• |
  • |
  • The Economist

Es una pieza de trabajo detectivesco notable. Investigadores contratados por tres grandes aerolíneas estadounidenses han rastreado el mundo en busca de las declaraciones regulatorias de tres rivales de rápido crecimiento propiedad de Estados del Golfo --Emiratos, Etihad y Qatar-- y elaborado la imagen más detallada hasta el momento de la forma en que sus gobiernos les han mimado.

Según las operadoras estadounidenses, que dieron a conocer los documentos que sustentan sus denuncias hace pocas semanas, las aerolíneas en Dubái, Abu Dabi y Qatar han disfrutado de una veintena de beneficios, incluidas dádivas, “préstamos” sin intereses o cualquier cronograma de pagos, terrenos gratuitos y cargos por debajo del costo en aeropuertos de propiedad estatal. Durante la última década, esto ha tenido un valor de 42,000 millones de dólares.

American, Delta y United Airlines, las operadoras que patrocinaron la investigación, están consternadas --¡consternadas!-- por descubrir que se está dando ayuda gubernamental a la industria de la aviación. Pero al señalar los pecados de sus rivales, atraen la atención sobre los propios.

Otro grupo cabildero estadounidense, que representa a los viajeros de negocios, ha desenterrado un estudio realizado por el Servicio de Investigación Congresal en 1999. Estimó que, desde el nacimiento de la aviación comercial estadounidense en 1918, el gobierno federal había ayudado a las aerolíneas en todo tipo de formas, desde subsidios directos hasta la construcción de aeropuertos y torres de control, hasta alcanzar los 155 mil millones de dólares.

Ventaja “artificial”
Gran parte de esa generosidad terminó hace mucho tiempo, pero una exención fiscal sobre el combustible para aviación, que benefició a Delta por decenas de millones de dólares al año, fue eliminada apenas este mes, después de una votación en Georgia, donde tiene su base la operadora.

Si la prohibición de los sindicatos en los Estados del Golfo, la cual mantiene barata la mano de obra, constituye una ventaja “artificial”, como afirman las operadoras estadounidenses, ¿entonces quizá la ley de bancarrota de Estados Unidos, amigable con las empresas, que ha permitido a sus aerolíneas deshacerse de las pensiones y otras obligaciones, también cuenta como una?

Las tres operadoras internacionales más grandes de Estados Unidos tienen buena razón para estar preocupadas: las “súper conectoras” del Golfo han estado absorbiendo la participación de mercado de las operadoras europeas en las rutas largas hacia Asia, han hecho incursiones en los mercados africanos de rápido crecimiento y están extendiendo constantemente sus mapas de rutas hacia ciudades estadounidenses.

Hay muchas buenas razones, además de generosos dueños estatales, por las cuales las súper conectoras están teniendo buenos resultados: la posición ventajosa de sus bases nacionales entre Europa y Asia, su servicio superior, la hábil mercadotecnia y sus flotillas de nuevos aviones eficientes.

Proteccionismo
Estas discusiones sobre cuáles aerolíneas reciben subsidios son solo el capítulo más reciente en una historia deprimente. Pese a todo lo que se habla sobre “cielos abiertos”, la industria de la aviación está y siempre ha estado plagada de proteccionismo y patrocinio, rescates y dádivas.

Alguna vez fueron los ferrocarriles estadounidenses los que se quejaban de la competencia injusta de parte de la naciente industria de las aerolíneas. Ahora son las aerolíneas, o algunas de ellas al menos, las que se quejan de la competencia desleal de las operadoras extranjeras. Todo el tiempo, son los intereses de los productores los que ocupan el centro del escenario, mientras que los de los consumidores y contribuyentes son olvidados.

En vez de usar las quejas de sus operadoras como justificación para más protección, Estados Unidos haría más por sus ciudadanos poniendo fin a sus restricciones sobre la propiedad extranjera de las aerolíneas y ofreciendo libertad total para operar vuelos internos. Los consumidores estadounidenses ganarían –sin importar si los gobiernos, en el Golfo u otras partes, respondieran en correspondencia– al igual que los contribuyentes estadounidenses ganarían si los subsidios gubernamentales terminaran.

Abrir espacios
Si Etihad o Ryanair o cualquiera quiere operar servicios de Dallas a Los Ángeles, deberían poder hacerlo. Los reguladores antimonopolios deberían obligar a los aeropuertos estadounidenses a abrir espacios y mostradores de registro para permitir la operación de nuevos competidores. La misma lógica aplica para Europa, y también para los Estados del Golfo.

Los beneficios para las economías de cielos verdaderamente abiertos, en vez de los ligeramente entreabiertos de hoy, superarían cualquier pérdida de las aerolíneas individuales. Un estudio de 2006, patrocinado por la industria de viajes, sugirió que liberalizar totalmente solo 320 de los 2,000 acuerdos de aviación bilaterales que identificó produciría lo que, en esa época, era un impulso del tamaño de Brasil para el PIB mundial.

Sin importar cuán mimadas estén las aerolíneas del Golfo, proteger a las operadoras tradicionales es una victoria para el clientelismo por encima de los pasajeros. Debería terminar.

155 millones de dólares han recibido en ayuda del Gobierno las aerolíneas de EE.UU. desde 1918.