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Decía el escritor mexicano Carlos Fuentes, que algunas mujeres son dueñas de un poder doméstico que para ser verdaderamente poder, a veces no debe ostentarse. En Nicaragua, como en la mayoría de países latinoamericanos, ese poder doméstico de las mujeres está más que presente en la tradición cultural del padre ausente, de alguna manera homérico, que seduce, engendra y sale al mundo desentendido absolutamente del ámbito doméstico bajo el pretexto del trabajo, pero en busca de nuevas aventuras seductoras y dejando a su paso nuevas experiencias de abandono sucesivas; dejando también atrás a la mujer-madre-sola, especie de Penélope, que se instituye en la única fuerza doméstica suficientemente capaz de seguir enviando hombres y mujeres al mundo también capaces de sobrevivir, pero especialmente marcados para repetir el mismo círculo vicioso.

Es lo que hizo España con América: el aventurero español sale al mundo a conquistar espacios; descubre América, la preña, la somete y la coloniza; le incuba el primero de nuestros mestizajes y luego vuelve a Europa desentendido de ese nuevo ámbito doméstico que pasa a ser la cultura latinoamericana. Después sus hijos mestizos se ven retratados en su imagen pero sólo hasta cierto punto; el espejo les devuelve una mezcla en la que

se transfigura algo que añoran, pero al mismo tiempo aborrecen. Y desde entonces repiten incesantemente, en sus propios ámbitos y en sus propias vidas, el mismo círculo vicioso.

Eso es lo que me traen siempre a la mente algunas novelas latinoamericanas escritas por mujeres, especialmente aquellas que intentan representar la condición de su género en el contexto de nuestras propias realidades. Una de ellas, la más reciente publicada en Nicaragua, es “El dolor de un secreto”, de Sandra Rivera, una historia de ficción bastante bien hilvanada y estructurada; el drama y la tragedia de una mujer que, pese a su condición social de cierta forma privilegiada, no está exenta de sufrir el impacto que en el comportamiento cotidiano, es decir, en nuestra cultura, imponen los resabios de una herencia patriarcal, en la que el dominio masculino es una norma aun en los estratos sociales donde la instrucción y la cultura (entendida básicamente como acervo o acumulación de conocimientos escolares y académicos) parecen prevalecer.

Sandra Rivera ya había publicado antes una novela, “Crónica de un enigma” (2009), que mostraba una preocupación más marcada por el contenido que por la forma, y en la que ya exhibía cierto dominio de las herramientas básicas para narrar una historia larga de ficción: una novela. Estaba estructurada en forma de crónica, como lo indica el título, pero empleando eficientemente ciertos recursos dialógicos. Novela de iniciación, al margen de su factura su propósito era dejarnos una moral, una reflexión sobre la vida a través de la dramática experiencia de la protagonista; reflexión que indefectiblemente deriva en otra acerca de la muerte.

La protagonista de esa primera novela de Rivera nos sumerge, a través de su adicción y los trágicos avatares de su vida, en un plano dimensional de vida-muerte-sueño-pensamiento, convertido en axioma a través de una experiencia personal seguramente tomada de algún hecho real, pero presentada como obra de ficción, y arraigada en situaciones comunes que posiblemente la autora toma de experiencias cercanas a su propia vida. Es una novela que reflexiona sobre el pasado y el presente de una mujer, y cómo la interacción de ambos tiempos la llevan a enfrentarse a un futuro en el que la muerte es el único destino; por tanto, de acuerdo a la moraleja inferida de la historia, tiene que volver a ellos (al pasado y al presente) de forma reflexiva, para así estar preparada de la mejor forma para lo que viene.

En “El dolor de un secreto” Rivera muestra una mayor habilidad en el uso de las herramientas narrativas y una mayor conciencia de las intangibles reglas de la ficción. En su estructura es evidente un mayor dominio del arte de narrar, especialmente la capacidad de seducción de la voz narrativa principal y el casi sutil tránsito de ésta hacia otras voces que le ayudan a desarrollar la novela, trasladándonos también a los ámbitos y tiempos en que empezó a tejerse la historia.

Se trata de un triángulo amoroso: el médico Alejandro D´Souza y su esposa Sarah, ambos pertenecientes a un estrato social que les ha permitido educarse, convertirse en profesionales y disponer de posesiones y fortuna, tienen un feliz romance que rápidamente se convierte en pesadilla. El machismo y los demonios personales de Alejandro convierten la relación en algo tormentoso, que Sarah tolera en nombre del amor y de una mal entendida fidelidad. Con el tiempo, los celos enfermizos del esposo acaban por convertir su paranoia en inevitable realidad: César, su mejor amigo, termina por enamorarse de su esposa, con la que empieza un secreto romance.

La forma de venganza de Alejandro es de una perversidad pasmosa. Al descubrir la traición evita confrontarlos y más bien se dedica a planear y a ejecutar, en complicidad con el médico Jairo Mendoza, su venganza. Después de una consulta médica Sarah es obligada con engaños a realizarse exámenes clínicos, durante los cuales Mendoza aprovecha para utilizar con ella, deliberadamente, la misma jeringa usada anteriormente con un enfermo de VIH. La ingenua esposa es contagiada sin percatarse, hasta que los síntomas y un impactante y sorpresivo diagnóstico ponen ante sus ojos la inevitable proximidad de la muerte. Al final de la historia el plan de los asesinos es descubierto y Alejandro termina en la cárcel, donde al cabo, arrepentido, se suicida, mientras Sarah se resigna a sufrir su enfermedad hundida en la depresión, de la que intenta despegarse contando su historia a una amiga.

La historia, en términos generales, está narrada por Sofía, la mejor amiga, ama de llaves y administradora de los bienes de Sarah. De forma alternada y precisa, Sofía presta luego su voz a las confesiones de Sarah y a los atormentados recuerdos de Alejandro en la prisión. En los primeros capítulos la voz narrativa dominante es la de Sofía, quien luego pasa a ser la receptora de la historia de Sarah, pero también, en capítulos alternos, de la amarga versión de los hechos reconstruida por Alejandro tras los barrotes de la cárcel.

En cuanto a forma, estamos ante un procedimiento narrativo que, en relación a la primera novela de Rivera, como ya dijimos, denota un mayor dominio en cuanto al arte de la narrativa de ficción, aunque algunas perspectivas no resulten totalmente verosímiles. En cuanto a tema: la voluntad de reflexión y de moral respecto a ciertos asuntos problemáticos inherentes a nuestras sociedades hoy en día, igual que en “Crónica de un enigma”, se hace evidente de nuevo en esta novela.

Aunque la autora nos conduce eficientemente hacia una reflexión acerca de la violencia machista, creo yo que, casi sin planearlo, finalmente su novela nos lleva más bien a una reflexión acerca de la misoginia inherente a la construcción de poderes, tanto en el plano público como en el doméstico de nuestras sociedades. Algo que desde la antigua Grecia se ha venido estableciendo como ordenamiento “normal” de jerarquías: nuestras sociedades son una extensión o ampliación de la organización familiar, en la que el más experimentado o más “sabio” (el patriarca) toma el mando y es la cabeza; por tanto, debe ser obedecido y cualquier renuencia o resistencia llega a constituir una traición.

Lo interesante de las alegorías construidas en “El dolor de un secreto” es que, de una forma casi inexplicable, nos vuelve hacia esa misteriosa y casi hermética reflexión de Carlos Fuentes que mencioné al inicio: la mujer es dueña de un poder doméstico que, precisamente porque no se ostenta, es verdaderamente un poder; un poder que escapa a la autoridad doméstica tradicional del patriarca; un poder que para el macho es necesario, aunque a la larga imposible, dominar o al menos controlar.

En “El dolor de un secreto” Sarah ya no es la Penélope esperanzada en el regreso del héroe, sino otra Penélope resignada ante una realidad trágica y dramática, en la que ya no es el Odiseo ausente quien protagoniza la historia, sino ella misma.