•  |
  •  |

El amor conyugal en su doble carácter afectivo y erótico constituye uno de los grandes temas de la literatura universal. Basta con mencionar el Cantar de los Cantares, atribuido a Salomón, para darnos una idea de la importancia y la antigüedad que tiene el elogio del amor nupcial que une al hombre y a la mujer, en la historia de la humanidad. Con la exuberancia de la producción poética en Nicaragua iniciada por Rubén Darío, la cual siguió multiplicándose a lo largo del siglo pasado y continúa haciéndolo en lo que va de este siglo XXI, es de esperarse, pues, que el tema del amor de la pareja o del esposo y la esposa, tenga también un lugar destacado en la poesía nicaragüense.

Don José Coronel Urtecho es el primero que introduce en nuestra literatura la poesía amatoria conyugal. Él es su iniciador por excelencia, y nos ha legado verdaderas joyas sobre el tema. Muestra de ello son sus sonetos a María Kautz, y principalmente, su magnífico y extenso poema “Pequeña biografía de mi mujer”; texto sin precedente literario en el país, y fundacional en lo que se refiere a la tradición del amor matrimonial expresado en la poesía nicaragüense.

Otro autor imprescindible es don José Cuadra Vega, poeta del amor conyugal y la vida doméstica, que se constituyó en el tópico fundamental de su obra. De su libro Poemas para Doña Julia, dedicado a su esposa Julia Robleto, Julio Valle-Castillo ha indicado que “lo válido, el mérito mayor, lo que hace que este libro de poemas sea de los más originales y tiernos de Nicaragua, es la invención lingüística, quizá de la única habla poética conyugal de nuestra literatura”.

Asimismo, Luis Rocha Urtecho ha sido valorado como el cantor excelso del amor sacramental en el matrimonio. No obstante, la poesía de Luis Rocha es del amor actual, poesía doméstica de un poeta erótico, que escribe para la mujer amada y para la casa de la mujer amada. Mercedes, la esposa del poeta, es “en palabras de Sergio Ramírez” “la musa omnipresente de Domus Aurea, ese hermoso libro de poesía amatoria, de iluminada dimensión doméstica: domus domestica, el poeta domesticado en la casa de oro.”

En años más recientes, Carlos Tünnermann Bernheim también se ha reveladocomo poeta del amor conyugal. La destinataria de todos los poemas incluidos en su libro Para construir el amor, es Rosa Carlota, su esposa. De este poemario, Anastasio Lovo escribe lo siguiente: “Tünnermann construye su poesía con pulcritud y transparencia juanramoniana, evitando la adjetivación excesiva, yendo a la sustancia, a la transparencia de imágenes poéticas…” y “le confiere al amor un sentido de trascendencia, humildad y universalidad.”

Vemos entonces que el tema del amor matrimonial tiene ya un linaje, y ocupa un sitial importante en el contexto de la poesía nicaragüense. Podemos decir, también, que lo esencial en los poetas antes mencionados viene a ser el hecho de que sus esposas constituyen el eje central, tanto de sus vidas como de su poesía. Coronel Urtecho lo expresó con exactitud al comparar a su mujer con una fuerza de la naturaleza, un planeta alrededor del cual él giraba como un satélite. Y también dijo: “Es una gran cosa para un hombre tener una mujer que lo sitúe. Es muy importante. Es como tener un país. La mujer es parte misma de la situación de la patria. Es la matria. La materia.”

Ahora aparece un nuevo escritor cuyo nombre habrá que agregar a la insigne nómina de los poetas nicaragüenses que han encontrado en el amor doméstico una fuente inagotable de inspiración: Julio Francisco Báez Cortés, autor del poemario Náufragos en trance, verdadera bitácora o especie de carta de navegación o de mapa que nos sirve de guía para adentramos en las lides y vericuetos del amor conyugal y, por extensión, nos lleva también al ámbito del amor filial y familiar, y de allí, a la sensibilidad social.

Es significativo que, para empezar, Báez Cortés elige una cita de Ovidio que dice que el amor es una especie de milicia, de la cual los débiles han de apartarse porque hay que soportar toda clase de pruebas y las inclemencias del tiempo. Asimismo, el autor invoca las palabras de Darío para advertirnos que el mérito principal de su obra, si alguno tiene, es el de la sinceridad, el de haber desnudado su corazón para mostrar sus más íntimas ideas y sueños. La intención del autor finalmente se completa al expresar abiertamente en el “Epílogo anticipado” que su musa y “Madona eterna” ha sido y sigue siendo María Elsa, su mujer, a la cual le ofrenda su “juego de letras”.

Digo que lo anterior es significativo porque al recorrer el poemario, desde la sección inicial “Cantata a la Intimidad” “pasando por las secciones “Silueta Inmaculada” y “Póker Transnochado”” hasta llegar a la última, “Mandamientos Impíos”, comprobamos cómo Báez Cortés se interna por los caminos del amor, los recorre como un miliciano sin esquivar ninguno, y en las lides que se le van presentando se bate con todas las armas a su alcance; la ironía y el humor incluidos. Así, en las distintas secciones de Náufragos en trance vemos aparecer las varias formas del amor: Como íntima comunión:

“Arde el pórtico sagrado/ pregonero de rocíos/” o “La amada alegre/ es como una hostia:/ curvadita y fina,/ en sacra consagración.” Como Eros, en el deseo carnal: “esa espléndida pasión omnipotente/” que logra “convertir glaciares en fulgor de hogueras/”; y la esposa como el motivo de la pasión amorosa: “¡Acompáñame a escalar tu cima!/ ¡Convídame a horadar tu cielo!”. Como ternura y afecto: “Tu infantil donaire de pajarito huraño/” o “dulce niña”, o también: “Sencilla como flor de limonaria,/ altiva como brasa en arreboles.” Como tormento, en los momentos más oscuros: “Desamores/ y nevadas,/ zorros de la/ misma camada:/”, o “Llegaste tarde,/ nuestro cisne ya cantó.” O también: “Candil de la calle,/ oscuridad de la cama.”

En la sección del poemario titulada “Alma de Familia”, el autor va del amor concentrado en su pareja al amor filial y familiar, y por ende, hacia el amor al prójimo que es también el amor a Dios. En esta sección se incluyen poemas sobre el amor maternal y el amor filial; y también, como señalé antes, poemas que expresan la sensibilidad social del escritor, como “Tamborilera descalza”, o “Diferente Niño Dios”.

Náufragos en trance contiene, además, poemas de variados temas, y entre ellos, unos muy breves e ingeniosos que se emparentan con los “poemínimos” del mexicano Efraín Huerta. He aquí algunos ejemplos tomados de las distintas secciones del libro: “Quien/ no/ llora/ no/ ama.” (“Conditio sine qua non”), o “Diluvio: metástasis/ de una lágrima.” (“Sicarios del corazón”), o los siguientes: “Ojos que no ven…/ todito se siente.” (“Malicia de alcoba”); “Del pico al pecho/ hay poco trecho.” (“Fogosidades”); “Si a buen árbol/ se arriman,/ nadie los ve.”, o “No hay peor cuña/ que otra cuña.” (“Sol risueño”); y este otro: “Narcisismo:/ estado de coma/ en mansión de espejos.” (“Irredentos”).

De igual manera que al inicio de Náufragos en trance Báez Cortés recurre a Ovidio, tampoco escoge en vano el epígrafe de Darío que incluye en el libro, y lo honra plenamente cuando nos revela que sus poemas son “una lluvia de sentimientos” que le nacen “al salir el sol”.

Son poemas, pues, de un hombre sincero que le canta sus versos del alma a su María Elsa, su musa única, la mujer amada y fuente de su amor, pero de un amor que trasciende desde la intimidad de la pareja a la humanidad entera, y alcanza a Dios. En el poema “Cosecha de cielo” el autor nos confirma lo que es la verdadera esencia del amor: “Lexicografía divina:/ “Recuerden los despistados/ que amar al prójimo/es unisex.”

 

Náufragos en trance

Náufragos en trance es poesía amatoria en cuyos versos concurren el ingenio del pensamiento, la precisión de la palabra y la sensibilidad lírica del poeta que logra evadir la cotidianidad inexpresiva, como la crisálida que supera la quiescencia para asomarse al mundo y mirarlo nuevo, en movimiento y a colores. La expresividad de Kiko Báez no es novedosa para sus amigos, pero ahora la encontramos en sus versos que perennizan al amor de sus amores: ¡María Elsa Argüello!

 

Francisco Arellano Oviedo