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Me motiva escribir este artículo el hecho de que en diferentes ocasiones ha sido motivo de controversia entre mi esposa y yo, así como entre grupos de amigos y matrimonios; hay quienes defienden (por conveniencia, no por conocimiento) su existencia médica y otros que la condenan (como se condena lo desconocido o lo pecaminoso, sin conocimiento científico).

Es una de las afecciones más negadas de nuestra cultura, debido al hecho de la promoción de los medios masivos de comunicación y entretenimiento de este tipo de conductas, sin importar cuánto daño produzcan a quien la sufre, a la familia y la sociedad.

No es fácil discernir entre una conducta sexual normal, con la compulsión y la satisfacción adictiva; debido a que el apetito sexual no tiene “una norma”, y una persona puede tener una libido sexual alta sin ser adicto. Lo que sí hay es la presencia de conductas fuera de lo normal y que parecen inofensivas, tales como coleccionar revistas porno, coleccionar fotos eróticas o porno, búsqueda constante en internet de pornografía, disfrutar de películas porno y pensamientos constantes de querer tener sexo.

En un inicio este tipo de conducta fue estigmatizada como un vicio hasta haber sido conceptualizada como un trastorno psico-orgánico crónico y que por ende afecta a la persona y su entorno y que requiere tratamiento médico psicológico adecuado por ser una enfermedad primaria, progresiva y crónica.

Se le han dado diversas acepciones como ninfomanía, andromanía, furor uterino, satiriasis y edeomania, para tratar de encasillarla según la padezca un hombre o una mujer. Se le ha descrito como una persona hipersexual, por ese deseo permanente de tener sexo sin que medie un sentimiento de afecto, cariño o amor, solo necesita resarcir su deseo y después pueden tener sentimientos de culpa, sentimientos de pena y vergüenza o de rechazo interno a su actitud. Estas personas pueden llegar a tener problemas laborales, sociales, familiares, económicos y de interacción adecuada. Son usuarios frecuentes de prostíbulos, discotecas en busca de aventuras con desconocidos, comprar objetos o fetiches eróticos, etc. Esto hace que su vida se trastorne y gire en torno al sexo como actividad primaria.

¿Se nace o se hace?

Muchos datos científicos apuntan a la herencia genética por desórdenes bioquímicos a nivel del sistema nervioso central, llevándonos a una predisposición a la adicción.

Como toda adicción, esta enfermedad sexual, conlleva a quienes la padecen a buscar ayuda debido a las consecuencias funestas como, ruina económica, divorcios, problemas laborales, sufrimiento, ansiedad, depresión, y en algunos casos situaciones de asesinato-suicidio.

¿Cómo saber dónde está el límite entre lo normal y lo anormal? Podemos decir que cuando la sexualidad se convierte en la prioridad de vida e interfiere en la vida diaria y entorpece nuestra interacción con el entorno socio-familiar y laboral, se convierte en una adicción al sexo.

Puede encubrirse o taparse de diversas maneras para no ser descubiertos, masturbación compulsiva, multiparejas hetero u homosexuales, encuentros casuales con desconocidos (adrenalina), etc.

El adicto al sexo tiene una habilidad enorme para mentir y desarrollan una vida secreta doble, se vuelve egoísta y no se entrega de manera genuina en ninguna relación, pues su obsesión es su satisfacción personal únicamente.

Esto a su vez le impide ver el daño que le causa a su pareja, familia y entorno.

El adicto sexual, puede sin darse cuenta ir escalando en su enfermedad, desde lo más inofensivo como la pornografía, masturbación y gratificación, hasta llegar a cometer delitos sexuales con serias consecuencias legales y cárcel.

Hay diversas terapias para cambiar esta conducta sexual y son los psicólogos con experiencia en el manejo de este tipo de trastorno los indicados para ponerlos en práctica.

Mi consejo es claro: internalícese (autoanálisis), acepte su problema, expóngalo a su pareja y/o familia, y acuda en busca de ayuda antes de que sea demasiado tarde.