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El local es agradable pero sencillo. El salón es amplio, rectangular, decorado bonitamente con artefactos que recuerdan la navegación como un gran timón de madera, detalladas maquetas de barcos pequeños, veleros o fragatas, y trofeos de primer lugar en campeonatos de buceo. En la entrada se cruzan delgadas paredes hechas de mangle, las mesas y sillas son de pesado laurel macho, el techo es de bambú, y en uno de los extremos hay un pequeño jardín cuya fuente relaja los oídos con susurros de agua. Sin duda es una linda estancia, pero no sobresale como lo hacen sus platos, que son de otro mundo.

El primero que decoró nuestra mesa, por ejemplo, fue uno de panes anaranjados y negros, coloreados con mousse de zanahoria y mousse de aceitunas negras. Estas preparaciones inéditas provienen de una paleta de colores comestibles que también se puede degustar antes del arribo de los platos principales. Hay mousse de brócoli, cebolla morada, remolacha, tomate… Y su utilidad es ni más ni menos que la de colorear como “la paleta de un pintor”, explica sonriente el propietario y chef.

CREACIONES

El restaurante Gastronomía El Buzo es propiedad de Alessio Casimirri, un italiano radicado en Nicaragua desde hace más de 30 años, quien asegura que lo mejor que le ha pasado en la vida se lo ha dado el suelo pinolero. Él es el chef, buzo, pescador, artista y científico detrás de cada plato, y afirma que su local no es un restaurante, sino un “laboratorio de inventos”. De 453 inventos para ser exactos.

"Este no es un lugar donde la gente viene a comer. Aquí se viene a experimentar sentimientos y emociones, como cuando vas al teatro o al cine", afirma convencido Casimirri. Hace dos años, cuenta, el restorán dio un rotundo giro cuyo delta fue la concepción de un menú único en mundo, con platos inventados por él, desde el nombre hasta la combinación de ingredientesy decoro.

Lo primero que nos sedujo, después de probar los panes y las "pinturas" de legumbres y frutas, fue la "Fiesta de Carpaccio", una entrada con 6 tipos de carpacho que une cocina molecular con excelsa presentación y sabores que jamás habíamos probado. Atún, pargo y camarones se combinaron con hojas, flores, gelatinas cítricas y alcoholizadas, galletas de vegetales deshidratados, recuerdos caribeños en emulsiones de coco, y más. En la boca, se sienten explosiones literales por las gelatinas que se deshacen en contacto con la lengua. “Son como granadas de mano”, las describe emocionado Casimirri.

EL PLATO FUERTE

El plato fuerte que ordenamos fue: Risotto el atún y el Chianti. La base del plato es una reducción de vino tinto italiano Chianti, dibujada circularmente. En el centro de esta tipo salsa, se levanta un faro de dos pisos. El primer piso es de caliente risotto all´onda, y el segundo es de frío carpacho de atún. A los lados del plato, un cubo de gelatina de limón y otro de vino tinto custodian el edificio. La combinación de sabores, temperaturas y texturas es asombrosa, como lo eran visualmente todos los platos que salían de la cocina para maravillar a los presentes, que casi llenaron el lugar.

Hojeando el extenso menú, uno encuentra entradas como “Los huevos futuristas” y “Carpaccio de pescado a la naranja”. En los platos fuertes hay sinfines de propuestas de espagueti y risotto. La elección puede ser laberíntica, porque todos son dignos de ser descubiertos, pero justamente por eso, el mismo Casimirri se pasea de mesa en mesa socializando con los clientes y orientándolos según sus gustos.

TOQUE DULCE

En esta área, como es de esperarse, el menú no se queda atrás. Sorprenden los títulos de "Helado ahogado" y "Crostata de kiwi", y desde luego están los tiramisú y tiramigiú.

Los precios de las proezas culinarias que el chef logra tienen un rango de precios entre los US$12 y US$30 en la carta. Las cervezas nacionales rondan los US$2, y entre los licores importados encontramos finos vinos europeos y champán.