, pero lo importante no es comprobar la presencia de lo que en Nicaragua hemos llamado “malas palabras”, sino advertir la expresividad y singularidad de términos que aquí tienen significados especiales, véase: parapetarse, matonear, cabrón, salir a toda verga, caer de un solo y estar pegado, que tiene muchas acepciones. No abunda la novela Miraflores en dichos, pero he aquí el siguiente: “La noticia se regó como fuego en guate seco”. Me llama la atención esta expresión popular, usada para describir la noticia de la fuga de los dos protagonistas.

En relación con la idiosincrasia extrovertida del nicaragüense, anotada por Pablo Antonio Cuadra, el lector encontrará una nota muy característica de aquel pueblo de Miraflores, pues queriendo saber quiénes eran los ejecutores y autores intelectuales del asalto a su nieto, de Crisanto Flores —que ha puesto espías en las cantinas— el narrador dice lo siguiente: “Sabía que vivía en un país de extrovertidos, donde no se guardan secretos. Por eso le extrañaba que nadie le hubiera soplado nada, a pesar de haber ofrecido tantas recompensas…”

Finalmente, otro dato lingüístico que representa la identidad nicaragüense de la novela es el voseo de los personajes; este rasgo de la lengua diferencial es particularmente importante porque el voseo de Nicaragua es el elemento más característico y diferenciador de los hablantes de la región.

(El padre Eusegio Pinedo López reclama al protagonista por su falsa devoción) “¿Devoto vos, Crisanto?, ¿Creyente vos? Ponete la mano en la conciencia que yo ya te conozco bien”.

(En otro relato, Crisanto interroga a su ahijado con las palabras siguientes) “Vení para acá, Bichillo, quiero que me contés paso a paso lo de la emboscada. ¿Qué pasó? ¿Cómo fue todo?”

(Después de subir a la Ranger a su nieto herido, Crisanto Flores le ordena a Bichillo) “Traelo, amarralo detrás del Manchado y te llevás los dos a Santa Rosa. Vos conocés bien por aquí. No te vayás por el camino principal, andate en medio de la montaña. Cuando pasés por lo más montoso desensillá ese caballo, lo soltás, le das un riendazo y te llevás la albarda”.

Un buen lector identificará fácilmente que los hablantes son nicaragüenses.

En la novela Miraflores, el narrador está fuera de la acción y habla en tercera persona, otras veces se identifica con alguno de los personajes y, por participar de la acción, habla en primera persona. En la obra se narran, ya lo hemos sugerido, los problemas universales del hombre vistos bajo la óptica de una autora nicaragüense en personajes cuyo lenguaje, idiosincrasia y cultura son los de este país.

El tiempo no es lineal, así como en una película o en un noticiero donde primero adelantan los hechos y después se regresa para presentar los detalles o comentarlos, la autora procura atrapar la atención de los lectores despertando su curiosidad desde el clímax de los diferentes episodios que contiene la novela. En la narración la escritora introduce diferentes tipos de textos, algunos de tipo legal como el testamento con que inicia la novela, testimonios o escrituras, denuncias, alegatos jurídicos; otros textos son cartas, diagnósticos médicos, fragmentos de canciones, oraciones y soliloquios con el Señor. El léxico, según los casos, se vuelve especializado en materia jurídica, en el campo de la medicina, en asuntos religiosos, en la práctica de la galantería y los oficios de aquel personaje de Zorrilla, cuyo apellido es Tenorio.

Los personajes pertenecen en su mayoría a la clase adinerada de Miraflores y personifican valores y vicios del ser humano de todos los tiempos. Así, Crisanto Flores González, el protagonista de la obra, descrito repetidas veces como un felino, como un tigre, como un hombre fuerte adicto a los peligros, como un hombre machista, infiel en el amor y traidor de la hospitalidad, no es un hombre rústico, es un profesional del derecho; mide 1.90 m, de contextura recia y fornida, cuidadoso en el vestir, usa guayabera crema de lino, lleva botas bien lustradas de montar, del mejor cuero, con polainas de bronce, ama y da la vida por los pocos miembros de su familia, ambiciona el poder y los bienes de la tierra, cuida extremadamente su seguridad porque sabe que es blanco de envidias y deseos de venganza de otros productores.

Eloísa Loáisiga Alduvín, mujer bella y seductora, educada en refinados colegios nacionales y extranjeros, víctima de su propio sex-appeal y capacidad de seducir a los hombres, es obligada a casarse encañonada por una escopeta calibre 12 recortada con la que la amenaza la propia tía Angélica Alduvín. Ella tiene voz de solista para el canto religioso, su confesor pone las manos al fuego por ella.

El padre Eusegio Pinedo López, quien después del bachillerato decide hacerse cura para huir de la jurisdicción de Miraflores donde las familias pelean y se matan por la posesión y explotación de las minas y las tierras; después de sus estudios y ordenación en Roma, regresa al lugar de sus familiares, en principio por un período muy corto, pero al final lo dejan toda una vida. Para él es incómodo tener entre sus feligreses a su antigua novia Magdalena Zapata y escuchar a su padre que lo detesta por haberse hecho cura.

Virginia Zapata, la novia dejada con el vestido comprado y con las invitaciones regadas para la boda; la muchacha que sabía de ganado, caballos, tractores y gallos de pelea; era de pelo castaño, de caderas amplias y abultadas, de senos pesados como dos ásperos mameyes o dos toronjas, era alta, un tanto musculosa, con carácter fuerte, luchó toda una vida por tener al hombre que consideró que le pertenecía.

Amanda Ruiz, psicóloga, hija de Antonio Ruiz y sobrina de José Ruiz, es una dama calculadora y fría, que se presenta en Santa Rosa para obtener ayuda del dueño, pero solo despierta en este el enojo y el desprecio.

Dagoberto Flores Loáisiga, nieto y no hijo del protagonista, joven mujeriego, simpático y valiente, mata a tres de los personajes en defensa propia y detrás de su tragedia se tejen venganzas, intrigas, temores, conspiraciones y remordimientos de conciencia.

En la novela Miraflores la disposición de lo narrado y descrito es admirable. Los diferentes relatos aparecen coordinados perfectamente como las innumerables y multiformes piezas de esos relojes polifacéticos que se colocaban en las torres de los antiguos edificios o iglesias para ser vistos desde lejos y desde los cuatro puntos cardinales. Dentro de esta admirable articulación y como piezas internas de esa máquina estupenda que contiene ruedas dentadas, de variados tamaños —que giran en uno y otro sentido— la autora ha distribuido el relato de la ficción que pone en movimiento a través de personajes portadores de los sentimientos de amor y odio: alegría, temor, dolor, soledad; ellos son actores de las intrigas, de crimines, traiciones…

En la novela, el fuego es un símbolo importante, en sentido metafórico representa el amor avivado por las miradas, la empatía y roce de los cuerpos; físicamente el fuego es símbolo de odio y destrucción, lo avivan el viento, la vegetación seca, los calores del verano. Amor y odio son caras de la misma moneda. Esta advertencia se repite una y otra vez, así como se recuerda los efectos del fuego como fuente de unión y como instrumento de destrucción que avanza de monte en monte. Del lado del amor, las escenas de erotismo se sugieren y se describen repetidamente; los actos de odio culminan con el insomnio, la frustración, el reproche de la propia conciencia.

El erotismo está presente en toda la novela y no solo en el capítulo 50, que podríamos llamar el capítulo de la seducción; así el erotismo es manifiesto en los textos que nos dicen que los garañones son capaces de descubrir el celo de una yegua a kilómetros de distancia o cuando nos dicen que aquellos perros amaestrados, que uno parecía clon del otro y que eran como los sensores del movimiento del amo, perdían todas sus cualidades cuando el instinto de la especie les hacía percibir, a gran distancia, el celo de una hembra; ese erotismo se despierta también ante la mirada de cuerpos guapos, fuertes y masculinos, en las muchachas jóvenes y solteras y en las no muy jóvenes y no solteras.

Miraflores es una novela representativa de la narrativa femenina latinoamericana y digna de la fundadora del arte de contar de la mujer en Nicaragua. El lenguaje poético, la fuerza psicológica registrada en la personalidad y actuar de los personaje y la estupenda erudición sobre diversas materias hacen de esta novela una pieza única y de gran interés para los lectores. ¡Felicitaciones a su autora!