• Dic. 11, 2017, media noche

Como ya es de aceptación general, las condiciones heredadas de la colonización son relevantes para comprender la situación actual debido a que el acervo cultural de los colonizadores moldeó muchos aspectos del desarrollo de ambas regiones. El subdesarrollo así como los elevados estándares de vida son también el resultado de un estado mental, al estilo de la economía conductual, es decir, una manera de percibir los problemas y oportunidades, valores que le han dado forma a las instituciones y al Estado.

El legado colonial de los británicos, holandeses y japoneses dejó naciones asiáticas con burocracias bien constituidas e importante infraestructura e inversión física para la producción industrial y las exportaciones, con la excepción de Filipinas, que heredó el legado español igual que Latinoamérica. El legado español dejó administraciones centrales muy débiles, una tendencia a la regionalización (municipalización) y marcadas desigualdades económicas y sociales. Las sociedades latinoamericanas han carecido de la cohesión social que sí ha tenido la región asiática, con el resultado de Estados débiles, una cultura política fragmentada e inestabilidad social. La colonización española y portuguesa abarcó el período de la contrarreforma europea, que fue el rechazo a la influencia reformadora del norte europeo que desembocó en la tradición de los derechos individuales y la libertad personal. 

Las monarquías Ibéricas impusieron un control administrativo altamente centralizado con una política cultural autoritaria, feudal, corporatista; en realidad, España trasladó a Latinoamérica el sistema feudal que estaba siendo sacudido en Europa.

Con la independencia latinoamericana surgieron personalidades que aspiraron a establecer gobiernos con principios liberales que ya se producían en el norte europeo y en la Nueva Inglaterra. Sin embargo, estos estadistas  entraron en conflicto con los intereses coloniales representados por una iglesia dogmática, los militares y la oligarquía terrateniente, así como los comerciantes que gozaban de privilegios especiales y corporatistas. Este legado colonial y los intereses agrarios y mineros tuvieron profundo impacto social que forjaron al “hombre fuerte”, al militar autoritario y que aún se observan en Venezuela, Cuba y otros países.

La experiencia del este asiático fue diferente. China y Tailandia nunca fueron colonizados. Países como Hong Kong, Malasia y Singapur heredaron la tradición británica del “common law”, con un efectivo sentido de gobernabilidad, tradición asociada a la protección de los derechos de propiedad fundamento del capitalismo. La influencia de Japón en Corea y Taiwán, aunque muy represiva, dejó un  legado de administración pública muy efectiva y una sólida infraestructura agraria e industrial. 

El legado colonial se transmitió al conjunto de valores culturales que han determinado la naturaleza de las instituciones y de los Estados. El legado cultural del este asiático difiere significativamente del latinoamericano. El confucionismo estructuró valores muy sólidos que facilitaron la búsqueda del aprendizaje y la de objetivos intelectuales. Las naciones con más tradición budista e islámica contaron con un buen número de chinos expatriados que jugaron un rol importante en los negocios y el comercio. Si bien el este asiático tendió hacia regímenes políticos autocráticos, pero su cultura les permitió resolver el “commitment problem”, es decir, el problema del compromiso con la palabra empeñada y con el cumplimiento de las obligaciones. La legitimidad de estos gobiernos autocráticos tuvo un “quid pro quo” con el logro de altos estándares de vida, que eventualmente los ha llevado a la democracia

En Latinoamérica, al contrario, se moldeó una larga tradición de absolutismo político derivado del “hombre fuerte”, del militar predestinado, cultura política que solo se produce en sociedades con muchas desigualdades orientadas a la explotación del populismo. Hoy día proliferan las organizaciones con actividades inclusivas pero cuya eficacia no se ha transmitido al mejoramiento de la distribución del ingreso medido por el coeficiente de Gini. Esta tradición cultural ibérica está asociada a la falta de un orden económico y político legitimado por criterios de bienestar social, sino que es la expresión de vinculaciones a los intereses mercantilistas y la total ausencia de una burocracia independiente. La conexión del Estado a los intereses corporatistas ha generado clientelismo político, rentas monopolísticas o sectarias y el sesgo kleptocrático de muchos caudillos políticos.

Sin embargo, a partir de 1980 han surgido muchos regímenes democráticos   coexistiendo con los autocráticos en ambas regiones por lo que surge la interrogante de si hay alguna asociación  entre el régimen político y el desarrollo económico. La experiencia asiática pareciera apoyar la idea de que el desarrollo económico antecede a la práctica de la democracia tal como se formaliza en la teoría de la modernización, la que sostiene que los países económicamente más avanzados son democráticos, mientras que la mayoría de los países pobres son autocráticos o autoritarios. Un factor explicativo es el rol de la clase media que se expande con el crecimiento del ingreso pc y de las oportunidades educativas. Alternativamente, la noción de que las instituciones son las que preceden al crecimiento económico aparece validado para las naciones ricas del occidente, pero no para el este asiático.

Las dictaduras tienen la capacidad para alinear las expectativas del crecimiento con las de la redistribución; en las democracias ambas expectativas aparecen desalineadas e incluso en conflicto. En este último caso, el conflicto depende del “median voter”, que se sitúa en la mediana de la distribución;  si la distribución del ingreso está sesgada hacia arriba y el votante de la medio es pobre, las democracias tenderán hacia la distribución del ingreso, mientras que si el votante medio está en la clase media las democracias favorecerán el crecimiento económico.

No obstante, el sentido de ambigüedad que existe hay todavía otra versión, de Robert Barro, que concluye que podría haber una relación no lineal entre democracia y crecimiento económico usando un índice popularizado por Freedom House. Así, habría una U invertida entre crecimiento y derechos políticos que alcanza un máximo que corresponde a un ingreso pc propio de los países emergentes; esto confirmaría la teoría de la modernización de Lipset de que los aumentos en el estándar de vida de los países pobres favorecen un fortalecimiento gradual de la democracia y contradice el argumento de que las democracias que emergen sin el soporte de un crecimiento económico previo no son sostenibles en el tiempo.

Como se recordará en un artículo pasado, el este asiático estructuró una estrategia de desarrollo única en la historia con movimientos sectoriales bien efectivos que han convertido a dicha región en un ejemplo de modernización. En cambio, en Latinoamérica han proliferado toda suerte de ideologías: la visión estructuralista de Prebisch y la Cepal y el subproducto de esta versión en la teoría de la dependencia, la teoría marginalista que es todo lo contrario a la de la modernización, la corriente indigenista con su énfasis en las divisiones étnicas y la fragmentación social, y todas divididas entre marxistas, reformadores de izquierda y hasta la corriente maoísta del Perú, cuyo destino hace recordar la expresión de García Márquez de que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen segundas oportunidades. 
 

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