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Igual que Pete Sampras, el pistolero suizo Róger Federer, nunca ha triunfado sobre la arcilla, reduce velocidad y traga violencia, de Roland Garros en París. Con 13 títulos en torneos de Grand Slam, Federer está a sólo uno de igualar a Sampras con 14, y ese hecho histórico, sin Rafael Nadal al otro lado de la red, puede concretarse hoy.

Hay un serio problema. Este Federer “modelo 2009”, no es el jugador de mortìfera precisión, improvisaciones espectaculares y asombroso alcance, que vimos caer ante el fiero español Nadal, experto en este tipo de superficie, durante las finales consecutivas del 2006, 2007 y 2008.

A quien vamos a ver hoy contra el resistente y potente sueco Robin Soderling, es otro Federer, no tan versátil, creativo y consistente, como el que se instaló en la cima del tenis mundial, con la autoridad de Wayat Earp en el viejo oeste. Este es un Federer vacilante, expuesto al riesgo, sin aquel ajuste que tenían sus diagonales, como si sus piernas tuvieran un peso extra y sus reflejos hubiesen perdido viveza.

No es pues, el mejor Federer, y debe agradecerle mucho a Soderling, pese al nivel de peligrosidad del sueco, que se cambió por Nadal como el rival a vencer hoy, en busca de la proeza de ganar los cuatro torneos Grand Slam, y además, equilibrarse con Sampras.

Aun con esa diferencia, y el antecedente significativo de haber ejercido dominio sobre Soderling, están previstas serias dificultades para Roger, y en consecuencia, su triunfo no es algo propiamente seguro.

Se cree que Soderling con su fortaleza, podrá sostenerse en el fondo y absorber el servicio del suizo, planteándole una batalla difícil de punta a punta.

¿Qué sería lo impresionante? Que Federer, estimulado, recuperara su nivel y lograra impactar con una victoria deslumbrante. Ahí estaremos, desde muy temprano, frente al televisor.