• Ene. 10, 2018, media noche

Esta semana recibimos una noticia muy triste. Una persona a quien mi esposo y yo amamos profundamente tiene cáncer de páncreas, y los médicos le han dado pocos meses de vida. Este hombre ha sido uno de nuestros padres espirituales; ha estado con nosotros en los momentos más difíciles de nuestras vidas; nos ha motivado para poner a trabajar nuestros dones y talentos para bendecir a otras personas; ha estado pendiente del desarrollo de nuestros hijos; ha orado y nos ha aconsejado. Aunque la noticia fue dura, al mismo tiempo nos llenó de esperanza y de Fe, la paz con la que él, su esposa y sus hijos están manejando la situación.

Este hombre, que hace muchos años obedeció la voz de Dios, fundó una obra en Nicaragua que ha impactado el país entero; una obra que ha dado innumerables frutos en las vidas de miles de personas, incluida nuestra familia. Una de las cosas que dijo es que no le está pidiendo a Dios sanidad, solamente le pide que le permita vivir ni un día más y ni un día menos de lo que Él disponga, y que en el tiempo que le reste quiere terminar dos proyectos que tiene comenzados. Con una sonrisa en su cara y con el ánimo que lo ha caracterizado, se despidió diciendo que en estos días regresa a Nicaragua donde quiere pasar el tiempo que Dios le permita vivir. 

Mientras lo escuchaba darnos la noticia, reflexioné sobre su legado. Tenía pensado escribir sobre otra cosa esta semana, pero como siempre, no es lo que yo quiero sino, lo que el Espíritu Santo me pone en el corazón.

La definición de herencia y legado es parecida, aunque jurídicamente es distinto; pero en el concepto y uso de estas dos palabras, cuando se habla de herencia nos referimos a bienes materiales, y legado se refiere más a principios, valores, modelo de vida; a lo que hacemos por otros mientras estamos vivos. Muchos de nosotros pasamos por la vida y no dejamos nada más que bienes materiales, algunos, ni eso. Vivimos vidas sin sentido y sin propósito, a veces solo buscando nuestra propia felicidad y beneficio. Pasamos nuestros días afanados para dejar una herencia y nos olvidamos de lo verdaderamente importante que es dejar un legado; cumplir el propósito que Dios tiene para nosotros. No nacimos solo para robarle oxígeno a la humanidad, nacimos con un propósito, para hacer cosas grandes y para impactar positivamente las vidas de otros.

Hay un pasaje donde Pablo nos dice: “En cuanto a mí, mi vida ya fue derramada como una ofrenda a Dios. Se acerca el tiempo de mi muerte. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel”, 2 Timoteo 4:6-7. En otras palabras, cuando tuvo su encuentro con Cristo, encontró el propósito que Él tenía para su vida y caminó sobre ese propósito con fe y obediencia hasta el último día. Pablo nos dejó un legado; es un ejemplo de cómo Dios puede transformar la vida de una persona, independientemente de lo mala que haya sido. No puedo imaginarme la Biblia sin todas esas cartas del apóstol Pablo, donde podemos encontrar tanta sabiduría e inspiración.

Hoy, después de la noticia, veo tan claro cómo este hombre de Dios, al igual que Pablo, cuando llegue el momento de su partida podrá afirmar con toda autoridad que peleó la buena batalla, que terminó su carrera habiendo permanecido fiel en la Fe.

Nosotros queremos decir lo mismo cuando nos llegue el momento; queremos que nuestros hijos puedan decirlo también. 

El tiempo pasa muy rápido. Levantémonos y salgamos de nuestra zona cómoda, volvamos los ojos al cielo y busquemos nuestro propósito para vivirlo. No sigamos “robándole oxígeno a la humanidad”; devolvamos un poco de lo mucho que Dios nos ha regalado, activemos nuestros talentos, demos pasos de fe; peliemos la buena batalla con fidelidad para que terminemos la carrera de la vida y dejemos un verdadero legado.