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Tener la oportunidad de repensar y replantear un evento como lo es la Octava Bienal Nicaragüense de Artes Visuales, es una responsabilidad que hemos compartido y acompañado el comité curatorial designado para esta ocasión. Apoyados por supuesto en el andamiaje y la confianza sus coordinadores y organizadores.

Al tener el año pasado el primer contacto con los artistas participantes, no solamente desde una fría revisión de carpetas en una pantalla, sino más bien, de la mano de pequeñas conversaciones y visitas a talleres, se fue haciendo evidente una necesidad, expresada desde los propios artistas, en tener un mayor contacto con otras visiones sobre el arte. Se percibió de una menara muy clara, el interés por diversificar las oportunidades de formación y en tener espacios de conversación sobre las prácticas que nos atañen.

Fue en este punto precisamente, donde surge una primera interrogante para este comité. Si bien es cierto en Nicaragua la Bienal es un evento muy esperado, y que crea gran expectativa en un público interesado en el arte de la región, pero ¿sería posible entonces transformar la Bienal en un proyecto que pueda suplir de una mayor manera las inquietudes locales? Es aquí justamente donde el reto comienza. El intentar proponer cambios a un programa consolidado es una acción arriesgada. Sabíamos que era posible generar diferencias, ya que es muy probable encontrarse con resistencias hacia el cambio, pero al mismo tiempo, la existencia de una buena recepción a este, por pequeña que sea, abre todo un camino de posibilidades.

Tomar la decisión pensar la Bienal como un espacio para el diálogo y no solamente una selección de obras, es, como menciona Emiliano en su artículo de la semana anterior, una anticipación. Es un paso hacia la construcción de un nuevo proyecto que se está gestando y que poco a poco podría transformarse en una plataforma más orgánica e inclusiva. Una plataforma en la que los diferentes actores trabajen de una manera conjunta con miras a objetivos compartidos.

El camino entonces, se dirigía hacia suplir a partir del diseño de talleres y la presencia de invitados externos, algunas de las principales inquietudes que fueron detectadas. Es así como sesiones de Historia del Arte, clínica de carpetas, conversatorios sobre pensamiento crítico, charlas sobre prácticas curatoriales entre otros, los talleres, pocos aún, intentaron ampliar los espacios de discusión sobre diferentes temáticas en relación a la práctica artística.

El dar un giro direccionado a la formación más que a la exhibición fue probablemente la mayor iniciativa planteada para esta estructura bienal. Asimismo, la apertura a un contacto constante entre los artistas y el equipo curatorial fue, a mi parecer, de las experiencias más enriquecedoras de esta modalidad. El tener acceso a un acercamiento más real con la producción artística nicaragüense, es un aspecto importante para quienes tenemos interés en dar seguimiento al quehacer artístico centroamericano.

Por otro lado, el plantear la muestra no como una exposición de obras solamente, sino como el resultado de intereses de investigación y la visibilización de procesos creativos, es en esta ocasión, el interés primordial en lo que va ser la exhibición al público en la Alianza Francesa.

Más que la búsqueda de conclusiones y piezas terminadas, fue importante la exploración, reflexión y pesquisa de coherencia dentro de la producción. Al mismo tiempo, promover la invitación a compartir en un punto determinado, la experimentación planteada desde intereses particulares.

Sin lugar a duda, es la continuación de estos procesos lo que realmente sería importante perseguir. Ya no una exposición de objetos artísticos, sino más bien, una oportunidad para adentrarse en un conocimiento mayor sobre cuáles son los cuestionamientos que se generan desde la práctica artística en Nicaragua. Y con miras a una Bienal Centroamericana, vale la pena preguntarse también, cuál es la resonancia de estas propuestas a nivel regional y en diálogo con el resto de los países del istmo. Donde está la continuidad y la ruptura con otras visiones planteadas anteriormente o de manera paralela.

Me gustaría considerar la Bienal como un espacio con la capacidad de repensar los procesos artísticos, tanto desde la práctica como desde la teoría. Un espacio para fomentar la articulación de diversos entes laborando, produciendo e investigando sobre intereses comunes. La Bienal como una plataforma para el diálogo y el debate. Pero especialmente, como una oportunidad de construcción continua y como un modelo que se permite y que es capaz de reinventarse a sí misma.

TOME NOTA:

La presentación de los proyectos de la Octava Bienal de Artes Visuales Nicaragüenses se realizará en la Alianza Francesa de Managua a partir del 1o. de noviembre. La inauguración será a las siete de la noche. Entrada libre.

 

María José Chavarría

María José Chavarría, es Curadora Jefe del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) de Costa Rica. Es docente de la Cátedra de Historia del Arte en la Universidad de Costa Rica, en las áreas de Teoría del Arte, Arte Moderno y Contemporáneo.  Forma parte de la Junta Directiva del International Council of Museums (ICOM) de Costa Rica.