• Ene. 24, 2018, media noche

Yo no soy comelona, pero vivo con personas que les ilusiona comer, entonces puedo entenderlo. Soy antojada, pero muy pocas cosas me dan ilusión de comer; una de ellas son las tostadas de marlín que hace mi cuñada Ruth. Me atrevería a decir que después del queso, las tostadas de marlín es mi comida favorita. Cuando vamos a México a visitar a la familia, paso comiendo tostadas de marlín 3 días…

Hace un tiempo tuve la oportunidad de platicar con mis dos hijos mayores, sobre las decisiones que tomamos respecto a cómo vivir nuestras vidas. Les conté que desde muy joven yo había sido muy independiente y autosuficiente. Les compartí que a mi corta edad, y totalmente consciente que tenía la opción de escoger el camino torcido, opté por el camino recto. El mensaje que estaba tratando de darles es que su papá y yo, desde que estaban pequeños les inculcamos principios y valores, pero que estaba en ellos decidir qué “modelo de vida” escogían vivir. Dios nos dio el libre albedrío precisamente para que tomáramos nuestras propias decisiones; hubiera sido más fácil para los humanos imperfectos, que Dios tomara las decisiones por nosotros…el mundo sería diferente. En esa oportunidad les hablé de tres modelos de vida:

1El modelo de la incredulidad, el orgullo y la autosuficiencia, me refiero a una vida sin Dios basada en nuestra propia fuerza, inteligencia, capacidad, etc.

2El modelo de los que sufren “buenitis” (que fue el mío por mucho tiempo): yo siempre creí en Dios, pero no siempre le creí a Dios. Era buena gente, no le hacía daño a nadie, trataba de llevar mi matrimonio lo mejor que podía, de hacer mi trabajo con excelencia y ser una buena mamá. Cuando conocí a Jesús de una forma práctica y aterrizada, traje delante de Él  mi “lista de tareas cumplidas” porque creía que mientras más buena era, más bendiciones iba a recibir de parte de Dios. Pensaba que si era buena, Él me resolvería mis problemas. Cuando las cosas no salían bien, desenfundaba mi “lista” y lo cuestionaba: Señor mirá que yo oro, leo la Biblia, voy a la Iglesia, trato de ser buena esposa, madre y trabajadora ¿por qué no me ayudás? Y el colmo del descaro y en honor a la verdad, lo buscaba más cuando tenía clavos. Tal vez hacía oraciones rápidas para salir del paso y “cumplir el requisito”, pero no me tomaba el tiempo para estar con Él un rato cada día. En ocasiones podía hasta acomodar a mi conveniencia las instrucciones que nos dejó en su palabra. 

3El modelo de hijos, los que entregan su vida entera a Jesús, dejando todo orgullo, independencia y autosuficiencia de lado para gozar una vida plena, de paz, viviendo como verdaderos herederos del cielo, a pesar del caótico mundo en el que vivimos.

En aquella ocasión les decía a mis hijos que las personas pueden vivir su vida entera bajo cualquiera de los tres modelos, pero en el caso de los dos primeros, a costa de qué y con qué consecuencias. 

Después de varios acontecimientos en mi vida en los últimos años, siendo el más reciente un cáncer de seno que con ayuda de Dios logré superar, me fui dando cuenta que si yo no cambiaba mi modelo de vida al de “hija” me iba a perder de lo más importante, de lo mejor. Sería como sentarme a la mesa con las tostadas de marlín enfrente y levantarme sin probar ni un bocado...

Entonces di el paso y desde que lo hice, puedo decirles que cada día descubro algo nuevo y maravilloso de lo que significa tener una relación íntima con Jesús; de conocer su palabra donde encuentro sabiduría, consuelo y paz. No puedo explicarles el deseo que ahora siento de escucharlo, de obedecerle sin cuestionar, de esperar su tiempo, de amarlo cada día más sabiendo que todas estas cosas lo hacen sonreír. “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no confíes en tu propia inteligencia. Busca la voluntad del Señor en todo lo que hagas, y Él dirigirá tus caminos”. Proverbios 3:5-60.

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