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En tiempos inmemoriales, época de la que aún hoy el hombre sigue buscando datos sobre sus orígenes, la lucha por la subsistencia se planteaba entre seres humanos y bestias. Más aún, éramos nosotros contra todo lo que se nos oponía. El hombre, la naturaleza, todo lo que detenía nuestro desarrollo debía ser vencido; la especie debía vivir a cualquier precio. Ese instinto fue lo que la convirtió en la más poderosa del planeta.

Podemos decir que la sociedad progresó entre otras cosas, porque el deseo de poseer lo que no se tiene es el motor de ese desarrollo económico, punto de partida y objetivo final del mundo moderno y globalizado. Así, como individuo que somos, anhelamos ser propietarios de una casa, de un automóvil, irnos de vacaciones a lugares hermosos, darles buena educación a nuestros hijos; esto se llama bienestar. La intención de ser mejor cada día se convierte en un problema cuando este deseo se degenera hasta transformarse en la necesidad de ser únicos.

Esta mal formación psíquica se transforma a su vez en una enfermedad (celos, avaricia, rencor, envidia), porque el envidioso no sólo pretende tener algo o igual a lo de la otra persona, sino que además precisa que sea exclusivamente para él, y de nadie más. Por eso es que cuando esto no puede cumplirse, odian. En mayor o menor medida, odian y maldicen. Odian y tiran energía negativa. Odian y envidian.

Perder enfurece

Nuestro sistema social refleja infinidad de situaciones que sirven para ejemplificar cómo se presenta esa ambición de querer estar mejor; tal es el caso de la ciencia, que hoy puede curar un cálculo de riñón, pero aún le es imposible salvar a alguien enfermo de Sida. Cuando lo logre y el VIH se cure con una vacuna, estaremos frente a la evolución, el avance. Y si es positivo para toda la comunidad, también lo es para el científico que halló el antídoto, quien además del prestigio ganado, se hará millonario vendiendo la fórmula de la vacuna.

Por tanto, esto genera rivalidad entre los científicos, pues si bien los impulsó el deseo de sanar, puestos en carrera todos quieren ganar. Ganar a toda costa; y si hay uno que gana y otro que pierde, el que pierde indefectiblemente envidia. Podemos darle mil vueltas y millones de explicaciones, pero el que se quedó en el camino, quería llegar primero, y perder genera furia. ¿Quién sabe perder? ¿Quién podría aceptar una derrota, si el vencido no existe, ni entrará en la historia?

 

Tome nota

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No hay envidia inofensiva

Los que dicen que la envidia es inofensiva están absolutamente equivocados. Una prueba de ello es que desde que el hombre es hombre cuenta con infinidad de defensas para contrarrestar su fuerza devastadora. Busca a tiempo tu defensa antes de que sea tarde y líbrate de esas mentes dañinas que quieren hacer de ti un perdedor.