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“Fin a castigos Físicos”. Así tituló EL NUEVO DIARIO a ocho columnas el nuevo Acuerdo Ministerial número 134-2009, del Ministerio de Educación, para que todos aquellos involucrados en el Sistema Educativo, como maestros, autoridades, funcionarios, empleados y trabajadores, se abstengan de incurrir en daños físicos, morales y psicológicos sobre los estudiantes.

Nunca es tarde y es de aplaudir dicha medida, pues es una historia vieja, una especie de círculo vicioso de toda la vida que tanto en primaria y secundaria sucedieran inconvenientes o abusos contra los estudiantes Ahora los estudiantes o discentes tiene un asidero legal que les defienda ante la actitud de muchísimos maestros, que independientemente de su ubicación, es probable se quiten la incomodidad con el que realmente merece respeto, educación, cultura y solidaridad, de parte de los educadores.

Y no solo en lo físico se ven los maltratos, también cuando un educador utiliza la ironía o el desprecio, existen efectos dañinos en el muchacho, en vista que hacen sentir que éste no es “capaz” de estar en una aula de clase. Ni qué decir de las “comparaciones”, con el objetivo de enterrar todo el espíritu de superación que las familias inculcan a los estudiantes en los hogares. El maestro en su contexto y dominio del conocimiento y la psicología de los aprendizajes, tiene que utilizar estrategias de aprendizajes y flexibilidad, para sopesar el ímpetu de los jóvenes.

Qué tiempos aquellos, a finales de la década de los años sesenta, es decir hace cuarenta años, cuando la maestra de Cuarto Grado en la Escuela “Simón Bolívar”, junto al Director, se encargaban de atropellar brutalmente (tomaban del pelo a quienes no respondían y les estrellaban la cabeza contra el pizarrón, que era en esos tiempos, la propia pared) a quienes no cumplían con las lecciones o en momentos que un niño salía corriendo hacia el servicio higiénico y si no tenía la orden del Director, venían los tres fajazos arriba de la cintura, cual verdugo inquisitorio.

Volviendo a la maestra de Cuarto Grado, cuando se le incumplía se llevaba a los estudiantes, después de terminada la faena escolar a su casa de habitación. Allí los ponía cerca de la estufa, para recibir el humo y el olor a la carne o pollo asado, y sólo los dejaba libres cuando éstos podían repetirle las lecciones, todo al pie de la letra, no valían explicaciones. Con el tiempo reflexionaba y me decía: esto es un secuestro.

En Quinto Grado, una maestra que después se convirtió en abogada y dicho sea de paso la que puso en la cárcel al doctor PJCH, arrancaba las reglas que cuadraban a los Mapas de Estudio y con toda la furia del caso las rompía en la espalda de los compañeros. Nadie les acusó por temor y se tenía que mentir, para evadir las señales de tortura.


*Docente UNI