• Dic. 11, 2017, media noche

Llegó y pasó el acontecimiento que por mucho tiempo esperé con cierto toque de incredulidad e incertidumbre, tal es el arribo a 70 años de vida terrenal. 

Incredulidad porque siempre creí que mi tiempo en este mundo no excedería los 60 años, por lo que me parece un sueño haber llegado a los 70; incertidumbre porque de acuerdo a ley de la vida, confirmada por las estadísticas, después de los 70 se está en el filo de la navaja, en el borde fronterizo que delimita la permanencia en esta tierra con una posible vida más allá de la muerte física.

El proyecto de vida y las metas a alcanzar han experimentado un giro significativo, pasando de un proyecto centrado en el “hacer, tener, ser”, a uno enfocado en el “ser, hacer, tener”.

En la etapa de juventud y adultez, el enfoque era: estudiar y trabajar, tener una profesión, pero no cualquier profesión, sino una lucrativa, que permitiera generar los suficientes ingresos para tener carro, casa, todo tipo de bienes materiales, sobre todo los que la moda y la conducta social van dictando, y también proveer para el sostenimiento de la familia.   

Al iniciar el viaje por la autopista de la adultez mayor, como que el “hacer y el tener” van pasando a segundo plano, y el primer lugar lo ocupa el “ser”, entendido, como una necesidad de atender el ser interior, la espiritualidad, que contribuya a potenciar principios, valores y virtudes. Todo ello con el propósito de ser mejor como persona. De ser factor de paz y convivencia pacífica para el entorno inmediato. Poniendo los ojos en aquellas personas, que a juicio de cada quien, han sido ejemplares en actitudes y comportamientos. 

En mi caso particular, me propongo a seguir el ejemplo de mi abuelita paterna, que vivió 94 años, muchos más que la esperanza de vida de las mujeres nicaragüenses. Hasta el último día de vida fue una persona completamente sana, tanto síquica como biológicamente. Se fue a descansar en paz viniendo de una vida caracterizada por la paz. 

En esta etapa de vida, me propongo imitar a mi abuelita paterna. Hacer gala de paz y mansedumbre como ella lo hacía, hablar palabras de afecto y propiciar el fortalecimiento de la autoestima de las personas que se mueven en mi entorno, particularmente los nietos, como ella lo hacía. Ser amoroso, practicar la tolerancia sin rimbombancias, no confrontar ni contender con nadie, menos aún sin motivo y de esa manera mantenerme alejado de resentimientos, rencores, ya no se diga de odio. En fin, mi mayor aspiración como persona ahora que he  entrado a los 70, es tener limpia el alma, y ser una persona con mente lúcida y hasta el último de vida tener sanidad síquica y biológica.

Creo firmemente que la clave está en el amor. Jesús en su sabiduría nos instruye a amar aun a quienes nos adversan, a hacer bien a quienes nos hacen daño. 

Si nos apropiáramos de esta enseñanza como parte de nuestro proyecto de vida y fuese nuestra bandera en todas las circunstancias, experimentaremos esa alegría que proporciona el sentirse limpio, sin rencores en el corazón. Siempre pienso, si mi abuelita lo logró ¿por qué no yo, o mejor, nosotros? 

Queremos saber de ustedes. Los invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com . 
 

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