• Nov. 1, 2017, media noche

Tenemos 26 años de casados y tres hijos varones. A los cuatro años y medio y con dos hijos nacidos, casi nos divorciamos. Este era el camino lógico para nuestra relación hasta que conocimos a Jesús de una forma real, palpable, práctica, y lo invitamos a ser parte de nuestro matrimonio, poniendo en práctica los principios que dejó establecidos. Nuestra vida de pareja sufrió una transformación para bien, tuvimos un tercer hijo que vino a sellar el pacto de amor entre nosotros. No crean que tenemos el matrimonio perfecto, de hecho no creo que exista; pero cada día disfrutamos de los frutos de haber permitido a Dios ser parte integral de nuestra familia, de nuestro hogar.

Si bien el matrimonio, bajo las leyes del mundo es un contrato, ante Dios es un pacto. Tal vez me gane una regañada de mi hermana abogada por usar el término “convenio colectivo” en vez de contrato, pero lo hago porque el convenio colectivo es más complicado de manejar y me sirve para la analogía que quiero hacer en este artículo.

Los años de enamoramiento pasan muy rápido. La “bajada de la nube” a veces puede ser de un solo pencazo. Cuando llegan los hijos y aumentan las responsabilidades, hay una tendencia a dejar a la pareja en último lugar. Si ambos trabajamos fuera de casa, el tiempo se nos reduce, además, nos volcamos a la crianza de los hijos y en atender sus necesidades, a veces olvidándonos de nosotros mismos. La rutina y los problemas hacen que poco a poco nos vayamos alejando uno del otro, y si no tenemos cuidado podemos terminar en lo que yo llamo el “convenio colectivo”, o peor aún, en un divorcio.

Hay personas que son capaces de tener una relación cordial, o sea, no se tiran las pailas ni se pegan gritos, pero dejan de disfrutar la compañía del otro. Se quedan sin ilusión de estar juntos, y buscan siempre terceras personas para pasar un rato agradable (amistades, hijos, familia). Dejan de ser amigos viviendo bajo el mismo techo, resuelven los problemas cotidianos; y si los hijos ya no viven en la casa, y cuando ya hay yernos, nueras y nietos, se proponen pasar un tiempo juntos un par de veces al año; pero más allá de eso, cuando ya están de regreso en casa, vuelve el vacío. Otro ejemplo de “convenio colectivo”.

Mi esposo y yo le hemos puesto mucha mente a nuestra relación, a pesar que nuestros hijos han absorbido bastante de nuestro tiempo, porque tomamos la decisión de apoyarlos y de estar muy presente en sus vidas; hasta el día de hoy, a sus 25, 22 y 19 años, ahí estamos para ellos. Mientras estaban creciendo, decidimos dedicar un día a la semana a nosotros como pareja. Inventamos que los viernes era nuestro día de salir a jalar. Es la fecha y mi agenda pita los viernes en la tardecita. Cuando había dinero para salir a cenar lo hacíamos y cuando no, nos comíamos un gallopinto con queso, los dos solos en la terraza de la casa. Y los chavalos ya sabían que ese momento era sagrado. De hecho a veces a un grupo de amigas del colegio se le ocurre salir los viernes en la noche, y yo siempre les digo que no puedo. Yo creo que hasta que alguno de los dos parta de este mundo, los viernes por la noche serán sagrados. ¿Y qué hacemos con ese tiempo? Procuramos hablar de cualquier cosa menos de problemas, o de asuntos cotidianos. En esas conversaciones incluimos lo que quisiéramos hacer como proyectos de vida, lecciones aprendidas en situaciones difíciles, revelaciones recibidas en momentos de oración y adoración; acontecimientos  positivos en las vidas de nuestros hijos, en fin, conversaciones que nos llenan y nos motivan a seguir adelante.

Nunca es tarde para retomar el camino, tomará tiempo y esfuerzo; hasta el amor regresa, porque para Dios todo es posible. Mateo 19:26.

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