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  • The Economist

El primer comercio se realizaba con cualquier moneda disponible. Las monedas circulaban a través de las fronteras en una confusa variedad de formas, creando la necesidad de intermediarios para valuar cada pieza frente a otra. Estos eran los “cambistas” a quienes Jesús corrió del templo.
Dos mil años después, los mercados monetarios siguen en caos. En enero, el Banco Nacional Suizo abandonó su política de poner un tope al franco suizo frente al euro, tomando a muchos comerciantes e inversionistas por sorpresa.

Cuando el franco se elevó en 30 por ciento en unos cuantos minutos, muchos cambistas perdieron dinero. Uno fue a la quiebra, y una administradora de fondos compensatorios, Everest Capotal, perdió tanto que tuvo que cerrar su fondo principal. Los eurorientales que habían tomado hipotecas en francos suizos también sufrieron, tanto que Croacia votó para vincular su moneda, la kuna, al franco.

Otras monedas también están bajo presión. El rublo ruso se ha desplomado frente al dólar ante los declinantes precios del petróleo y las sanciones impuestas por Occidente. Recientemente, el Banco de la Reserva de Australia dio a conocer una sorpresiva reducción de tasas, haciendo que el dólar australiano cayera a su nivel más bajo frente al dólar estadounidense desde mayo de 2009. Dinamarca ha tenido que reducir sus tasas de interés tres veces, cada vez más hacia territorio negativo, para desalentar las entradas de capital que estaban amenazando su vinculación al euro.

Política monetaria
¿Qué hay detrás de este repentino brote de volatilidad monetaria, el cual sigue a un periodo tranquilo en los mercados cambiarios?
En gran parte, es causado por una divergencia en la política monetaria entre los tres grandes bancos centrales: la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón. La Fed ha suspendido sus compras de activos y podría incluso elevar las tasas de interés este año, pero el Banco de Japón sigue implementando una política de relajación cuantitativa y el BCE está a punto de iniciar una.

Estas políticas divergentes reflejan fundamentos económicos. La economía estadounidense está creciendo a un ritmo decente, mientras tanto Japón como la zona el euro están luchando por generar una recuperación sostenible. Como Japón, la zona del euro está tambaleándose al borde de la deflación.

Aunque es benéfica para los consumidores, la reciente caída en los precios del petróleo ha empujado a la tasa inflacionaria de referencia de la zona del euro hacia el lado negativo. Una inflación más baja está causando que los bancos centrales en todo el mundo relajen su política, y 12 lo han hecho desde principios de noviembre.

En esas circunstancias, un tipo de cambio más bajo a menudo es uno de los objetivos de la política monetaria. Desde principios de 2014, el yen ha caído en 11 por ciento frente al dólar y en 17 por ciento frente al euro. Una moneda más débil hace la vida más fácil para los exportadores, impulsando a la economía, y también eleva los precios de las importaciones y por tanto hace menos probable la deflación. Sin embargo, los mercados cambiarios son un juego en el que lo que unos pierden otros lo ganan: Para que una moneda caiga, otra debe subir.

Un país con una moneda al alza se sentirá tentado a buscar una depreciación por su cuenta, por temor a importar la deflación de la que otros están tratando de librarse.

Vinculación monetaria
La volatilidad cambiaria también puede causar problemas para empresas e inversionistas. Esa es la razón por la cual el mundo favorecía lo sistemas cambiarios fijos, como Bretton Woods, que operó de 1944 hasta principios de los 70. También es la razón por la cual muchos países aún eligen vincular sus monedas al dólar o al euro. Como el dólar está al alza y el euro a la baja, los países vinculados tienen que seguir el ejemplo. Eso podría requerir restringir la política monetaria en los países del bloque del dólar y debilitarla en el bloque del euro; de ahí todas esas reducciones de tasas danesas.

Las vinculaciones producen estabilidad a corto plazo. Los países pueden usarlas para impulsar la credibilidad de sus planes económicos. Cuando Argentina estaba tratando de deshacerse de la hiperinflación en los años 70 y 80, adoptó un consejo monetario que mantuvo al peso en paridad con el dólar. Gran Bretaña se unió al mecanismo cambiario europeo en 1990 con la esperanza de importar parte del éxito alemán para vencer la inflación.

Sin embargo, las vinculaciones tienen varios problemas. El primero es que los otros objetivos económicos necesitan subordinarse al tipo de cambio. Ese quizá no sea un problema si la economía con la vinculación está estrechamente ligada a aquella con la que está vinculada su moneda, porque los cambios de política monetaria en el segundo serán adecuados en el primero. No obstante, ese no fue el caso con Gran Bretaña y Alemania a principios de los 90, cuando la restricción necesaria para mantener a la libra esterlina en el MCE, resultó demasiado dolorosa para que la soportara la economía británica.

En la era del estándar del oro clásico, a fines del siglo XIX, las naciones eran gobernadas por hombres extraídos de las clases acreedoras. No fue una sorpresa que el dinero sólido fuera su prioridad. En una era de democracia masiva, sin embargo, ese ya no es el caso. A pocos votantes les importa el tipo de cambio, pero les importan los costos del endeudamiento y los empleos. Los mercados lo saben, lo que les da un incentivo para atacar a las vinculaciones que carecen de credibilidad.

El establecimiento de los tipos de cambio

AFECTACIÓN • Un segundo problema con las vinculaciones se relaciona con la forma en que se establecen los tipos de cambio. Una teoría, llamada paridad del poder adquisitivo, sostiene que las monedas se moverán en línea con los precios de los productos comerciables. Si un país tiene una tasa inflacionaria más alta que el otro, sus productos se volverán más costosos y perderá participación de mercado. Si eso sucede, su moneda debería caer hasta que los precios estén de nuevo alineados.

No obstante, la mayoría de las transacciones monetarias tienen poco que ver con las exportaciones y las importaciones. El valor diario del comercio mundial de productos en 2013 fue de 52,000 millones de dólares, pero el volumen cambiario diario en el mismo año fue de 5.3 billones de dólares, mil veces más grande.

Los inversionistas siempre están cambiando de una moneda a otra en busca de un mejor rendimiento. Una táctica común es el llamado “carry trade”, tomar prestado en una moneda con tasa de interés baja e invertir las utilidades en un país con una más alta. Esos enormes flujos de dinero dificultan más mantener las vinculaciones. Las tasas ultra bajas requeridas por las vinculaciones, como la de Dinamarca, corren el riesgo de inflar burbujas de activos, y ciertamente los precios de la vivienda ahí están aumentando. Las tasas negativas también pueden afectar a los márgenes de interés neto de los bancos.

El gran interrogante es qué hará China. Después de muchos años en los cuales el yuan se apreció constantemente frente al dólar, los mercados esperan una pequeña depreciación en 2015. Los chinos tienen una cuerda delgada sobre la cual caminar: no querrán perder terreno competitivo ante sus vecinos; pero, dado su superávit comercial, una depreciación demasiado agresiva molestaría a muchos estadounidenses.

Las placas tectónicas están cambiando en la economía mundial, sumergiendo a algunas monedas e impulsando a otras. De cualquier manera, algunos viejos agravios están arraigados.