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Diez de la mañana, Barrio Acahualinca, al noroeste de Managua, la capital del país. A 200 metros del lago Xolotlán, bajo el imponente agobiante sol está David Álvarez, un niño de 11 años, que cuando dice su nombre no lo pronuncia como se leería en Español, sino como sería en Inglés: "Deivid", y suelta una carcajada.

David está entrando a la adolescencia, pero su apariencia es la de un niño de ocho años, y su actitud la de un joven de 25. “¡Shhh, ya, ya, hombre… cállense!”, dice reprendiendo a quienes lo acompañan, aunque sean mayores que él. Silencio. “Ajá, amor, ¿qué querés saber?”, prosigue.

Acahualinca es uno de los barrios capitalinos donde, literalmente, la basura es el pan de cada día de sus pobladores, pues no solo han aprendido a convivir con el mal aspecto y el hedor que causan las toneladas de desechos que llegan todos los días a este lugar, sino que han aprendido a sacarle provecho. David está en una de las tantas acopiadoras de desechos reciclables que funcionan en el barrio Acahualinca. Allí, junto a otros niños y adolescentes, se encarga de “limpiar” y de seleccionar el material con valor comercial: aluminio, lata, baterías, cobre, bronce y acero.

El potencial es alto. Según datos de la Alcaldía de Managua, en el Distrito II de la capital, al cual pertenece Acahualinca, se recolectan diario 90 toneladas de desechos, y existen 12 botaderos ilegales, los cuales, en 2009, llegaron a sumar 40.

La acopiadora donde trabaja David está ubicada esquina opuesta al colegio público “Modesto Bejarano”. De entrada, el negocio no dice mucho: unos pedazos de zinc sostenidos por cuatro pilares de madera para hacer sombra en la acera, y una báscula grande que funciona con una batería eléctrica similar a las de las computadoras.

El material reciclado lo venden a China

El material lo traen las camionetas que caminan comprando “chatarra” en barrios y residenciales de la capital, esas cuyos voceadores, ya sea en Managua o en otros municipios del país, parecen tener el mismo tono y ritmo de voz para invitar a los vecinos a vender la plancha, la batería, el televisor y hasta la refrigeradora que ya no ocupan.

David se adelanta a contestar cada pregunta. Mientras lucha por sacar de la bolsa los restos de su helado, va explicando: una libra de lata de aluminio, C$11; una libra de cobre, C$57; una libra de bronce, C$35; una libra de plomo, C$10; y cada libra de las baterías, C$7.50.

A esos precios compran el material a los “chatarreros”, y luego lo venden a una empresa exportadora de desechos reciclables. “Todo eso lo compactan y se lo llevan a China, y ahí lo ocupan para hacer carros y motos”, se apresura a señalar David. “Es un material que se recicla, pues”, agrega Juan Carlos Hernández, un joven que trabaja en la misma acopiadora.

En un día “bueno”, los ingresos por venta a la empresa exportadora pueden ser de hasta C$20,000, y en un día “malo” de C$10,000. Pero David y sus otros compañeros de trabajo reciben solo entre C$100 y C$50 diarios, y ni siquiera saben con base en qué les pagan eso. “A como nos pueden dar C$100, nos pueden dar C$50”, dice David.

El niño conversador también se ofrece como guía. Sugiere que “más para allacito” hay más acopiadoras, y antes de llegar a la de Natividad Carrión, David dice orgulloso que “aquí no hay vagos, ¿acaso aquí es el Dimitrov? Este es el barrio Acahualinca”.

Carrión tiene dos años de estar en este negocio, y además de aluminio, cobre, bronce, baterías y lata, acopia radiadores y condensadores. En un día puede recolectar 30 quintales de material, lo cual equivale a C$9,000 de ingreso a la hora de venderlo a la empresa exportadora de desechos reciclables.

Con ese dinero, Carrión paga a cuatro jóvenes, que, al igual que David, se encargan de limpiar y de seleccionar el material.

Frente al negocio de Carrión está una acopiadora de papel y latas de aluminio, aunque su “fuerte” es el primer material, el cual dividen en “papel periódico”, “papel bond blanco” y “papel de color”.

Martín Morales, uno de los trabajadores de esta acopiadora, no precisa cuánto recogen al día. Ante la pregunta, solo da media vuelta, y con su mano recorre los grandes sacos repletos de papel que están acumulados en un amplio garaje, unos sobre otros.