• Nov. 27, 2017, media noche

La insatisfacción con el modelo neoclásico de crecimiento económico se fue generalizando. A partir del período de postguerra, las fuerzas que afectan el crecimiento de largo plazo han mostrado una tendencia creciente. La población, el ahorro, la acumulación de capital así como el progreso tecnológico han aumentado considerablemente. Sin embargo, en la realidad, el crecimiento económico ha carecido de una tendencia definida. La explicación fue la presencia de rendimientos decrecientes en los factores de producción, explicación que no convenció, de manera que a pesar de la expansión generada hay factores que retardan el crecimiento económico.

Esto también ponía en entredicho el supuesto de convergencia, el principio de que países con una dotación baja de capital en relación al trabajo mostrarían una mayor rentabilidad del capital, atraerían más capital y mostrarían un mayor impacto en el ingreso per cápita comparados con los países más avanzados. Esto tampoco ha sucedido.

Los países en desarrollo no solo no convergen sino que las brechas del ingreso per cápita divergen in crescendo, así como la desigualdad. En realidad, el crecimiento de largo plazo no es solo afectado por el ahorro y la población sino también por el clima político o la corrupción a través de reducir la rentabilidad del capital. Como respuesta han surgido otras variantes como la de equilibrios múltiples que son como una envolvente del desarrollo y el crecimiento.

Anteriormente se dijo que tanto Paul Rosenstein-Rodan como Albert Hirschman habían argumentado que el desarrollo económico se puede pensar en términos de un fallo de coordinación: muchas inversiones no se daban debido a que inversiones complementarias tampoco se realizaban e igualmente estas últimas inversiones no se hacían porque faltaba la inversión inicial. Así se podrían concebir dos estados de equilibrio bajo las mismas condiciones iniciales: un equilibrio donde se produce el paquete de inversiones complementarias, y otro equilibrio de estancamiento en el que la falta de una industria inhibe otras industrias. Esto explica cómo economías con los mismos fundamentos siguen trayectorias muy divergentes.  Esta es la idea básica de complementariedad estratégica: se trata de una externalidad en la que la actividad de un agente económico aumenta la rentabilidad de otros agentes al realizar una actividad semejante.

Las complementariedades llevan a un mundo no determinista al contrario de la convergencia que supone un solo equilibrio de largo plazo. Estas complementariedades ahora se expresan en un moderno lenguaje matemático que facilita su operatividad, y resurgieron en los trabajos de Paul Romer y Robert Lucas bajo el paradigma de crecimiento endógeno. Las complementariedades explican las deficiencias tecnológicas, la baja profundización bancaria, la situación depresiva del capital humano y físico, la autosostenibilidad de la corrupción, las aglomeraciones urbanas, etc. Un corolario de la teoría de equilibrios múltiples es que implican un legado histórico que no está suficientemente comprendido. Nadie podría haberse imaginado el “milagro económico” del Este Asiático o de China, donde se conjugan condiciones iniciales, dependencia de la historia, importantes factores de economía política, el rol de las instituciones, condiciones culturales, etc.

Los temas que se han visto son teorías generales con la pretensión de que puedan aplicarse a la generalidad de los países en desarrollo. Sin embargo, hay otra área de más reciente gestación, la microeconomía del desarrollo, que permite profundizar en problemas más específicos. Por ejemplo, las fallas del mercado de capital. Los mercados de crédito fallidos o ausentes están en la raíz misma de la divergencia en el ingreso per cápita.  Hay una extensa literatura sobre la selección adversa y sobre el llamado riesgo moral que a la larga se confunden. Las regiones más pobres son las más afectadas, pues los títulos que poseen de su pequeña propiedad difícilmente son monetizados o bancarizados. La escasa dotación de recursos los margina del financiamiento formal. Esta desigualdad en los títulos de propiedad es un legado histórico. 

Otro tema  tiene que ver con la brecha muy grave en la formación de la ley, la que no responde al referéndum de la ciudadanía aún en las democracias más avanzadas sino que es capturada por grupos cabilderos o responde a la negociación cínica de intereses especiales o partidarios. La moderna literatura de la economía política es sumamente crítica de este divorcio entre la votación, la formación de la ley y su aplicación. Prevalece una preocupación justificada sobre los determinantes de este sesgo y la escasa disponibilidad de una efectiva gestión colectiva a favor de los bienes públicos (la ley es un bien público). Esta brecha genera desigualdad, fractura y divide. En términos simples, la demanda de bienes públicos por las élites es muy distinta a la demanda de bienes públicos por los segmentos menos privilegiados de la sociedad. 

Lo anterior lleva a los problemas de los derechos de propiedad, tan importantes al desarrollo económico. Muchos analistas lo remontan a la herencia de los códigos comerciales. El “Common Law” inglés provee un alto grado de protección y apoyo a los inversionistas, a los acreedores, y a los litigantes. En cambio, el Código Francés o Napoleónico tiene una cláusula célebre que permite la intromisión del Estado y ha sido fuente de corrupción y de una justicia fallida. Los derechos de propiedad son el soporte de las inversiones, las que se motivan cuando hay seguridad y protección legal. Lo mismo se aplica a los derechos de propiedad del factor trabajo (salarios y beneficios empresariales y sociales), los que se violan sistemáticamente en países menos avanzados. Todas estas fallas de mercado generan instituciones débiles y van creando una red de informalidad, de sobornos en las estructuras formales de la economía.

Quizás una buena imagen de este laberinto se podría representar por el cuento “El Jardín de los Senderos” de J.L. Borges. “En un relato inserto en la narración principal, un personaje histórico chino cree haber construido un laberinto infinito. Hacia el final del cuento se descubre que, en realidad, el laberinto era un libro escrito por él, un libro con numerosos senderos que se bifurcaban una y otra vez, brindándole al lector numerosas realidades alternativas”.

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