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Cuando tuve el libro de Malú en mis manos y empecé a leerlo supe de inmediato que yo era ese tipo de lector cómplice que haría de sus guiños gremiarios, culturales, sociales, políticos y literarios un tour de force por cualquier intriga que sus letras sugirieran, no importaba si en ello adquiriera un estado paranoico o una suerte de deseo por huir de cualquier amenaza latente.

Pero, ¿por qué yo, que no soy mexicano y muy probablemente jamás habría sido amigo de sus personajes literatos Elena Sotelo, Felipe Correa y Raúl Miranda, tampoco trabajaría en un diario o como la investigadora Inés Carrasco, ni mucho menos me relacionaría con algunos jóvenes como Juan Alatorre, su novia Rosa y la hija de Raúl Miranda (esa generación que fue enviada por sus padres artistas e intelectuales a los colegios de educación no convencional, llamadas activas, con el objetivo de educarlos en el arte y la cultura de manera dirigida), cómo yo que vine a estudiar medicina al DF y terminé dándole una vuelta de tuerca a mi vida al tratar de ser escritor?

Es cierto, en mis pronto cuarenta años de vivir en México he podido abrevar de esta cultura chilanga y apropiármela como quizá lo hizo Malú de manera natural y casi por ósmosis; porque en cierta medida cambian los pequeños escenarios, pero la gran ciudad permanece (da lo mismo ir a La Guadalupana, que a La Coyoacana o al Covadonga para ver a la gente del mundillo literario lucir en la pasarela o seguir diciendo y discutiendo lo mismo que, tal vez, hace mucho tiempo Salvador Novo y Villaurrutia dijeron en algún bar del centro histórico).

De entrada sentí una total identificación con la prosa inteligente y cargada de significados y de dudas (no es, en sentido estricto, una escritora de novela policiaca que comienza su trama pensando en el final) sobre lo que se me iba develando; frases potentes, largas, con incidentales y explicativas que más tarde me recordarían que no debí empezar a leer tan rápido pues, seguro, me perdería algo importante para los siguientes capítulos. Capítulos que verdaderamente son entrada a otros problemas por develar o ahondar (no en balde el “tour de force”), porque Huacuja estructura la mar de bien dada su experiencia como guionista (por ello yo adelantaba a mis amigos que en esta novela ella había hecho en 251 páginas lo que Roberto Bolaño no logró en 1126 con su obra póstuma 2666, ya que ambas tratan varios temas comunes, además del feminicidio en Ciudad Juárez).

¿Por qué hablo de Bolaño y no, por ejemplo, de algún escritor del star system latinoamericano, como Volpi o Sepúlveda; dado que en todos ellos se da la búsqueda de un escritor o personaje, a la manera de un thriller, intelectual o no? Porque los dos últimos autores, según mi forma de ver, hacen exotismo a la inversa; o sea, buscan en Europa lo que los europeos antes buscaban en sus colonias. Y porque hubo en Bolaño un asomo de antisistémico que con el tiempo y la vida placentera de Cataluña se perdió; lo cual no se da con el exilio de la Del Toro en New York, que la pinta de cuerpo entero y que, dada la similitud, me hace pensar en esa teoría que ella maneja en su novela sobre los hechos distantes y que no resultan tan aislados; es decir, esas coincidencias que no son tales si pensamos en un mundo (o un mundo alterno a México, Buenos Aires, Sarajevo, New York) con un “inconsciente colectivo”, que trabaja de la misma manera que el inconsciente individual. Casi una teoría de los vasos comunicantes que, por suerte (?), no llega a “efecto mariposa”.

Es partir de ello que Malú organiza su novela que, desde ahora y con su venia, llamaré “paranoica”. Si usted, lector amigo e hipotético de la Huacuja, quisiera hacer una lectura fría, aséptica, pensaría que está ante personajes afectados de cualquier modo (sobre todo por la incidencia de la política imperial y sus intríngulis en la vida cotidiana) y que van por la vida con un afán catastrofista. Si usted se queda ahí, no hay problema, nadie lo tildará de desabrido, pero su lectura le habrá jugado una mala pasada (por poner un ejemplo de la novela: usted será como la esposa de Raúl Miranda, quien se ha puesto un velo de mediocridad en su relación para no ver que la vida arde en otra cocina y otras piernas).

Pero Malú Huacuja del Toro convoca, en su novela La lágrima, la gota y el artificio, a abrir la caja de Pandora o, dicho con un lugar no tan común ni tan hiperbólico, a levantar la piedra para ver qué alimaña aguarda para atacarnos.

Una levantada que va produciendo efectos –llamémosle- dominó, y que nos descubre que nada hay de inocente en una tonta provinciana de Kentucky que se aburre como guajolote en la metrópolis norteamericana, quien un día trajo en el cuello un dije o colgante que su padre, un militar que entrenó a los genocidas argentinos durante la “Cruzadas Anticomunistas”, le llevó a su pueblo de agricultores, y que ella después tiraría en un basurero, para que más tarde unos inmigrantes ilegales lo “pepenaran” y lo reciclaran para venderlo a una falsa pitonisa, quien laboraba en contubernio con una estética neoyorkina cuyo nombre, ESMA, nos remite al Auswitch argentino, lugar en donde una amante de Raúl Miranda compraría el mentado dije para que se reventara el barzón y siguiera la yunta andando… y a partir de ello las piezas se desgajaran como racimos de bombas o de bacilos o de virus sobre el mexicano común y corriente, tan habituado a repetir esa frase atribuida a Porfirio Díaz: “Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

¿Dije paranoica? Es cierto, a Malú, una mujer muy inteligente (tanto, que ya debe tener el récord de ser la autora más plagiada en América Latina y por ello tuvo que auto exiliarse en los EUA), le ha convenido ver in situ cómo sus “primos del norte” hacen cruzadas a diestra y siniestra en pos del petróleo, o lo que los mueva, siempre llevándose entre las patas a sus vecinos más cercanos, ya sea dentro o fuera del imperio. Por ello no es descabellado pensar que las Muertas de Juárez no están lejos del ataque a la Torres Gemelas (lo cual no toca en esta novela, pero que, entre otras medidas paranoicas, jodió a todos los viajeros que a partir de ello tuvimos que tomar un avión), y tampoco de la guerra bacteriológica que habrá de llevar a su detective Inés Carrasco a contraer una enfermedad rara, ROAP (como lo fue en su tiempo el SIDA), quien realiza su última (?) hazaña salvando a Denise Miranda de los tentáculos que habitan bajo la piedra. Situación que marca la única concesión que nos da esta autora, quien no se toca el corazón a la hora de evidenciar a sus personajes o a la sociedad que le ha tocado en suerte.

Sé que puedo extenderme, dado que ya halé la madeja, pero tengo la suerte de no hacer tesis sino reseñas, y, bueno, invito a que seamos parte de ese inconsciente colectivo y acompañemos el andar de la inteligencia…

 

 

La lágrima, la gota y el artificio

Malú Huacuja del Toro

Plaza y Valdés Editores

México, 2010

251 págs.