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Agostino deLaurentiis (1919, Campania, Italia) no era un hombre fácil. Curtido en las tripas del cine italiano gracias a sus colaboraciones con Carlo Ponti en los años cincuenta de Laurentiis aprendió pronto que el productor, el buen productor, debía ser poco paloma y mucho halcón y a lo largo de su vida llevó ese precepto hasta sus últimas consecuencias: de las catacumbas del neorrealismo a las colinas de Hollywood, con eso estaría todo dicho.

 En los últimos rodajes se le veía cansado, puro en boca y muy pendiente de las instrucciones de su esposa, Martha de Laurentiis, un Dino in pectore que hacía de intermediario entre el viejo productor y el director de turno. Su silla -la de Dino- estaba siempre pegada a la del realizador y éste no podía evitar mirar de reojo a derecha e izquierda después de cada toma, buscando la aprobación del tipo del bigote blanco y de su rubísima señora.

La “alergia” creativa

De Laurentiis atesoraba en sus alforjas memorables pájaras con señores de la talla de David Lynch, Ridley Scott o David Cronenberg. Esto se debía a la alergia del veterano productor a las ‘ingerencias creativas’, que él consideraba contrarias al alma del negocio y a su afición a las buenas peleas, verbales o de las otras. El ejemplo más famoso de esta curiosa filosofía donde el dinero era la primera y más importante consideración (el arte venía después, un par de escalones más abajo) se produjo con Dune, película que al día de hoy sigue siendo tan maldita como en el momento de su concepción. Cuando se le preguntaba al mencionado Lynch, Director de la película, por el asunto en cuestión éste no dudaba en contestar: ‘esa película no es mía’. En cambio cuando se cuestionaba a de Laurentiis por el asunto se limitaba a torcer el gesto, dar una calada al puro e invocar a una memoria fugaz para dar carpetazo al tema. Otras veces se reía, como si al final todo aquello le pareciera una broma sin importancia.

Aún así, a pesar de sus últimos proyectos, rodados en sitios tan alejados de Los Ángeles (donde el cineasta echó raíces después de la descomunal bancarrota de sus estudios en Roma) como Bratislava y Budapest y que en algunos casos fueron a parar directamente al oscuro mundo del formato doméstico, no hay que olvidar que este señor bajito, discreto y de pasos cortos con afición al buen vino y a las mujeres guapas produjo en su momento filmes del tamaño de La Strada (Federico Fellini,1954) , Guerra y Paz (King Vidor, 1956), Serpico (Sidney Lumet, 1973), Ragtime (Milos Forman, 1981) junto a películas de culto tan memorables como Conan El Bárbaro (John Millius, 1982), Manhattan Sur (Michael Cimino, 1985) El ejército de las tinieblas (Sam Raimi, 1992). En su currículum también sacaban la cabeza títulos como Los tres días del Cóndor (1975), Flash Gordon (1980), La zona muerta (1983) o la mencionada Dune (1984).

 A sus 91 años deja a sus espaldas una tropa de enemigos irreconciliables, una maraña de contactos que se fueron esfumando a medida que envejecía y una carrera de más de 160 películas. Dos matrimonios, el primero con la legendaria actriz Silvana Mangano y el segundo con la mencionada Martha, y varios descendientes, entre ellos su hija Raffaella que produce sus propios proyectos en la meca del cine desde 1987.

 La estirpe de los productores, ahora sustituida por tipos encorbatados cuya única preocupación son los estudios de marketing y que rara vez asoman la nariz en un rodaje, pierde así a uno de sus representantes más peculiares, un hombre sin ningún afán por resultar simpático que era mitad banquero, mitad cinéfilo y cuyo inglés italianizado fue más que suficiente para plantar ambos pies en Hollywood. No está mal para un tipo que empezó en el mundo del cine haciendo chapucillas cuando apenas contaba con 17 años.