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Los adeptos de la tauromaquia en Portugal intentan seducir a un nuevo público, mediante corridas explicadas a los niños seguidas de un espectáculo sin sangre, con el objetivo de frenar el declive de una cultura criticada por los defensores de los animales.

Con sus castillos hinchables en forma de ruedo, la primera edición de la "Jornada de la Tauromaquia", organizada a finales de febrero en la plaza de toros del Campo Pequeno, en Lisboa, iba destinada a las familias y a los niños.

"Gracias a este evento, queremos volver a crear un lazo entre el toro y la cultura portuguesa y ampliar nuestro público", explicó a la AFP el presidente de la Federación Portuguesa de Tauromaquia (ProToiro), Paulo Pessoa de Carvalho.

"Queremos crear vocaciones", añadió.

Las polémicas son normales pero creo que surgen de un desconocimiento sobre la tauromaquia. AFP/END

Pero para los activistas anticorrida de la plataforma Basta, esta operación de seducción de los "aficionados" tenía únicamente "el objetivo de esconder el evidente declive de las corridas en Portugal".

La asociación denunció "la exposición de los niños a la violencia de la tauromaquia", un "problema muy grave", aseguró, que va en contra de una notificación emitida en febrero de 2014 por el Comité de los Derechos de los Niños de Naciones Unidas.

Caída de asistencia 

Unas 380.000 personas asistieron a las 173 corridas celebradas en Portugal en 2018, según los datos recogidos por la inspección general de actividades culturales (IGAC), es decir una caída del 42% en comparación a 2009. 

Basta afirma por su parte que esta cifra habría sido exagerada por los organizadores de las corridas que proporcionan los datos a la IGAC.

En el Campo Pequeno, el público formado por numerosas familias y reunido para la "Jornada de la Tauromaquia", ocupaba apenas un tercio de los 7.000 asientos del recinto, un edificio de estilo neomudéjar que data de 1892, y que es el alto lugar de la tauromaquia portuguesa.

En esta jornada se propusieron varias actividades a los niños, que pudieron vestirse con los trajes tradicionales de los toreros antes de ponerse delante de cabezas de toros falsas empujadas con carretillas. 

Unas 380.000 personas asistieron a las 173 corridas celebradas en Portugal en 2018. AFP/END

Después, los verdaderos toros salieron al ruedo y los más pequeños volvieron a la grada para presenciar un espectáculo que mostró todas las facetas de la corrida a la portuguesa, salvo la que consiste en clavar las banderillas en el toro, para evitar el derramamiento de sangre.

En Portugal, matar al toro en el ruedo está prohibido desde el siglo XVIII. El último acto de la "tourada" es realizado por los "forcados", herederos anónimos del mozo de granja, cuya tarea es inmovilizar a la bestia con las manos dando una muerte simbólica.

"Cuestión de civilización" 

"No voy muy a menudo a una corrida pero quería que mi hijo pudiese ver lo que es. Viendo que el programa de la jornada no era violento, me dije que era una buena ocasión", declaró a la AFP Pedro Antunes, un empleado de banco de 34 años.

Su hijo Tiago, de cinco años, aseguró que no tenía miedo, pero cuando vio al toro perseguido por los toreros en la plaza su mirada pasó de la fascinación a la crispación. El pequeño hasta cerró los ojos cuando el animal cargó contra los "forcados" alineados unos detrás de otros.

El pasado otoño, la ministra de Cultura del gobierno socialista, Graça Fonseca, se posicionó del lado de los anticorrida y afirmó que "no era una cuestión de gusto sino de civilización".

Desde la federación ProTorio pidieron su dimisión. "Las polémicas son normales pero creo que surgen de un desconocimiento sobre la tauromaquia. Vivimos en la época de lo políticamente correcto y se cede al radicalismo de una minoría", lamentó su presidente Paulo Pessoa de Carvalho.