• Ene. 22, 2018, media noche

En los últimos días mí familia y colectivo de trabajo hemos experimentado en carne propia el dolor que embarga a un compañero muy apreciado por todos, debido al fallecimiento de uno de sus hijos, un muchacho en plena juventud que tenía toda una vida por delante.

La muerte física de un(a) hijo(a) es real, pero fuera de toda lógica está dentro de las posibilidades, pero bajo ninguna circunstancia, un padre o una madre se imagina que pueda ocurrir. 

Es indiscutible que cuando un ser querido fallece, sea padre o madre, abuelitos o abuelitas, hermanos o hermanas, esposo o esposa, etc., el dolor que ello provoca es muy fuerte y el proceso de sanación es difícil, sin embargo, cuando fallece un(a) hijo(a) se produce un dolor de dolores, indescriptible, imposible de explicar, es como un tsunami cuyas olas emocionales son inmensas, te arrastran, hacen perder el equilibrio, y pareciera no tener fin.

Como quisiera darle palabras de aliento al apreciado amigo, así como a toda persona que en este momento esté viviendo ese duelo, ese dolor indescriptible, por la pérdida de un ser querido y particularmente un hijo o hija, pero no puedo hacerlo, porque sé, por experiencia propia, que cuando estás siendo revolcado por ese tsunami emocional, lo único que te puede consolar, es aferrarte a la posibilidad que no sea cierto que tu hijo(a) ha partido para siempre.

Lo que sí puedo hacer es trasmitirles mi experiencia como padre que me tocó experimentar la partida definitiva de mí único hijo varón hace ya 20 años, cuando mi hijo apenas acababa de cumplir 20 años de edad. 

Durante cinco años estuve enfrascado en negar la muerte física de mi hijo, de alguna manera me aferraba a la idea que él estaba vivo, y que en cualquier momento nos  encontraríamos. 

En mi caso, la resolución de la crisis de duelo se inició cuando decidí enfrentar la realidad y aceptar con mucho dolor que mi hijo había muerto físicamente, pero que en espíritu estaba con nosotros. Esto no lo logré por mis propias capacidades, sino que, después de cinco años de negación y rabia contra todos y contra nadie, supe de un Jesús vivo. Lo acepté como mi Señor y ese fue el inicio de una etapa de sanación, que ha durado desde entonces.

Atrás quedaron episodios depresivos, actitudes y emociones negativas, quejas, ira, victimización y sus lacerantes preguntas: ¿Por qué le tenía que suceder esto a mi hijo? ¿Por  qué a nosotros? ¿Por qué no fui yo?

Hoy vivo aferrado a Dios, utilizo herramientas poderosas y efectivas como la fe en Él, la fuerza de la oración, la esperanza, y el amor. Trato de amarlo a Él por sobre todo y de amar a mi prójimo como a mí mismo.     

Amigo, amiga que estás viviendo ese dolor de dolores, debo decirte que aquel sufrimiento que sentía y me asfixiaba en los primeros años de la partida de mi hijo, poco a poco se ha transformado en fe y esperanza, como resultado del camino que nos muestra Jesucristo con su resurrección; y muy importante, mi hijo vive, todos los días está presente en nosotros, y mientras más tiempo pasa, más lo amamos.  

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com
 

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