•   Al Baida / EL PAÍS  |
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Si hay un denominador común en los alzamientos que recorren el mundo árabe estos días es la plaza. En Tobruk los hombres la tomaron el día 17 de febrero y allí siguen con sus tiendas y sus fogatas, bebiendo té y dibujando pancartas. También en Bengasi, la capital del este del país, las principales protestas se producen a diario en el foro del centro de la ciudad.

Mientras, en Al Baida, a medio camino entre las dos, la plaza se ha convertido en un símbolo de la lucha. En un lateral donde los hombres beben y conversan mientras fuman sin cesar, hay decenas de fotografías de jóvenes que apenas superan los 20 años. También la de un bebé. Todos muertos.

Un hombre destaca sobre el resto por su atuendo, colorido y tradicional. Su larga barba blanca, sus ojos azules y su turbante visten un rostro cubierto de tatuajes tribales. Tras él, en un muro color tierra se puede leer: ‘Somos libios de este a oeste’.

‘Todos somos Libia’, dice el anciano. ‘Muamar está intentando ofrecer al mundo una idea muy distinta de lo que somos en realidad. Quiere que parezca que estamos divididos en tribus y que luchamos por el poder entre nosotros. Pero no es cierto’, afirma. ‘Pertenecemos a distintos clanes, pero somos un solo pueblo y tenemos un mismo objetivo. Ser libres’, concluye.

En otra esquina de la plaza un libio alto con abrigo militar y boina se presenta como Idris Mohamed, en un perfecto italiano.
‘Kadhafi ha querido dividirnos entre nosotros, pero ha querido aislarnos también del mundo’, dice.

Aprendió italiano en el Ejército, al que ha pertenecido ‘tanto tiempo’ que ya no puede recordar los años. Señala una pintada en italiano, otra en francés. También las hay en alemán y en español. Como si decirle al dictador que se vaya en la lengua de otro país fuera a conseguir un mayor efecto.

‘Aquí casi nadie habla otros idiomas, porque quería ponernos fuera del mundo’, señala. Solo los que aprendieron hace años o los que trabajan con las compañías de petróleo se comunican en otras lenguas.

Sólo se hablaba y se estudiaba sobre Kadhafi
‘Ha querido robarnos nuestra identidad. Nuestros hijos no tienen modelos a quienes seguir porque él eliminó todas las alternativas. Solo se podía hablar de él en televisión’, explica Shaida Hatem, una profesora de secundaria.

‘Mi hija Sarah solo ha podido estudiar sobre él en el colegio. No sabe nada de nadie más. Al único que no pudo borrar es a Omar el Mojtar’, señala.
No lejos de Al Baida, entre la cordillera de las Montañas Verdes, que separan la costa cirenaica del desierto, un enorme puente se suspende sobre un valle profundo con el rojo de la tierra arcillosa mezclándose con árboles y plantas de vivos colores.

En un hueco abierto en la pared frente al puente ejecutaron a Omar el Mojtar. De rostro sereno y túnica blanca, este hombre lideró en 1912 la resistencia de los habitantes de la zona al control italiano. Estos lo capturaron y lo colgaron en 1931. Pero parece que su célebre máxima: ‘Sobreviviré a mi verdugo’, se ha cumplido.

No hay un solo libio que estos días no hable o recuerde algo de Mojtar. El símbolo de la lucha y la fortaleza de un pueblo que no quiere dar su brazo a torcer ante la tiranía.

En la plaza de Al Baida, una imagen del héroe nacional la preside. También en Shahat o Bengasi, o en Tobruk, muy cerca de donde nació el carismático líder que fue inmortalizado por Anthony Quinn en El león del desierto.
Más que nadie, Mojtar representa la victoria y la unidad, igual que la nueva bandera (también de principios del siglo XX), o el viejo himno nacional, que ahora suena en las radios y en los móviles. ‘Nuestra capital es Trípoli’, afirman los hombres, para subrayar que el este y el oeste están unidos en la lucha. ‘Somos uno’. Un solo país y un solo destino.