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Años más tarde, en 1989, Pablo Antonio Cuadra resumiría sus meditaciones sobre el pasado precolombino con estas palabras: “Grecia nos habla desde la raíz de nuestras palabras. El indio perdió ese puente. Tikal nuestra Atenas maya es nuestra Atenas muda: no nos habla por medio de la lengua o la escritura, sino, como el amor, por silencios. El indio que llevamos dentro lo llevamos entre-dormido. Se necesita un lenguaje onírico, un lenguaje cuyas asociaciones y metáforas se salten lo racional, se salten el puente caído de la lengua y nos comunique con ese mundo aborigen que está todavía vivo”.
Profundiza en estudios teológicos y manifiesta una creciente inquietud social. Entabla amistad con destacados intelectuales mexicanos tales como Ángel Garibay, Alfonso Méndez Plancarte, Jaime Torres Bodet, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Carlos Pellicer y José Vasconcelos.
Conoce también a los poetas españoles León Felipe y Manuel Altolaguirre. En 1946 participa en El Escorial en la fundación del Instituto Cultural Iberoamericano, que luego se transformaría en el Instituto de Cultura Hispánica, cuyo primer presidente en Nicaragua llegó a ser.