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El agua azul turquesa del Mar Muerto refulge bajo el débil sol de invierno, en medio de un imponente silencio. Un par de turistas se adentran pausadamente en el agua, donde gracias a su elevado contenido en sal -un 34 por ciento, diez veces más que los océanos- uno puede flotar como si fuera un corcho.

Se trata de un lugar único, situado en el punto transitable más profundo de la Tierra, a unos 420 metros por debajo del nivel del mar. Quienes visitan esta maravilla de la naturaleza, con sus espectaculares paisajes y colinas de piedra arenisca, se sienten como transportados a tiempos bíblicos. “Es la primera vez que veo una playa de sal”, dice el estadounidense Vince Russo, que pasea junto a su novia. “Realmente hermoso”, exclama Russo.

Sin embargo, el Mar Muerto peligra. Estas aguas conocidas por sus facultades curativas -especialmente para los problemas de la piel y las alergias- y que se reparten Israel, Jordania y los territorios palestinos, se está secando lentamente. “El nivel del agua se recorta en torno a un metro al año”, afirma la ecologista alemana Gundi Schachal, que reside desde hace décadas en un kibutz en Ein Gedi.

Una de las causas de esta catástrofe es que el agua dulce procedente del río Jordán, su principal fuente, se bombea casi por completo. Además, en el sur del mar, las compañías Dead Sea Works y Arab Potash se dedican a la extracción de preciados minerales haciendo que el agua se evapore.

Hace tiempo, quienes visitaban el spa de Ein Gedi podían acceder directamente al agua del mar. Hoy, en cambio, la playa se encuentra a casi dos kilómetros y continúa alejándose.

La tierra es porosa a lo largo del camino hasta la playa. A cada paso, uno teme que el suelo pueda resquebrajarse. En las últimas décadas se han formado unas 5,000 simas y cada año aparecen alrededor de 300 más. Cuatro personas resultaron heridas cuando el suelo se quebró de pronto bajo sus pies, cuenta Schachal al grupo de turistas a los que acompaña por la playa.

Para salvar el Mar Muerto, israelíes, jordanos y palestinos acordaron con el Banco Mundial la construcción de un “canal de la paz”. Desde el Mar Rojo se bombeará agua a una desalinizadora en la ciudad costera jordana de Aqaba, de donde saldrá agua dulce. La sal restante será bombeada por un conducto a lo largo de 180 kilómetros hasta el Mar Muerto. Además, al transportarla por zonas en pendiente se conseguirá electricidad.

Sin embargo, varios grupos ecologistas advierten de las posibles consecuencias nocivas que el proyecto tendría en el ecosistema. “El agua del Mar Rojo tiene una composición química distinta a la del Mar Muerto”, señala Schachal.

Además, podrían importarse algas que arruinarían el ecosistema en el mar salado. En lugar de eso, esta ecologista aboga por reactivar el cauce del Jordán bombeando menos agua.

Algo complicado, pues esa agua la consumen sirios, jordanos, israelíes y palestinos, especialmente ante la actual crisis de refugiados. Incluso aunque el Jordán recuperara todo su cauce, esto no contribuiría al aumento del nivel del agua en el Mar Muerto, sino tan solo a una estabilización, apunta el geólogo Stephan Kempe.