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El Cónclave, un tipo de elección surgido en plena Edad Media, se celebra siguiendo un ritual milenario pautado al milímetro. Pero existe un aspecto que siempre queda abierto: se sabe cuándo empieza, en este caso mañana a las 16:15, pero nunca cuándo acaba.

A lo largo de la historia, cada colegio cardenalicio ha seguido su propio ritmo, aunque las últimas elecciones han sido especialmente rápidas. Benedicto XVI fue elegido a la cuarta votación y Juan Pablo II a la octava. Y, si exceptuamos el que eligió a Pío X en 1903 (24 días), los 11 Cónclaves desde 1830 han durado cinco jornadas o menos. Pío XII, por ejemplo, fue elegido el primer día, a la tercera votación, en la antesala de la II Guerra Mundial.

los conclaves

La duración de los Cónclaves ha venido condicionada por las circunstancias políticas de cada siglo. En el XVII, por ejemplo, la media de duración fue de 39 días. En el XVIII, sin embargo, en plena formación de los Estados modernos con los monarcas absolutos, las nueve elecciones papales duraron 94 días de media. Los intentos de la realeza de influir en los príncipes de la Iglesia tuvieron mucho que ver en lo prolongado de las votaciones. En 1740 los purpurados llegaron a tomarse 181 días para elegir a Benedicto XIV.

El Cónclave más largo de la historia fue, precisamente, el que dio origen al concepto. Tras la muerte de Clemente IV en 1268, los cardenales se citaron en Viterbo para elegir a su sucesor. Las deliberaciones se alargaron tanto que los vecinos decidieron racionarles la comida y después encerrarles. Tardaron tres años en ponerse de acuerdo y sentar en el trono de Pedro a Gregorio X. Fue este Papa quien, escarmentado por la espera, decidió en el II Concilio de Lyón de 1274 que en lo sucesivo se encerrara cum clavis (con llave) a los cardenales hasta que se decidieran.

En contraste con ese eterno período de deliberaciones, Julio II, el cardenal Giuliano della Rovere, fue elegido en 1503 en el Cónclave más corto de la historia, de apenas diez horas.

El número de cardenales electores, que ha variado notablemente, también ha tenido su influencia en la duración. En el eterno Cónclave del año 1268 al 1271 solo participaron 18 purpurados --11 eran de territorios de la actual Italia--, y en la elección relámpago que coronó Papa a Julio II en el Cinquecento, hubo 40 electores, con 24 italianos. A menos participantes, mayor dificultad de alcanzar la mayoría de dos tercios.

En el cuerpo electoral que nombrará al sucesor del retirado Benedicto XVI, la Iglesia de Italia seguirá siendo la más representada, aunque ese dominio ha disminuido poco a poco. Entre los 115 cardenales que formarán parte esta vez en las votaciones hay 28 italianos. La presencia de 11 purpurados africanos y 33 americanos (14 del norte y 19 de América Latina) era algo impensable hace un siglo. Entre los 57 cardenales que entronizaron al anterior Benedicto, en 1914, había 55 europeos (33 italianos), un norteamericano y otro de América Latina.

Durante el siglo XX, la inclusión de eclesiásticos de todo el mundo en el Colegio Cardenalicio y el aumento de la esperanza de vida provocaron que cada vez hubiera más electores. Por eso, las últimas modificaciones de las normas han establecido algunas limitaciones al respecto. En 1978, Pablo VI decidió restringir la edad y que solo los menores de 80 años puedan votar.

Reformas del papa Juan Pablo II

Eso no supondrá un problema para Baselios Thottunkal, de India, el más joven del colegio a sus 53 años, pero ha estado a punto de serlo para el de más edad. El alemán Walter Kasper entrará al Cónclave por los pelos, con 80 años cumplidos el martes pasado. Y esto solo será posible gracias a uno de los muchos cambios que Juan Pablo II introdujo en las reglas en 1996. Pablo VI había fijado el límite de 80 años cumplidos el día de la apertura del Cónclave, pero Wojtyla prefirió que la edad se midiera en el momento en que la sede queda vacante. Curiosamente, quitando Juan Pablo I y Pío VIII --con pontificados tan cortos que no les dio tiempo--, todos los papas desde 1800 han querido cambiar las reglas del juego.

El pontífice polaco, en su reforma de las normas, también decidió que el lugar de las votaciones debía ser, obligatoriamente, la Capilla Sixtina. Así ha sido, de hecho, desde 1878, pero antes se habían celebrado Cónclaves en otros lugares del Vaticano, en otras iglesias romanas o incluso de fuera de Italia. Han habido 28 elecciones papales fuera de Roma, la mayoría antes de 1400, en lugares como Constanza (Alemania), Lyon (Francia) o Nápoles (Italia). El último Papa elegido fuera de la capital italiana fue Pío VII. Aquel Cónclave de 1800 tuvo que celebrarse en Venecia, después que Napoleón ocupara Roma y los Estados pontificios.

Quizá para evitar a ancianos de casi 80 años el permanecer encerrados durante días en una capilla, Juan Pablo II también suavizó algunas restricciones del encierro y, como ya ocurrió en 2005, esta vez los purpurados solo tendrán que ir a la Capilla Sixtina para votar y, mientras tanto, se alojarán en la renovada residencia de Santa Marta, en el Vaticano.

Mecanismo del voto

Otro de los cambios de Wojtyla tuvo que ver con las mayorías. A lo largo de la historia de los Cónclaves se han requerido dos tercios de los votos, o, en su defecto, designar al pontífice por aclamación, si los cardenales señalaban al unísono al elegido sin tener que votar en secreto. La Constitución apostólica Universi Dominici Gregis de 1996 prohibió la elección por aclamación, aunque introdujo la mayoría absoluta a partir de la trigésima votación.

Porque las votaciones se organizan por bloques. El primer día solo se vota por la tarde, y a partir de entonces, hay que hacerlo dos veces por la mañana y otras dos por la tarde. Si al tercer día no hay humo blanco o “fumata blanca”, se hace un descanso de un día. Entonces se celebran hasta tres series de siete escrutinios, con una pausa entre cada serie. Juan Pablo II dio validez a la mayoría absoluta. Benedicto XVI, sin embargo, desdijo a su predecesor en 2007 y estableció los dos tercios como mayoría necesaria en cualquier caso. Pero en previsión de un Cónclave largo, estableció que al concluir sin éxito esas series de siete escrutinios, se pasara a elegir solo entre los dos candidatos más votados previamente.

Después de un pontificado largo, como lo fue el del polaco (casi 28 años), la mayor parte de los cardenales que eligen a su sucesor suelen haber sido nombrados por él. Así ocurrió en 2005, todos los purpurados salvo Ratzinger y otros dos habían sido nombrados por Wojtyla. En esta ocasión, en cambio, la cosa estará más igualada. Sesenta y cinco electores han sido elevados por Ratzinger, ante 50 de Juan Pablo II.

Aunque teóricamente los candidatos a Papa son todos los varones bautizados, los cardenales llevan eligiendo a uno de sus pares desde 1378, cuando convirtieron al monje Bartolomeo Prignano en Urbano VI.

Un dicho vaticano –“quien entra en el Cónclave como Papa suele salir cardenal”-- mantiene que ser favorito no es ninguna garantía. Sin embargo, desde el siglo XX, una gran mayoría de los elegidos estuvo entre los candidatos antes del Cónclave. De los nueve pontífices que han habido desde entonces, solo las apariciones de Juan XXIII y Juan Pablo II en el balcón de la Plaza de San Pedro causaron verdadera sorpresa.