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  • The Economist

Abundan las meteduras de pata en la formulación de las políticas económicas, pero entre las peores están los subsidios a la energía. Avivan el derroche, afectan a otro gasto, enriquecen a intermediarios y ayudan a los que viven holgadamente más que a los pobres, quienes usan poca energía.

Si se incluye el costo de la contaminación, la factura es aún más alta. Un nuevo documento de trabajo del Fondo Monetario Internacional la sitúa en una resonante cifra de 5.3 billones de dólares, o 6 por ciento del PIB mundial, más que todo el gasto gubernamental en atención médica. Los subsidios más grandes se dan en los países pobres, donde pueden alcanzar el 18 por ciento del PIB, y la mayor parte se destina al carbón, el combustible más sucio, el cual ningún país grava adecuadamente.

En comparación, los subsidios a la energía renovable --mayormente en el mundo rico y no cubiertos por el documento del FMI-- representan apenas 120,000 millones de dólares, y se desvanecerían si se gravara totalmente a los combustibles fósiles. El que más subsidia a los combustibles fósiles es China con 2.3 billones de dólares, seguido por Estados Unidos con 700,000 millones de dólares, Rusia con 335,000 millones de dólares, India con 277,000 millones de dólares y Japón con 157,000 millones de dólares.

Las grandes cifras producen grandes titulares. En este caso, también introducen márgenes de error mucho mayores.

La definición común y estricta de los subsidios es “previa a impuestos”: intervenir directamente para mantener un precio artificialmente bajo.

Sobre esa base, el costo de los subsidios a los combustibles es de magnitud menor, de 333,000 millones de dólares. Además, ha disminuido respecto de 492,000 millones de dólares en 2011. El precio declinante del petróleo ha ayudado: algunos de los peores infractores, como India, ahora están eliminando los subsidios.

El daño a la salud
Los autores del FMI usan una definición “posterior a impuestos” más amplia, que incluye exenciones fiscales –el combustible a menudo no es gravado– y costos más amplios como la contaminación. Tres cuartas parte del daño que la contaminación produce, dicen, es al medioambiente local, perjudicando por tanto a la salud humana, y el resto es el costo del calentamiento global. Asimismo, los beneficios que surgirían del fin de los subsidios incluyen una reducción a la mitad de la cifra de muertos causados por la contaminación del aire exteriormente y una disminución de las emisiones de CO2 en una quinta parte.

Un estudio anterior, en 2013, estimaba el costo general de los subsidios a los combustibles, incluido el daño ambiental, en 2 billones de dólares. La nueva cifra refleja suposiciones más pesimistas sobre el daño a la salud debido a los combustibles fósiles subsidiados, particularmente el carbón: recalcular el efecto de acortamiento de la vida de las emisiones de bióxido de azufre representa 45 por ciento de los 3 billones de dólares extras.

La inclusión de las emisiones previamente ignoradas de bióxido de nitrógeno y partículas finas representa otro 24 por ciento, y otros factores externos como el congestionamiento llegan al 23 por ciento.

Como aceptan los autores del FMI, esta es un área en la cual abundan los imponderables. Los científicos no coinciden sobre el vínculo entre las emisiones y el mal clima, y sobre cómo dividir la factura del cambio climático entre las generaciones futuras, presumiblemente más ricas, y la población actual.

Sin embargo, incluso las desventajas más cuantificables de los subsidios al combustible son lo suficientemente funestas.

Los subsidios más grandes se dan en los países pobres, donde pueden alcanzar el 18% del  PIB, y la mayor parte se destina al carbón, el combustible más sucio.