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Las “pikineras” son parte del Caribe nicaragüense y hondureño; ellas y el mar con las comunidades que les acogen, son olvidados y desconocidos, dos términos del lenguaje que no son lo mismo. Olvidamos lo que alguna vez conocimos, pero aquello que desconocemos simplemente lo ignoramos. Esta es la realidad vigente y agravada, acumulada, no resuelta, se olvida lo que valoramos como menos importante. Es fundamental conocer, primer acto para actuar, recordar después.

El punto de partida es comprender una realidad que nos es distinta en un Caribe tropical y profundo, que no es solo una referencia geográfica y turística, sino principalmente pluricultural, de costumbres, creencias e historias de grupos y personas, seres humanos que se debaten entre aspiraciones y tragedias, que viven, trabajan, cantan, danzan y sueñan, entre la exclusión y la rebeldía.

El documental de Rossana Lacayo titulado “Pikineras” (61 m.; septiembre 2012), sin lugar a dudas para evitar que nos atrape el olvido, muestra con sorprendente y natural realismo, desde los protagonistas cotidianos, en el paisaje del mar impetuoso y del cielo turbulento que quema la piel y ahoga el grito, entre el verdor del fondo donde las casas de tambo que chapotean en el agua y en el fango; un escenario insuficientemente conocido de comunidades, hombres y mujeres, principalmente entre los Cayos Misquitos y el litoral, sin fronteras, en donde la gente hace del mar su casa.

Las imágenes y voces que claman quedan rodando, quizás una vez más se las trague la historia. Están conjugadas diversas exclusiones por ser mujer, costeña, morena y pobre, exclusiones internas y externas, viejas y nuevas.

Nicaragua tiene la legislación y la organización político administrativa más avanzada de Centroamérica en cuanto a regiones autónomas y en el reconocimiento a sus pueblos originarios –que seguimos llamando indígenas–.

¿Cuál es la omisión que precisamente denota nuestro desconocimiento u olvido en la Carta Magna?: No se menciona la realidad sociocultural, histórica y geográfica que se llama Caribe y no Atlántico, que aunque es parte del inmenso océano, por su configuración tiene una denominación específica hasta unas de miles de millas al este, después de las Antillas. Cuando en la división político administrativa del país se nombra la Región Autónoma del Atlántico Norte y la Región Autónoma del Atlántico Sur, suena al oído como si fuera pariente de alguna organización europea del “Atlántico Norte” que no tiene nada que ver con lo que nos referimos –desacertado como cuando le llamamos departamento de Zelaya, enfoque invasor y unificador, durante casi todo el siglo XX–.

Este es un enunciado a enmendar aunque sabemos que no es suficiente la norma, los nombres no cambian la naturaleza de las cosas pero son importantes para colocarlos en su justa dimensión, a fin de cuentas el lenguaje es acción y transforma. El este de Nicaragua es Caribe; los habitantes de los territorios costeros, de las islas mayores y menores, tienen características socioculturales e históricas similares y a la vez distintas. La comprensión de sus problemas no se puede hacer desde una visión “etnocéntrica” –error común e insuficientemente superado– sino efectivamente multicultural e incluyente, poniéndose en el lugar del otro, en donde su manera de hablar, pensar, actuar y vivir, no es correcta o incorrecta, solamente distinta y merece respeto: reconocer la dignidad de las personas en su origen y evolución, en su entorno natural y cultural.

Hay, según el documental más de mil trescientas mujeres que trabajan en el litoral, compran las langostas que el buzo saca del mar sumergiéndose a “puro pulmón” y venden el producto a las grandes empresas acopiadoras. A ellas les llaman, según la palabra derivada del misquito, “pikineras”, porque les dan “pikín” a los buzos, “pikensas” (dinero adelantado), les venden frescos, gaseosas y comida, y ellos les dan langostas.

Cuando se cierra la pesca por veda, las mujeres compran y venden perfumes, ropa, hacen pan, sobreviven. Según Avelino Cox, al principio los buzos no querían que las mujeres llegaran porque con la menstruación, según la creencia, contaminan el agua, alejan la pesca. La vida está llena de tradiciones y mitos que son parte de las comunidades, por costumbre o ignorancia, por la manera de comprender su existencia y entorno, contra ellas y arrastradas con ellas, las exclusiones reman. Con el huracán Félix (4/9/2007) fueron arrasados los cayos y murieron más de ochenta mujeres porque no tenían cómo salir, quedaron los huérfanos.

Desde la barra de Sandy Bay Sirpi a Bilwi, entre las comunidades de Ninayari, Lidaukra, al sur y al norte, pasando el río Coco, hasta las riveras del Negro, en Honduras… las imágenes revelan la espectacular belleza de la costa Caribe, paisaje, naturaleza, lengua y tradición en el paraíso inhóspito donde la fuerza del mar y el empuje del viento que mueve el “duritara” (velero), dando vida y trabajo, son capaces de alzarse imponentes.

El documental recrea la realidad, y al crearla contribuye a transformarla, diría Nietzsche. Como representación visual y creativa no ficticia, representa una actualidad que se desenvuelve en medio del mar y la costa; se ajusta a los tres criterios que el profesor inglés, especialista en comunicación, John Corner, indica: factor tecnológico, dimensión sociológica y preocupación estética. Sus dimensiones parten de grabaciones en acción, gente hablando entre ellos y contando frente a la cámara que incursiona al interior de los grupos de mujeres y pescadores, entre lanchas, cantos y música, con el sonido natural de las imágenes capturadas, viaje y movimiento, entre la brevedad del silencio para interiorizar...

La realidad se filtra y se dinamiza en los colores y la simplicidad, entre el ritmo que mecen las olas, la pobreza y la persistencia que permite la subsistencia de mujeres y comunidades en su faena rutinaria, desde la distancia, sin el apoyo suficiente ni reconocimiento, son captadas y traídas hasta nosotros en la complicidad cómoda de espectadores, por la cámara de Frank Pineda que deja al final una canción con el coro de la Iglesia Morava de Bilwi. Concluye el video; gracias a ello, queda registrada la esperanza: es posible superar el olvido y no justificar el desconocimiento.

 

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